COLUMNISTAS
Alan Pauls:

“Todavía me gustan el cuerpo a cuerpo, las peripecias de la presencia”

De visita en Argentina con “Fallar otra vez”, un nuevo ensayo que es, en buena medida, el programa de los talleres que dicta en Berlín, Alan Pauls reflexiona, entre muchos otros temas, sobre la escritura en una época en la que “la tendencia de absolutamente todo –aun de las cosas que uno considera más extravagantes o autistas– es institucionalizarse”.

06-11-2021-logo-perfil
. | Cedoc Perfil

—“Fallar otra vez”, tu último ensayo, propone sacar partido del error al momento de escribir, transformar “las imperfecciones y las dificultades de la narración en oportunidades de experimentación” dice exactamente el prólogo de Julian Herbert, un planteo que va a contramano de esa suerte de axioma que es la “búsqueda de la excelencia”, presente en ámbitos de discusión o enseñanza ¿Por qué?

—Es algo que surgió de mi experiencia con clínicas de escritura. La evidencia de que cada vez es más fácil hacer “bien” las cosas. Los formateos y los estándares de calidad son eficaces y garantizan productos “bien” hechos, no importa quién los haga, ni siquiera importa si hay o no alguien que los haga. En ese contexto, fallar es producir una anomalía inexplicable, un acontecimiento, una singularidad. Todos hacemos las cosas “bien” más o menos de la misma manera. Al fallar puede que seamos únicos. El error sería la promesa de un estilo.  

—¿Qué espacio creés que tiene y ha tenido el hecho de fallar en tu propia experiencia como autor?

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—Hay muchas maneras de fallar. Pronunciar mal una lengua, equivocarse al puntuar, repetir, alterar una cronología, irse por las ramas, confundir personajes. Y también probar combinaciones erróneas. Yo debuté en la literatura así, mezclando el epistolario sentimental de Kafka con los correos de lectores de las revistas porno de los años 70. Mi estilo de fallar es ése: componer con cosas que no se llevan bien.  

—¿Qué relaciones encontrás entre “Fallar otra vez” y “Trance”, consagrado a la lectura?

—Los libros que más me afectaron fueron siempre los libros que no eran para mí, o porque eran para gente más grande, o para más chica, o porque no estaban llamados a gustarme (los amores que no son de tu tipo son los peores, decía Proust, porque te toman siempre con la guardia baja), o porque no era el momento adecuado para leerlos. Las lecturas correctas te forman, te modelan, te proporcionan un ideal; las incorrectas te corrompen, te resetean.  

—Últimamente se viene hablando bastante, al menos a nivel local, de la distinción entre oficio, profesión, o arte en torno a lo literario ¿Qué pensás de ese tipo de categorizaciones?

—“Escritura” (noción que alguna vez fue una bandera de época) puede ser cualquier cosa, igual que “escritor” o que “arte”: una perversión, un hobby, un oficio, un ganapán, una impostura, una carrera universitaria, etc. Pero es evidente que la tendencia de absolutamente todo –aun de las cosas que uno considera más extravagantes o autistas– es institucionalizarse. Todo –incluso el error, como ya había pensado John Cage– tiende a convertirse en un instrumento, una práctica protocolarizada, una disciplina, una industria. Esto no quiere decir nada demasiado estable sobre el valor de cada una de esas cosas. Simplemente define un contexto específico, muy contemporáneo. Y es en ese contexto donde escribir, hoy, puede llegar a ser lo que siempre fue: un fármaco o una fiesta.    

—Estando ya en Berlín salió tu última novela, “La mitad fantasma”, que se anticipó a esto de tener relaciones virtuales, mediadas por la distancia e internet, modalidad que luego se consolidó con la pandemia ¿A vos te gusta ese panorama o valorás más la presencialidad, poner el cuerpo, etc.? 

—No soy David Viñas, pero sí, todavía me gustan el cuerpo a cuerpo, el aquí y ahora, las peripecias de la presencia. Pero quizá porque no las veo como “puras” (nunca las opongo del todo a lo no presencial) sino ya pobladas de fantasmas, de distancia y de delays. Para dar un ejemplo: admiro la cultura del almacén, su intimidad, su sociabilidad personal, pero mi alma de fisgón inhibido nunca florece tanto como en un supermercado, donde todo es presencial, pero está como anestesiado, zombificado.  

—¿Qué te pasa viendo los problemas argentinos a la distancia?

—No los veo: me llegan. Esa distancia tiene un efecto doble: de alivio, porque sé que suceden en “otro lado”; de angustia, porque todo me llega amplificado, distorsionado. Me desespera sentir que siempre son los mismos problemas. Hace tiempo que no sueño con que la Argentina sea un país feliz; pero no pierdo la esperanza de que sea capaz de inventar problemas nuevos.  

—¿Cómo te sentís y qué hacés cada vez que venís de visita? 

