miércoles 06 de julio de 2022
COLUMNISTAS Individualismo

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16-01-2022 00:12

Llevo siete días contagiado con la variante ómicron y el test de antígenos me indica que aún el virus sigue en mi cuerpo. La desazón es mayor, ya que contaba con un negativo y muchos planes al ganar la calle. Sigo confinado y no caigo en la tentación, aunque me gustaría, de repetir el test. La fiabilidad es casi total a pesar de una campaña que insiste, desde las redes, en denunciar que se trata de la comercialización de una simple tira de papel que da positivo, incluso, con agua de la canilla. La explicación oficial indica que se trata de una cromatografía en la que una proteína enlaza de forma específica con el antígeno del virus y, al aparecer la línea de color, como me ha sucedido, indica el «positivo». Esto también hay que explicarlo.

Mientras tanto, desde Madrid, se suceden las imágenes del tenista Novak Djokovic entrenando en alguna pista de Melbourne a la espera de que las autoridades australianas le dejen jugar el Open de ese país. Debajo de la pantalla, los rótulos van soltando los números del día con 125 muertos y una incidencia por 100 mil habitantes que ya supera los 3 mil casos. Una cifra normal, con la situación bajo control, no debería superar los 50 casos. Sin embargo, me asomo a la ventana y el trajín de la mañana es como el de un día más. El tráfico fluye y la gente va y viene sin mayores preocupaciones. Como el gesto de Djokovic después de devolver una pelota.

Hasta ayer el tenista estaba confinado en un hotel de Melbourne en el que las autoridades le obligaron a permanecer en compañía de otros inmigrantes a la espera de ingresar al país. Es más, se trata de un centro de detención en el que refugiados y solicitantes de asilo retenidos en condiciones miserables, a menudo durante años, mientras se procesan sus casos, esperan finalmente entrar en Australia. No llegan en vuelos privados como Djokovic ni tampoco cuentan con la pequeña multitud que se reunió delante del hotel, a medianoche, encendiendo velas, entonando cánticos de aliento, agitando banderas serbias y exponiendo pancartas con la imagen del campeón. Desde Serbia, en una rueda de prensa, el padre de Djokovic sentenció: «Jesús fue crucificado, y aguantó, sigue vivo entre nosotros; intentan crucificar a Novak de la misma manera, subestimarlo, ponerlo de rodillas, hacerle de todo».

Lo único que no ha hecho Djokovic es vacunarse. La organización del torneo, que responde a cuestiones económicas y no sanitarias, le dio luz verde al tenista. El Estado australiano le pidió, simplemente, al llegar a migraciones lo mismo que a cualquier ciudadano del mundo: un certificado de vacunación o una PCR.

Hay un malestar que rompe a la comunidad a partir del momento en el que un grupo no quiere compartir un mundo en el que se imponen las desigualdades, el sistema de reglas es el financiero y, dentro de ese esquema, hoy las farmacéuticas están en primer plano. Lo curioso es que el gesto contestatario, negacionista, es consecuencia de la propia estructura: el individualismo llevado al límite de lo libertario. Vivimos en un presente distópico; volvamos hacia la utopía, proclaman alentándonos, al igual que terraplanistas caminando hacia el horizonte esperando encontrar un precipicio en la línea de fondo.

En la película Stalker de Tarkosvski, un profesor y un escritor van hacia una «zona» en la que supuestamente abunda la esperanza. «Un lugar donde se cumplen los deseos», dice el profesor. «Una zona creada por una supercivilización», aventura el escritor. El stalker, el guía, a pesar de sus dudas, se limita a reflexionar: «la zona es tal y como la hace el ser humano».

Hay otro lugar, más cercano y real, en Villa Celina, y lo relata Juan Diego Incardona en el libro del mismo nombre que la localidad. Es un túnel al que el autor llama nazi y cuyo tránsito, que es un infierno, comunica con otros dos: la entrada y la salida, ambas en la Matanza (el topónimo tiene una carga semántica siniestra).

La pandemia en algo se parece a este recorrido; como poco, la muerte, está presente todos los días. No se trata de ir hasta la línea del horizonte ya que es como buscar la «zona» o cruzar ese túnel para salir en el mismo sitio. La cuestión es cambiar el mundo empezando por la Matanza, pero, para eso, hay que estar vivos.

*Escritor y periodista.

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