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domingo 28 octubre, 2018

Triunfar afuera para realizarnos adentro

Necesitamos líderes políticos y empresariales de calidad, que fomenten la creatividad y la productividad. Todas las naciones que se han desarrollado sigueron ese camino.

por Patricio Carmody

Nueva ruta de la seda. Uno de los ejemplos de una visión aspiracional que impulsa el desarrollo. Foto: cedoc perfil
domingo 28 octubre, 2018

No es sencillo para los gobiernos de este mundo definir una visión atractiva que oriente a sus países en temas de política exterior. Entendiendo que las visiones no pueden ser solo una manifestación de deseos, sino expresiones de ilusiones que deben ser cumplidas. No son fáciles de ser llevadas a cabo, e incluyen cambios notorios de comportamiento, orientación y organización para ser cumplidas.
Una visión debe ser aspiracional y puede estar anclada tanto en elementos geográficos como emocionales. Un ejemplo contemporáneo basado en lo geográfico es la visión china denominada One Belt, One Road (Una franja, una ruta), que unifica una ambiciosa serie de inversiones en infraestructura a través del continente asiático, bajo la idea de recrear la histórica ruta de la seda, que unía a China con Europa.  La construcción de esta red proyecta a su vez la influencia  creciente china en Eurasia. Un ejemplo más cercano que apeló a la geografía es el que adoptó Chile, al manifestar querer convertirse en “un puente entre Asia y América”.
Entre los ejemplos de visiones aspiracionales ligadas a lo emocional podemos citar las diferentes visiones “de grandeza” brasileñas a lo largo de los siglos XX y XXI, ancladas en su tamaño y en la dimensión global de sus aspiraciones. Podemos citar, a su vez, la actual visión del presidente Donald Trump en torno al concepto de America First, que propone poner en primer plano el bienestar y la dignidad de cada ciudadano norteamericano. Entre las visiones ligadas a lo aspiracional y lo emocional podemos ubicar a la expresada por el gobierno Menem en torno al concepto de “vuelta al Primer Mundo”, que pareció materializarse en la primera mitad de los años noventa, y que al terminar debilitándose en la segunda mitad de esa década dejó la sensación de ser algo exagerada.
En este contexto, si bien tanto el presidente Macri como el jefe de Gabinete Peña han hablado sobre el gran diferencial que existe entre la realidad y el potencial de la Argentina, no han podido explicar de manera clara y consistente cómo debemos “hacer de nuestro potencial una realidad”. Los conceptos  utilizados, el de “la vuelta al mundo”, y el de la “inserción internacional inteligente” no han sido lo suficientemente claros ni conducentes a “hacer realidad nuestro potencial”. El primero puede ser traducido como “volver al mundo occidental”, aunque la Argentina no pudo haberse desconectado demasiado de dicho mundo, si sus exportaciones habían alcanzado un pico histórico en 2011, con gran diversificación de destinos a nivel global. Con respecto a la “inserción internacional inteligente”, claramente no se reflejó en las exportaciones, que prácticamente no crecieron en 2016-2017. Tampoco se materializó en las cuentas externas, ya que se llegó a un récord en el déficit comercial y en el de cuenta corriente.
Por otro lado, dos objetivos que debían orientar la política exterior  no fueron consistentes con la visión económica expresada. El primero, lograr  la “pobreza cero”, no era compatible con la idea de crecer a 3% durante veinte años, ya que se necesita un crecimiento de por lo menos 7% para sacar a  cantidades significativas de ciudadanos de la pobreza, como lo han demostrado China, India y Brasil, durante el tiempo de Cardoso y el primer gobierno de Lula. El segundo, “lograr la unidad de los argentinos”, no fue consistente con una política que se enfocó demasiado en el progreso de los sectores productivos extractivos (agricultura, minería, combustibles), dejando de lado a los habitantes ligados a la mayoría de los otros sectores productivos. Tampoco prosperó la idea de convertirnos “en el supermercado del mundo”, ya que, entre otras cosas, no se cumplió con las tres recomendaciones básicas para impulsar las exportaciones, delineadas por el ex ministro de Hacienda chileno Hernán Büchi: mantener un tipo de cambio real alto en el tiempo, no exportar impuestos, y utilizar la promoción comercial.
Si como decía Charles de Gaulle: “nuestros sufrimientos son nuestras lecciones”, la  reciente brusca devaluación del peso puede ofrecernos la posibilidad de, como parte de nuestra política exterior, poner énfasis en una visión exportadora. Una visión que no solo busque equilibrar las cuentas externas para evitar nuestros recurrentes desequilibrios económicos. Sino que permita, a través de un aumento significativo de las exportaciones, alcanzar el nivel de vida al que aspira cada argentino. Esto implica un esfuerzo conjunto para realizar los cambios necesarios en nuestra estructura productiva, y así dar la posibilidad a la mayor parte de los sectores productivos posibles a competir regional y/o globalmente. Así, un objetivo nacional primordial debería ser, como ha dicho el experto Michael Porter, desarrollar la habilidad de lograr precios altos en los mercados extranjeros para nuestros productos.
Esta visión exportadora, a la que podemos denominar “triunfar afuera para realizarnos adentro”, que tiene componentes geográficos y emocionales, debe ser lo más inclusiva posible en cuanto a sectores productivos y regiones geográficas, para favorecer a la mayor cantidad de ciudadanos posible. Para lograr satisfacer las expectativas y ambiciones de cada argentino, se deberá apuntar a que nuestras exportaciones evolucionen hacia un valor equivalente al 25% del PBI, traccionando con ello un crecimiento del 7% anual de éste.  Estos niveles de crecimiento sí nos llevarán a reducir significativamente la pobreza.
Para “triunfar afuera para realizarnos adentro”, necesitaremos liderazgos políticos y empresariales de calidad, respetar los principios mencionados (tipo de cambio alto, no exportar impuestos, promoción comercial), y fomentar la creatividad y la productividad. Para ello serán necesarios acuerdos entre el Estado, las empresas y los sindicatos, comprendiendo que no hay nación en el mundo que se haya desarrollado en los últimos 70 años, que no haya  seguido este camino.

*Autor de Buscando consensos al fin del mundo: hacia una política exterior argentina con consensos (2015-2027).


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