29 oct 2020
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viernes 18 septiembre, 2020

Simone & Simone

Foto: Cedoc
viernes 18 septiembre, 2020

Simone de Beauvoir se relee a la luz de las nuevas teorías de género y, aunque algunas voces critiquen sus fluctuaciones políticas, la opinión general es positiva o idólatra. Esta renovada popularidad propicia la indagación sobre una de sus contemporáneas, de perfil drásticamente opuesto y con mucha menos prensa: Simone Weil. Ambas encarnan un problema vigente para los feminismos que avanzan en el terreno institucional, como es la distinción entre teoría y práctica. El relato de Beauvoir sobre Weil es elocuente en este sentido: “Me intrigaba su reputación de mujer inteligente y audaz y su extraña vestimenta; deambulaba por la Sorbona con un número de Libres Propos en un bolsillo y uno de L’Humanité en el otro. Una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia, lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dotes como filósofa. Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero. Ella sostenía que la revolución tenía que dar de comer a todos y yo que el problema no era dar de comer, sino otorgar sentido a la existencia. Me hizo callar diciendo: ‘Bien se ve que tú nunca has pasado hambre’. Nuestras relaciones se detuvieron. Comprendí que había sido catalogada como una pequeña burguesa y me irrité porque me creía ya liberada de mi clase y no quería ser más que yo misma. En el fondo sentía envidia de no poder conectar así con el sufrimiento de los demás”. Es que la vida de Weil está cruzada por la experiencia directa de los temas a los que consagró su caudal intelectual. Fue operaria de Renault, entre otras fábricas, y de ahí surgieron los textos que componen La condición obrera, pasó del judaísmo secular a la mística cristiana, plasmando el proceso en A la espera de Dios, entre otros libros, y murió de inanición a los 34 años, dejando una obra que impresiona por su originalidad y enjundia. 

La crisis profundizada por la pandemia afecta con más saña a sectores en los que aumentan periódicamente los índices de mujeres sin techo, sin trabajo y con problemas de salud producidos por adicciones y mal nutrición. En este marco, el Gobierno Nacional anunció en agosto inversiones millonarias para la aplicación de “medidas con perspectiva de género”, ganándose una salutación de la ONU que se dio a conocer por la Televisión Pública, en boca de la autora de Putita golosa, socia del filósofo deconstruido Dario Z y musa de la fragancia HerStory de Avon, Luciana Peker. El anuncio fue descorazonador debido a las escasas definiciones acerca de la puesta en vigencia de esas medidas, más allá del incomprobable “fortalecimiento de la línea de denuncias 144”. Días después, Elisabeth Gómez Alcorta, ex abogada de Milagro Sala, hoy al frente del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, festejaba por Twitter una alianza con la embajada británica que resultó incierta para algunos por la falta propuestas, y ofensiva para otros por Malvinas. Hace diez días, se publicó en el boletín oficial un decreto para habilitar el Programa Acompañar, compatible con la Asignación Universal, el Monotributo Social y la IFE. Adjudica 16.875 pesos durante seis meses únicamente a mujeres y personas LGBTI+ que acrediten padecer violencia de género ante un dispositivo gubernamental. 

El énfasis en mensajes tan altisonantes como imprecisos se suma a la jerarquización de la violencia de género como un problema más prioritario, masivo y acuciante que todos los derivados la pobreza estructural. Poco se sabe de los hogares de protección en episodios de violencia extrema o del apoyo a trabajadoras precarizadas, por no hablar de las soluciones para el creciente número de mujeres en situación de calle. Pervive la brecha entre decir y hacer que, con la humildad de los grandes, reconoció Beauvoir al compararse con Weil. Quizás, los feminismos que afirman batallar contra “la pobreza que impacta muy particularmente en las poblaciones más vulnerables”, como certeramente definió Peker en una entrevista, deban ampliar sus miras, invocar al espíritu de Weil y poner manos a la obra para que los logros enunciados se materialicen con la prisa necesaria, sin sesgos y sin exclusiones.


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