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COLUMNISTAS / la politica y el tinglado
viernes 16 agosto, 2013

Todo a la vez

default Foto: Cedoc
viernes 16 agosto, 2013

Una ventaja de aprender idiomas y de tener amigos de diversas latitudes es que cuando uno trata de explicarles cosas básicas, como lo del hijo del abogado Pierri o que las elecciones son sondeos para rearmar testimoniales, se me hace evidente que estoy tratando de describir pedazos de ficción para los que otras lenguas no tienen tanto brazo. Ni sé cómo traducir “testimoniales”. El paisaje político, o esa deformación flagrante y colorida que ha sustituido a la política, pretende acaparar todos los acontecimientos y de pronto –como si lo hubiéramos olvidado– un tren que choca, un derrumbe en Rosario, son producto directo de malas, malísimas, políticas. Súbitamente, es todo un milagro que otros trenes no estén chocando y que el resto de nuestros edificios siga en pie. En todo caso, la ficción que elegimos contar cuando se narran los acontecimientos como puramente políticos es triste. Nunca alegre. ¿Por qué?

Como todas las heridas ideológicas están abiertas (después de todo, este país ha pasado por más de un genocidio), todo acontecimiento es aquí politizable, y con derecho. Y no obstante, cuando llega el momento final del sufragio, y pese a los intentos de unos y otros por transformar en eslogan lo ideológico, en diseño un puñado de nombres y en estrategia un disfraz que deja medio culo afuera (¡si hasta Cavallo se puede promocionar en una elección!), entonces el momento entero goza de un halo gordo de ficción, de fantasmagoría, de bailecito, que contradice el largo impulso de la campaña precedente.

No pretendo discurrir sobre resultados. Tal vez porque las personas a las que voto aparecen poco en el pálido recuento, o porque me interesa poco escribir encima de lo que este sábado los diarios reelaborarán por doquier.

Así es que busco refugio en el teatro siempre barroco y sorprendente de Mariano Pensotti. Acaba de estrenar Cineastas, demostrando también que los actores son una brava especie de fantasmas que siguen adelante aunque el Complejo Teatral les deba los sueldos, los ensayos, los tornillos que sujetan las vigas de las escenografías. El estreno culminó (¿dentro o fuera de eso que suponíamos la ficción?) con la lectura de un boletín del sindicato de actores donde se nos explica el estado de alerta. Como si la pieza no hubiera conseguido por sí sola alertar a la platea: aquí todo es simultáneo. En dos pisos superpuestos, los proyectos de ficción de cuatro cineastas se apilan sobre sus escarpadas vidas reales. Y el cineasta que imagina es metáfora del ser humano que se figura algo, que piensa. La simultaneidad es ley: de ahora en más, cualquier corte facetado y simplista de la materia de lo narrable será percibido como una falsificación, como un sueño planísimo de Newton en el ojo de la tormenta de catástrofes.

En un momento de los infinitos pliegues de la trama, que incluye desaparecidos, aparecidos, McDonald’s, ponies, secuestradores o lesbianas, uno de los personajes se va a Rusia en busca de aquello que a falta de mejor nombre supone “su identidad”. Es una de las ideas más luminosas, bellas y falaces de la pieza: Moscú –lejana, ilegible, cirílica, atenazada del folclore de otra gente– es dolorosamente real. Buenos Aires –en cambio– es una acumulación desaforada de ficciones. Pensotti pone en boca de sus atareados actores, y en pornográfico primer plano, un puñado de ideas formidables, para después dejar de ellas sólo un souvenir –una imagen– que las contiene, de manera arbitraria, como un envase de una cosa que ha sido rellenada con otra. Es un gran invento de su retórica. Creo que Pensotti, que abandonó el cine para pasarse al bando artesanal del teatro, hace en salas las películas que no se pueden filmar, lo cual expande la naturaleza narrativa del teatro. Y cuando eso pasa, la realidad (esa versión privilegiada de entre todas las mentiras posibles) es puesta en jaque. Es teatro con reglas del cine: voz en off, extras (personajes sin pasado ni futuro, o que mueven muebles), plano detalle en la enormidad de la sala: el globo rojo lleno del aire de alguien que morirá en breve, aire de un difunto preservado en caucho rojo, lo único que queda cuando la topadora arrasa con todas las demás imágenes del mundo. Sí, porque éste es el mundo. Tanto como el otro. Mucho más que el otro. Que el real.


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