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COLUMNISTAS / asuntos internos
domingo 11 agosto, 2013

Un acto de justicia callejera

default Foto: Cedoc
domingo 11 agosto, 2013

Adolf Hitler se definía a sí mismo como “escritor”. La casa Mullock’s, de Shropshire, Inglaterra, va a subastar con una base de 5 mil libras esterlinas (7.600 dólares) la libreta que perteneció a Hitler y donde consta que era residente en el segundo piso del número 16 de Prinzregentenplatz, en Munich, y que su profesión era escritor. Cosa que no era del todo mentira, ya que con la publicación de Mi lucha, en 1925, había conseguido la tan ansiada tranquilidad económica. Joseph Brodsky había llevado al límite de la obsesión el hecho de firmar y aclarar al pie: “Poeta”. Otro ruso, Vladimir Maiakovski, se veía a sí mismo como un poeta-obrero, un ebanista que trabajaba la madera de la cabeza humana, un pescador de hombres vivos. Yo, que pinto mejores acuarelas que Hitler pero que no tendría el valor ni para lamer las suelas de los zapatos de los dos rusos, suelo definirme como “traductor”, en parte porque, a diferencia de “escritor”, “poeta” o “periodista”, el de traductor me parece un trabajo digno, mal remunerado y despreciado (e incluso completamente ignorado), y en parte porque se me da la gana.
Acabo de conseguir en una librería de viejo un libro que estaba buscando desde hacía años: Breve manual de urbanidad, de Fran Lebowitz, traducido por José Luis Guarner y editado por Tusquets en 1985. Lo cierto es que Fran Lebowitz, en la primera página, dice que las personas son un grupo que “siempre ha despertado una atención injustificada” y que “suelen equipararse a copos de nieve”, en el sentido de que cada una de ellas pretende ser única, no hay dos iguales. Y a continuación dice algo que no sólo no entiendo, sino que instantáneamente me quitó las ganas de seguir leyendo: “Las personas, aun con el actual índice de inflación (...) van a perra gorda la docena”. Yo iba por la calle, leyendo. Había deseado ese libro durante casi mil días y de pronto lo tenía entre las manos. Se puede leer mientras se camina. De hecho, recuerdo haber leído todo Autos relativos a la muerte de Raymond Roussel, de Leonardo Sciascia, de punta a punta durante una caminata por la avenida Córdoba, entre Uruguay y Agüero. No pretendía leer el Breve manual de urbanidad de Lebowitz de punta a punta, simplemente quería mirarlo un poco. Estaba emocionado, había querido leer a Lebowitz después de haber visto Public Speaking, el documental sobre Fran Lebowitz dirigido por Martin Scorsese en 2010. Y finalmente estaba allí. Pero me repelía. De pronto sentí asco, una repugnancia imposible de transmitir con palabras. Yo quería oír la voz de Fran Lebowitz y estaba leyendo a un imbécil llamado José Luis Guarner. Fran Lebowitz no era merecedora de eso y sobre todo yo tampoco. Y mientras tanto, como si fuera una premonición, apareció delante de mí, en la puerta de un quiosco, un cesto de basura inmenso, rojo, abierto, vacío. Era como una boca inmensa que me decía: “Libérate, libérate...”. Y lo dejé caer. Juro que hizo el ruido que hubiera hecho al caer un ladrillo. Lo juro, no exagero. Y me sentí mucho mejor. Cuando se encuentren con una traducción de ésas, hagan lo mismo que yo. No se van a arrepentir.


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