—Hay algo de fiesta en venir, siempre, incluso en el infierno de diciembre, cuando todo parece a punto de explotar. Fiesta en el sentido más feliz y desquiciado de la palabra. Una fiesta que sigue, increíblemente, a pesar de la inflación, el fascismo que crece, los incendios, la hiperprecarización, la miseria. Cada vez que vengo, todo me hace sentir que nunca me fui: es como un truco de montaje milagroso, que pega dos tiempos sin que queden rastros, y eso es medio espeluznante. Es el hechizo, y también la trampa terrible, de la Argentina.

—Quizás no muchos conozcan tus dotes de entrevistador porque en general sos el entrevistado, sin embargo, entrevistas extraordinarias como la que le hiciste hace un tiempo a César Aira dan la impresión de que lo hacés con gusto ¿Hay algo divertido en pasar a ser el que pregunta?

—Siempre me gustó mucho entrevistar. Sobre todo, a gente como Aira, figuras difíciles, no obvias, que pueden quedarse horas mudas y de golpe clavarte un dardo genial. Pero creo que me gusta mucho escuchar y conversar. La conversación, lo sabemos desde Platón, es un género extraordinario. Tiene todo lo que me gusta: suspenso, velocidad, teatralidad, relación de fuerzas, cooperación, erotismo. Y hace aparecer ideas que no existían antes.  

—¿Cómo encarás los temas y enfoques de los talleres que das desde Alemania?

—Fallar otra vez es un poco el programa de mis talleres de Berlín. No doy recetas para solucionar problemas; invito a descubrirlos, pensarlos y, en la medida de lo posible, profundizarlos. Pensamos los problemas de escritura –desde “no sé hacer dialogar a mis personajes” hasta “mis finales son espantosos”– no como incompetencias de escritor cachorro o sin talento (que habría que compensar con recursos) sino como síntomas de un estilo, cualquiera sea, que está buscando articularse.  

—La última vez que te entrevisté estabas leyendo a la escritora británica Elizabeth Taylor ¿En qué andás ahora?

—Los Diarios de Patricia Highsmith. Increíble la vida erótica que tenía una chica que sólo quería escribir. Houses to die in, una antología de ensayos de Ina Blom, una crítica de arte alemana fascinada por la ambivalencia. La palabra odiosa de Denton Welch. Y una serie de biografías más o menos anómalas (McKenzie Wark sobre Kathy Acker, Carrère sobre Dick, Nathalie Léger sobre Barbara Loden) que planeo discutir en un tallercito próximo sobre cómo es posible escribir vidas de otros sin quedar como un idiota.  

—A veces se discute la noción de generación aplicada al quehacer literario o artístico ¿Vos sentís formar parte de una? ¿Te afiliás a otros escritores o creés que tu obra dialoga con la de ellos? ¿Cuáles? 

—Mi generación debe tener miles de taras, la más lúcida de las cuales quizá sea la de no haber existido del todo. Pero tiene una virtud: cree y creyó siempre en la literatura, y su obra es el resultado, bueno o malo (yo creo que bastante bueno), de esa creencia obtusa. Dialogo con mis contemporáneos, que son muchos y no todos necesariamente coetáneos ni argentinos: Guebel, Chejfec, Puig, Fresán, Piglia, Barthes, Mansilla, Nabokov, etc. Los contemporáneos nunca son algo dado; escribir es crearlos. 

—Como cinéfilo que sos, ¿qué te pasa con el cine de plataformas, las maratones de series, lo que está de moda? ¿Te gusta? 

—Tengo la carne débil, como todo el mundo. Pero no pondría el “cine de plataformas” o las “maratones de series” en el campo del entretenimiento, sino en el de la adicción. Los tomo (y juzgo) menos como espectáculos que como estupefacientes. No son cosas para ver ni escuchar; son cosas para matar el tiempo, llenar la grilla de las horas, saciarse. Algunos son más eficaces que otros. Hay resacas agradables y hay nefastas. Lo raro es que todos cuestan lo mismo. Dicho esto, yo sigo yendo al cine, que es donde pasan cosas. La otra noche fui a la Lugones a ver Vivir en Sevilla de García Pelayo y me topé con que la presentaba Mariano Llinás, con sus grandes gestos, sus apartes cómicos y ese entusiasmo tan contagioso que tiene. Después la proyección se interrumpió por no sé qué problema y todos los espectadores nos quedamos mirándonos unos segundos, extrañados y cómplices. A eso llamo yo pasar cosas. Cosas que no se consiguen en las plataformas. En Berlín, mi cine preferido es el Sputnik, que está en el quinto piso (por escalera) de un edificio muy viejo y muy alto. Los asientos son de ladrillo. Cuando comprás la entrada, el tipo de la boletería te pregunta si sabés alemán para decidir si la copia que va a proyectar es la que tiene subtítulos o no.

*Periodista, guionista y docente.