lunes 29 de noviembre de 2021
COLUMNISTAS opinion
17-10-2021 07:49
17-10-2021 07:49

Tocando Fondo

17-10-2021 07:49

La recordación de una marca no significa necesariamente la buena imagen que el público le atribuye. Debe haber pocos países en que la sigla FMI tenga tantas connotaciones como ocurre en Argentina. Ni la ONU, ni la OCDE ni la OEA traccionan tantos comentarios y hasta forman parte de las campañas electorales como protagonistas.

Lo que era un saber de entendidos en la materia se popularizó con rapidez, quizás luego de la crisis de 1982 en que el país cayó en un default con los acreedores y el Fondo Monetario ocupó un rol principal en la vuelta a la normalidad financiera, que efectivamente ocurrió recién con el plan Brady (por Nicholas, el secretario del Tesoro) ya en el gobierno de Carlos Menem. Hasta entonces la consigna “No al FMI” fue el grito inspirador de la izquierda argentina, las bases juveniles del radicalismo gobernante, la CGT y hasta parte del peronismo tradicional que, incluso, veía en el presidente peruano Alan García, un paladín en la batalla contra el imperio financiero internacional. Hasta se convirtió en un hit con el tema Estoy tocando fondo de Viudas e Hijas de Roque Enroll (1984).

El tiempo, implacable, cambió todo: las circunstancias, claro, pero también la visión sobre el significado de los conflictos y la construcción del futuro. Alan García pasó, de ser el presidente de la hiperinflación en Perú al de la continuidad del modelo exitoso de crecimiento que ya lleva tres décadas en medio de la inestabilidad política que hasta implicó su suicidio al ser acusado de corrupción. Sin embargo, la palabra ajuste o austeridad los sucesivos gobiernos argentinos prefirieron dejarlas en manos de un ogro externo, el FMI que es el que así lo dispone casi caprichosamente. Hasta Néstor Kirchner prefirió cancelar anticipadamente la deuda con el organismo y contraer pagando casi el triple de tasa de interés con tal de no tener las visitas de monitoreo de rigor. El precio de la libertad…

Desde marzo del año pasado que la administración encabezada por Alberto Fernández amaga con cerrar de una vez la renegociación de la deuda pública con el Fondo. El tiempo pasó y los vencimientos de fin de año llegaron, pero con un nuevo regalo del cielo: la distribución de DEGs por US$ 4.350 millones que les permitirá honrar los pagos de este año. Sin embargo, el almanaque es implacable y para febrero ya no contará con este salvavidas para empezar la maratón financiera de 2022: casi US$ 20 mil millones, una cifra que en otras circunstancias se pudo haber cancelado parcialmente sin problemas por la cantidad de reservas acumuladas o acudiendo al mercado voluntario internacional. Uno y otro camino están clausurados. La economía argentina llegará a fin del proceso electoral, en noviembre-diciembre con el contador de divisas casi en cero. Y no pudo generar superávits más que para pagar deudas con organismos internacionales, el Club de París y alimentar la incesante demanda de dólares para anticipar importaciones, alimentar el circuito financiero del “dólar ahorro” o simplemente tener poder de fuego para aplacar la tormenta cambiaria que cada elección genera.

En el reciente Coloquio de IDEA, un demorado Presidente pronosticó un pronto acuerdo con el FMI como si estuviera anunciando otras medidas de impacto inmediato. En realidad, para el público que esperaba algún gesto de parte de quien en la misma semana dejó que un nuevo secretario de Comercio implantara listas de congelamiento de precios y anunciara que revisaría los márgenes operativos de las empresas, fue necesario y para nada suficiente. Una acusación velada de ser responsables de la inflación que en septiembre retomó su marcha de más del 50% anual.

En estos círculos y con los antecedentes del caso, las palabras se subordinan a los gestos y estos a las medidas concretas. Recién el 15 de noviembre se empezará a delinear el entramado político real que debería respaldar el augurio oficial. Una carrera que promete ser un sprint de precisión porque el tiempo, como otros recursos, ya se consumió en la larga inactividad pandémica. Y si no, siempre está el plan V: ¡minga al FMI y a vivir con lo nuestro!

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