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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 29 septiembre, 2018

Viaje a Italia

Tanto por la fuente literaria como por el tema, no se puede decir que la película de Agustina Macri tenga mucho que ver con su padre.

por Quintín

default Foto: CEDOC

Fui a ver Soledad, la película de Agustina Macri, movido por el morbo. Quería saber qué cine hace la hija del Presidente. Hace poco se había estrenado una película con guión de Florencia Kirchner, pero esa podía imaginármela. Curiosamente, ambas tratan sobre anarquistas muertos y, en ambos casos, otros anarquistas encapuchados protestaron el día del estreno. Es gracioso que las hijas de presidentes de ideologías opuestas hayan hecho películas con tanto en común.

Pero si Florencia y Máximo Kirchner son militantes oficiales de la causa familiar, Agustina Macri y sus hermanos se han mantenido fuera de la mirada pública. Hasta ahora, cuando Agustina debutó como cineasta con la adaptación de Amor y anarquía, una crónica/novela de Martín Caparrós sobre María Soledad Rosas, una chica argentina de clase media sin militancia política que a los 23 años viajó a Italia y un año más tarde estaba muerta después de haberse enamorado de una causa y de un militante okupa con el que compartió la lucha, la cárcel y el suicidio. Tanto por la fuente literaria como por el tema y su tratamiento, que sigue de cerca a Caparrós, no se puede decir que la película de Agustina Macri tenga mucho que ver con su padre.

¿O se puede? Quiero decir que no es raro que Caparrós, veterano y dedicado cronista de la militancia, se haya interesado por Soledad Rosas. Pero ¿qué vio en ella Macri, por qué decidió empezar su carrera como directora con ese tema? Una posibilidad sería preguntárselo, pero no está a mi alcance en este momento. Solo puedo hacer conjeturas. Una de ellas sería que la salida de un ambiente familiar confortable y rígido le resulta biográficamente significativa. La otra, que el misterioso destino de Soledad, esa radicalización tan semejante al proceso de convertirse en otra persona, incluso físicamente (Vera Spinetta interpreta esa transformación con tal brío que está cerca de apoderarse de la película), parece fascinar a Agustina Macri como un misterio que la interpela de un modo irresistible, como queda expresado en un plano en el que una celadora de la cárcel espía por la mirilla a la protagonista (tan distinta en principio a ella) cuando está desnuda. Esa escena algo anómala, que no está en el libro, se complementa con el brusco abrazo que Spinetta le da a la celadora cuando sale bajo prisión domiciliaria, como si fuera una retribución por su interés. El lugar de Agustina Macri frente al personaje de Soledad tiene algo en común con el de esa mujer que nunca llegará a exteriorizar sus emociones: mantendrá la distancia tratando de ser respetuosa y verdadera, mientras los viejos compañeros de militancia boicoteaban el rodaje.

Pero parece una empresa imposible. La película empieza por el final, cuando la familia de Soledad tira sus cenizas al mar, en una escena filmada en Mar Chiquita. Esa locación tiene algo de particular: hay allí una falla en la costa ocupada por una laguna de agua salada. Al norte de la falla, las playas son de arena, al sur son de piedra. Algo así pasa con la libertad y el anarquismo: no hay un pensamiento político que esté más cerca de la libertad y tampoco uno que sea tan capaz de destruirlo todo en su nombre. La película se para en el medio de la suavidad de la arena y la dureza de la piedra, pero en ese lugar solo hay un abismo.


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