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COLUMNISTAS / opinion
domingo 7 octubre, 2018

Temporada de eventos

Tenemos la adicción por los sucesos globales, porque son el contrapeso de la realidad social.

por Luis Costa

Macri está preocupado por su imagen en encuestas. Foto: Cedoc

El tiempo en su recorrido produce especialización. El concepto de que el mundo se hace líquido es atractivo, pero no resulta del todo productivo para dar cuenta de fenómenos muy evidentes que expresan absolutamente lo contrario. En más de un aspecto vivimos en una sociedad, que a diferencia de diluirse, concentra de manera creciente mayor rigidez y menos laxitud. La desesperación de Macri por su imagen es un interesante ejemplo de esto.

Las últimas décadas han abierto particular interés en el concepto “marketing político” y de la comunicación política. La apertura a esta especialización ha generado bibliografía novedosa, carreras universitarias, campos profesionales alternativos y hasta congresos. Este recorrido no debería ser descripto como una “licuación” de la política, sino como un evidente proceso de especialización que explora la necesidad de la política por perfeccionar su modo de contarse frente a su público. De cualquier manera, la sobreespecialización tiene su costo, como dice Luhmann, en términos de producción de ignorancia. El que conoce y sabe más de algo, al mismo tiempo va conociendo menos del resto. Esa es la trampa trágica del mundo moderno.

La experiencia Cambiemos ha sido una de las máquinas más interesantes de campaña. Es probable que no exista ninguna fuerza política que los iguale en especialización en el manejo de la comunicación en procesos electorales, algo que el peronismo intenta imitar hasta ahora sin mayor éxito. Pero como todo proceso de especialización, su perfección y conocimiento detallado, produce en simultáneo ignorancia. Macri y Peña son expertos en comunicar sobre sus mundos maravillosos, alegres y unidos, pero particularmente poco capaces para hablar, y de forma creciente, de la gestión, en particular de una gestión problemática. Se desenvuelven con soltura en la ilusión de la felicidad, y con molestia y bronca en la gestión de los problemas.

Macri ha sido claramente activo en la búsqueda de una agenda global. Es probable que entre sus pares del exterior se sienta más hermanado, en particular con los del primer mundo. Los hombres y mujeres globales del poder comparten más cosas entre sí que con el pobre que cada uno tiene a pocos metros de su hogar. Allí se lo ve feliz, con el resguardo que la abstracción del detalle local permite toda lejanía, y por lo tanto en una comodidad comunicacional imposible de replicar localmente. Se insiste en que es el Presidente con mejor imagen en el exterior y cuya agenda de reformas se aclaman abiertamente en Occidente, algo que es probablemente cierto, aunque no se repara con fuerza en lo que esta condición implica. Fuera de época de campaña, fuera de su especialización, el tiempo de la comunicación virtuosa se traslada hacia el ámbito global, buscando por ejemplo, el equivalente funcional del kirchnerismo en el planeta: Venezuela. Macri sabe que parte de su sobrevivencia necesita ser sostenida fuera del país.

En Argentina tenemos por estos días una adicción interesante por los eventos globales porque los mismos cumplen justamente el rol del contrapeso de la compleja realidad local. Las facturas de luz y gas trepan por los bolsillos de todos y todas, de lunes a viernes seguimos en horario bancario al valor del dólar mientras la desocupación asoma; y Macri se muestra poco. En esos mismos días las actividades alrededor del G20 lo muestran feliz y presente, igual que los Juegos Olímpicos de la Juventud. Cuanto más terrible sea el contexto local, más importancia se buscará en expandirse hacia una imagen maravillosa por fuera de los límites de país. La temporada de eventos se acrecienta fuera de las elecciones.

La canción oficial de los JJ.OO. que ya comienzan se llama Vamos Juntos, igual que la coalición electoral de Cambiemos en la Ciudad el año pasado. La letra comienza diciendo “Un esfuerzo más, un camino de ilusión, ¡verás!”, y continúa “con amor lo imposible se puede lograr… ya verás”, imitando de manera asombrosa muchos de los discursos de Macri y sin dejar en claro si habla del esfuerzo deportivo o del esfuerzo olímpico de los argentinos y argentinas por pagar los servicios públicos. En todo caso expresa la desesperante importancia de la búsqueda externa, no solo de crédito monetario, sino simbólico y de imagen para sobrevivir, mientras parece que a los argentinos, solo les espera un diálogo con su Presidente, cuando toquen las elecciones del año próximo.

 *Sociólogo.


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