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Tiempo de espera

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Los años de mi infancia no conocieron la velocidad de internet ni la frustrante sensación del cumplimiento inmediato de toda necesidad o deseo, menos aún la grosería invasiva del WhatsApp y de los mensajes de texto que perturban el sueño de la madrugada para avisar que puedo acceder a las páginas pornográficas o a música gratuita durante una temporada: me eduqué en el conocimiento del tiempo y sus demoras.
Un día en la semana, junto con el diario, llegaba la revista Anteojito; otro, la Billiken. Yo tenía mi favorita, pero parte del placer de la espera se fundaba en la competencia risueña que mantenía con mi hermana para ver quién se levantaba antes de la cama, escuchando el susurro del deslizarse del material impreso bajo la puerta, y les echaba la primera ojeada, que luego se repetiría, con frecuentaciones sucesivas, hasta la llegada del ejemplar siguiente.
Los deleites de la espera tenían sus rituales, entre ellos el cultivo deliberado del insomnio para ganar la ventaja de la primicia. Uno se prometía no dormir durante la noche entera, aguardar a las luces del amanecer, el rumor de los pasos del diariero, para lanzarse hacia la puerta. Por supuesto, el sueño terminaba venciendo siempre al propósito de velar, así como la culpa es la sustancia de la pena que impone el sacerdote para lograr que el pecado no se repita, sin advertir que esa culpa es el ardor que impulsa a que lo aborrecido instale su mecanismo delicioso.
Allí empieza una teoría de la literatura.