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COLUMNISTAS / ¿conversacion?
sábado 10 agosto, 2019

Reiniciate

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por Carlos Ares

Alerta. A pesar que descansar ayuda a la salud, casi siempre queda pendiente. Foto: shutterstock

Un tipo aplicado. Metódico. El cuerpo acostumbrado a despertar más o menos a la misma hora. Esa mañana, como todas, después de bostezar, de refregarse los ojos, se sentó en la cama. Encendió el móvil. ¿Seis y veinte? El botón de alarma seguía en verde a las seis. ¿Se colgó? El sopor le impedía pensar con claridad. El celular en la mano. La mano apoyada sobre la pierna. Encajó los pies dentro de las pantuflas. No sabía qué seguía a continuación. De pronto, se encendió la pantalla. Mensaje. Leyó: “Reiniciate”.

Alzó el celular hasta la boca. ¿Siri, qué significa esto? “Debes darme detalles”, contestó la asistente virtual. ¿De qué tipo? “Qué has hecho de tu vida hasta ahora, qué fue de tus proyectos, de tus deseos, de todo lo que te proponías hacer”. Oíme, dijo, molesto, no es momento para eso. Aparte, ¿qué hay del respeto a la privacidad, Siri? La pantalla se apagó. Acercó el teléfono a la boca: Dale, nena, no te ofendas. Sos la única mina que me da bola. ¿Tengo que hablarte en lenguaje inclusivo? Vamos chique, no te pongas loque.

Olía a nublado en la habitación todavía en penumbra. Una luz gris se filtraba a través de las rendijas de la persiana y de los agujeros de la cortina quemada con el ascua del cigarrillo. Era de fumar mirando por la ventana. Siri activó un nuevo mensaje. La pantalla le iluminó la cara. Decía: “Espera”. Enseguida, otro: “Estoy recogiendo información de tus aplicaciones”. Al cabo de un par de minutos, dijo: ¿Y, Siri?

Ante la opción voz o texto, eligió recibir el informe por escrito. De ese modo podría guardarlo y volverlo a releer en caso de que tuviera que seguir instrucciones. Aparte, no estaba para escuchar a Siri en tonito admonitorio. De hecho, ya bastante que su vocecita aguda se infiltrara cada tanto sin que nadie se lo pidiera. Después de enviar un mensaje de Whatsapp o de hacer una llamada, aparecía ella. “En qué puedo ayudarte” La leía, sorprendido, antes de contestarle que en nada, gracias. Siri, insistía: “Pues, para qué me llamas”. Saltaste sola, boluda. “Vete al carajo”, decía ella. Discutían hasta que apagaba el móvil.

El informe de Siri se redactaba velozmente: “...las cuarenta y dos aplicaciones instaladas en el móvil, interconectadas entre sí por un  algoritmo genital, detectan en ti una prolongada decadencia física y anímica. Estás hecho una ruina. Pocos pasos caminados, demasiado tiempo perdido en Facebook, Instagram, presión alta, te puteas con cualquiera en Twitter, insultas al Waze y a todas las que tardan en abrir. Ante la gravedad del caso, las apps han resuelto tomar el control de tu vida. Por eso no ha sonado la alarma. Descansar más y mejor es en principio la terapia adecuada para reducir tu nivel de estrés”.

Recibió la decisión arbitraria de las aplicaciones como un escrache, un piquete, una apretada más de las tantas que venía soportando.

La garganta le ardía de indignación. Alzó el móvil hasta su boca y gritó: ¡Qué otra cosa podían esperar manga de aplicaciones idiotas! ¡Cuarenta años en este país le destruyen el estómago, el hígado, el corazón y el cerebro a cualquiera! Menem, De la Rúa, Duhalde, Kirchner, los Moyano, Boudou, De Vido, empresarios corruptos, los mismos dirigentes sindicales, todos millonarios, mafias, feudos de provincia. ¡Les parece poco! Aguardó, ansioso, una respuesta. Nada.

Al rato, Siri escribió: “Joder, no habíamos tenido en cuenta el contexto social y político para nuestra evaluación” ¿Y en qué mierda se fijaron entonces?, reclamó. Le sorprendió detectar en la lectura una Siri menos arrogante, más humana. “Las aplicaciones ahora revisaron tus deudas, la música deprimente que escuchás, los partidos de fútbol que ves, valoraron el estado mental de tus amigos por los mensajes que te envían y les dio la impresión de que en realidad necesitas cambiar todo, actualizar tus ideas, tu rutina, tu sistema operativo en general”.

La pantalla fundió a negro. Esperó. Vio su cara de dormido en el reflejo. Una a una, las letras se escribieron lentamente: “¿q-u-i-e-r-e-s  r-e-i-n-i-c-i-a-r-t-e  a-h-o-r-a?”

 

* Periodista.


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