COLUMNISTAS
clasico envuelto en clima de guerra

Todo es un gran dislate

¿Qué pasó con Huracán y San Lorenzo? ¿Qué pasó con el clásico de barrio por excelencia, con vecinos que tenían el Globo en el corazón y que vivían enfrente o al lado del que sufría por la camiseta azulgrana? ¿Por qué nos quitaron este sello tan distintivo? Estas chicanas barriales tan características, tan porteñas, tan nuestras, se convirtieron en ataques nocturnos, traiciones, delaciones, muertes…

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¿Qué pasó con Huracán y San Lorenzo? ¿Qué pasó con el clásico de barrio por excelencia, con vecinos que tenían el Globo en el corazón y que vivían enfrente o al lado del que sufría por la camiseta azulgrana? ¿Qué pasó con las cargadas al Cuervo que vive en Caseros y Rioja? ¿Qué pasó con las bromas al Quemero que tiene la casa en Inclán y Muñiz? ¿Por qué nos quitaron este sello tan distintivo? Estas chicanas barriales tan características, tan porteñas, tan nuestras, se convirtieron en ataques nocturnos, traiciones, delaciones, muertes…

¿Qué o quién nos llevó hasta esto? ¿Por qué alguna vez el Racing campeón del mundo fue aplaudido por un estadio de Independiente repleto y ahora ni siquiera podemos pensar en una cancha llena cuando se enfrentan los dos sin que se nos cruce la palpable chance de violencia y muerte? Continuando con el clásico de Avellaneda, Independiente dio la vuelta olímpica en el Metropolitano de 1970 en el terreno de su adversario y exhibió la Copa Intercontinental en 1973, también con el aplauso del público de Racing de fondo. ¿Por qué el fútbol argentino entró en tal estado de descomposición que esto suena irrepetible y aparece como una locura?

El Bambino Veira fue siempre de Huracán. Sus padres, también. El día en que el delegado de San Lorenzo lo visitó en su casa para llevárselo al club, en la heladera de la humilde cocina de la familia Veira estaba el inconfundible globito de Huracán. Sin embargo, a nadie le importó. Veira hizo su carrera grande en el Ciclón y se dio el gusto de pasar por Huracán en 1971, en el equipo que le arruinó el Metropolitano de ese año. Lo mismo pasa con el Toscano Rendo. Se hizo en Huracán y en San Lorenzo es poco menos que un rey. Pero algo muy malo nos pasó con el correr de los años.

No se pretende desde esta columna armar un tratado de sociología ni mucho menos. Simplemente, se vuelcan ideas de un periodista cuya edad le permitió estar en ambos mundos. Y en “aquel” mundo futbolero, el de hace 30/35 años, no había tanto avance tecnológico. En la entrada había un tipo que cortaba los boletos, los autos no eran tan veloces, los colectivos no eran tan grandes y en los trenes también uno viajaba colgado como ahora. Sin embargo, los incidentes eran menores. Había alguna que otra corrida, volaban las piedras, pero la muerte aparecía más vinculada a una tragedia como la de la Puerta 12 del estadio de River que a un hecho programado, como sucede ahora a través de los nefastos foros de Internet. Estos sitios de la Web crearon hinchas agresivos, intolerantes, incapaces en su mayoría de generar una idea tan siquiera discutible. El de Boca le dice al de River que lo va a matar (o al revés); el de Racing insulta al de Independiente (o al revés) sin cruzar ni media palabra sobre el juego y ni hablar de los hinchas de los equipos rosarinos y platenses. Y los de Huracán y los de San Lorenzo se citan para pelearse y matarse.

Obviamente, no sólo estos guapos de escritorio son los que generan problemas. Sería un grave error desconocer la marginalidad que generó el capitalismo salvaje de los 90 y sus consecuencias, la facilidad que tiene un pibe de clase baja para llegar a las drogas, el bombardeo televisivo que transforma rivalidades en enemistades propias de una guerra, hinchas que van a un estadio a descargar frustraciones cada vez más profundas e hinchas que, si su equipo no gana, son capaces de romper todo lo que encuentran a su paso, como si la derrota no fuese posible en una competencia deportiva.

La Policía, los organismos de seguridad deportiva y, sobre todo, la AFA tienen los elementos para impedirlo. Pero jamás lo hacen. La Policía no tiene término medio: mira o reprime brutalmente. Los organismos alejan a la gente de los estadios, cuando lo que deben hacer es lo contrario, permitir que vaya la mayor cantidad de público y cuidarlo. Que los hinchas locales tengan que esperar casi una hora para irse de una cancha y que los simpatizantes visitantes no puedan ir a las canchas en el ascenso es un dislate, un certificado de ineptitud. Y ni hablar de mandar a Huracán y San Lorenzo, como hoy, a jugar a la cancha de Boca, estando habilitado el estadio de Huracán. Para los organismos de seguridad deportiva, es más seguro que los hinchas de uno y otro –que tienen un origen común– hagan un viaje hasta La Boca, a que lo haga sólo uno hasta una cancha que les queda cerca. Increíble.

También es increíble el discurso de la AFA y sus periodistas afines: “La violencia está instalada en la sociedad y el fútbol no es una isla”. Es falso. El fútbol tiene su propia violencia. Las muertes de Adrián Scasserra, de Ulises Fernández, de Marcelo Cejas, de Gonzalo Acro, de Cafú Silvera, de Daniel López, de Sabrina Beltrán, de Emmanuel Alvarez y de muchísimos otros no son “producto de una sociedad violenta”. Son muertes del fútbol, de la falta de criterio y seguridad en los estadios. Y, como en el caso de Acro, de internas entre barras que se disputan los botines y las prebendas que otorgan los dirigentes.

Todo es un gran dislate. Nos ilusionamos con un clásico extraordinario, con un partido que a los futboleros nos genera el maravilloso cosquilleo de los grandes sucesos y nos encontramos con que van a jugar en una cancha semi vacía, rodeados de policías, dirigentes y barrabravas.

Sepan, señores, que ustedes son unos incapaces, que hacen todo lo posible para que la gente engorde sus tesorerías a través del codificado de la tele y algunos nos damos cuenta. Esto, al cabo, parece lo único que importa. Más que lo grandioso de un clásico entre Huracán y San Lorenzo a cancha llena. Es una pena.