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Todas las mañanas

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Todos las mañanas leo en pantalla las noticias que aparecen en los diarios que se me ocurre que puedo leer; paso de la oposición indignada que denuncia los horrores del presente al oficialismo que celebra el giro respecto del pasado y promete panoramas luminosos a futuro; lo hago mientras voy bajando el café con leche y haciendo crujir las tostadas. Ese desplazamiento de uno a otro punto de vista pone en movimiento el circuito digestivo; la ira acelera la producción de jugos gástricos y la conformidad produce el efecto final de satisfacción. Pero a veces me pregunto por qué soy de esa clase de lector que cree en todo lo que lee; no se trata sólo de la ignorancia que alienta el proceso mismo de la lectura, pues si uno supiera de antemano no necesitaría recabar ninguna clase de información; en el fondo, si uno percibe la diferencia de perspectivas y va creyendo y descreyendo a medida que desplaza la vista por las páginas en pantalla, lo que comprueba es que tampoco esa lectura produce el menor atisbo de convicción. Si fuera sólo por eso, la lectura de los diarios se revelaría superflua. Pero hay algo que permanece a pesar de que el flujo continuo de la lectura impide que uno piense: “En esta creencia me quedo yo”. Es la constatación de que existen otros que trabajan la figura del sujeto dotado de los poderes de la pública afirmación. La postura de sabihondo mejora la carrera del periodista y del político y es una catástrofe para el artista que no percibe su rasgo altisonante, su remisión nostálgica a la estampa del profeta menor.