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COLUMNISTAS / Defensor de los Lectores
domingo 21 enero, 2018

Ser confiable es un arduo trabajo

“Los médicos entierran a sus errores; los periodistas los publicamos. Eso dice un refrán que circula en las redacciones. Cada vez que quienes ejercemos el oficio del periodismo nos equivocamos, exhibimos ante muchas personas nuestras ignorancias o nuestros descuidos”.

por Julio Petrarca

ERRORES. Son graves, pero más es no reconocerlos. Foto: cedoc

“Los médicos entierran a sus errores; los periodistas los publicamos. Eso dice un refrán que circula en las redacciones. Cada vez que quienes ejercemos el oficio del periodismo nos equivocamos, exhibimos ante muchas personas nuestras ignorancias o nuestros descuidos”. Esta definición es de Juan Carlos Gómez Bustillos, periodista y catedrático mexicano, graduado en la Universidad de Guadalajara y con maestría de la Universdad Autónoma de Madrid. En un artículo publicado en El Replicante, Gómez Bustillo hizo en 2010 un amplio análisis de la figura del ombudsman, o defensor de los lectores y del público, función que me toca desempeñar en estas páginas de PERFIL desde hace algún tiempo. El autor ampliaba en aquella entrega: “Cuando al mejor cocinero se le va un pelo en la sopa, pocos son los que se enteran. El error del periodista, en cambio, se multiplica en un instante por todos los ejemplares que imprime la rotativa, por todos los aparatos de radio o de televisión sintonizados en el programa o por todas las pantallas conectadas a la página de internet”. Excelente síntesis de lo que pretendo para estas columnas dominicales.

Explicaré por qué vuelvo sobre cuáles son los atributos, obligaciones y sueños del ombudsman de este diario: durante la semana, recibí un correo

electrónico, firmado por un periodista de este diario, en el que se me preguntaba sobre el porqué de mi insistencia en marcar los errores que aquí se publican, sobre incongruencias o faltas éticas. “Lo que escribís –decía el mail– afecta las cualidades profesionales de quienes laburamos para llevar la mejor información a la gente”. Y concluía: “Tal vez no lo registres, pero cada vez que criticás una nota, un título o un criterio de edición, llevás al medio y a nosotros a perder la confianza del lector”. Subyace en estas palabras una frase que rechazo: los problemas se arreglan en casa, no en público.

Entiendo, quiero aclarar, la posición de mi colega, pero no la comparto. Es, justamente, el error no reconocido, la falta ética consumada como normal, lo que mina la credibilidad pública de un medio que se define independiente. Vuelvo a Gómez Bustillos y a su artículo citado: “Equivocarse suele ser de por sí doloroso, equivocarse en público duele más. Y duele más no sólo por el ridículo que se hace, sino también porque el periodista depende de su credibilidad. Cuando el destinatario de la información se da cuenta del error, desconfía del resto de la información. Si el reportero es incapaz de escribir correctamente el nombre del entrevistado, ¿será capaz de publicar adecuadamente el contenido de la conversación?”.

Javier Darío Restrepo, periodista colombiano y referente incomparable en materia de ética periodística (de hecho, es responsable del área en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano), definió: “Un error técnico se convierte en una falta ética. Si un reportero, en lugar de decir que un terremoto dejó en una comunidad 150 heridos, se equivoca y añade a la cifra un cero, la multiplica por diez; 1.500 lesionados en lugar de 150. El descuido del reportero, probablemente un ‘simple dedazo’, se convierte en una mentira porque lo que dice simplemente no es cierto”. Aunque tal vez exagerado, el ejemplo vale: no hay errores pequeños si ellos llevan a una errónea interpretación de la realidad. ¿Qué hacer, entonces, cuando se detecta la anomalía? Lo que propone el catedrático español y periodista Alex Grijelmo es: “Un periodista honrado debe ser el primero en comunicar su error, tanto a sus jefes como a sus lectores. Y sin tapujos. […] El reconocimiento claro de las meteduras de pata no hace sino beneficiar al propio periódico, pues los lectores verán que antepone la verdad a su propio prestigio profesional (lo cual redundará… en su mejor prestigio profesional)”. Ampliaba Gómez Bustillos: “Al él (el ombudsman) le toca ‘desenterrar’ el error. Pero esta función de exhibir el cadáver informativo tiene que ver poco con las revistas amarillistas que muestran al muerto para alentar al morbo. La labor del defensor se parece más bien a la de un forense que a partir de los restos busca conocer qué pasó y por qué. El ombudsman de un medio de comunicación señala el error con el ánimo de enmendarlo, en la medida de lo posible, y de entender qué falló para recomendar acciones o proponer criterios que ayuden a evitar que suceda de nuevo”.

Como el lector podrá apreciar, he preferido recurrir a definiciones ajenas para fundamentar mi posición de seguir insistiendo con la búsqueda de mejores mecanismos de entendimiento entre el diario, quienes lo realizan y los lectores. Coincido con ellas y puedo argumentar de manera más extensa, pero creo suficiente lo expuesto para responderle a mi inquieto colega de la redacción y al conjunto de los lectores de PERFIL.


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