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analisis electorales

Y no habrá segunda vuelta

Muchos apresurados aseguran que vamos al ballottage. Por qué las PASO ya pueden definir octubre. Problemas para Randazzo y Massa.

CISNE  NEGRO Florencio Randazzo
| Pablo Temes

Compañeras, compañeros, la elección ya está resuelta, ganaremos en primera y no habrá segunda vuelta!”, cantaba la JP en 1973. Efectivamente no hubo segunda vuelta, aunque fue por decisión de Ricardo Balbín, que no se presentó ya que en la primera Héctor Cámpora había obtenido 49,56%, o sea, 44 centésimos menos que el 50% necesario, como imponía la ley electoral de ese momento. Lo que sí sucedió es que hubo elecciones nuevamente, seis meses después, que ganó Juan Domingo Perón por la marca récord de 61,85%, así que tampoco allí hubo segunda vuelta.
Para las elecciones de octubre, por el contrario, todos dan por sentado que sí va a ser necesaria una segunda vuelta. El cálculo que hacen es sencillo: si hay tres candidatos que encabezan las encuestas, nadie puede ganar en primera vuelta. Y eso, a pesar de lo generosa que es nuestra actual ley electoral, que dictamina que se es presidente con sólo alcanzar el 45% de los votos u obtener más de 40 y sacarle 10 puntos al competidor inmediato. Uno se siente tentado a decir que es un sistema de ballottage diseñado para que no haya ballottage.
Pero claro, sucedió el diluvio de 2001 y en las elecciones de 2003 debió haber habido segunda vuelta, porque Carlos Menem a gatas alcanzó el 24,45%. Sin embargo, las encuestas cantaban que, dada su imagen negativa, cualquiera que lo enfrentara ganaría las elecciones, así que también renunció a presentarse y Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada con un módico 22,24% del voto popular.
Esta vez, sin embargo, resulta un tanto prematuro anunciar que los argentinos deberemos concurrir tres veces a votar por presidente, y no porque uno tenga información clasificada de que quien saliera segundo desistiría de participar del ballottage.
Hay dos elementos que se pasan por alto en el análisis. El primero es que se llevará a cabo esa costosa y un tanto inútil encuesta –en realidad un censo– denominada ampulosamente Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias. Por lo tanto, el soberano contará con información fidedigna con la cual evaluar a quién votar en la primera vuelta. El segundo elemento es que esto no sería demasiado gravitante si hubiera lealtad partidaria, o aunque más no sea, lealtad al candidato. Sin embargo, hay que ser bastante imaginativo para pensar que la mayoría del voto, más allá de los nucléolos partidarios, no votará estratégicamente –o de modo “útil”, como bautizó positivamente la prensa a, paradójicamente, votar negativamente– a favor del candidato con más posibilidades de ganarle a quien no se quiere que gane.
Combinadas las PASO con voto estratégico, para que se dé una segunda vuelta los tres candidatos más votados deberían entrar en un virtual triple empate que no permitiera al electorado estratégico direccionar su voto, al no saber quién tiene más chance de ganarle al que menos quiere. Las encuestas, sin embargo, aunque separan a los tres candidatos del resto de los demás participantes, no hablan de un triple empate, pero sí de un amesetamiento (muy digno, por cierto) de Sergio Massa después de una caída más o menos franca que lo alejó de Daniel Scioli y Mauricio Macri. Justo lo suficiente, podría argumentarse, para que el voto estratégico (que demuele terceras opciones) haga que se genere una polarización en primera vuelta, y, por lo tanto, ya haya ganador el 30 de octubre.
Claro que falta mucho y cualquier cosa puede pasar. Por ejemplo, que ocurra un Cisne Negro, un hecho imprevisto que lo cambia todo. Si fuera así, entonces no habría análisis que valga. Y si hay realmente un Cisne Negro, lo que es sorprendente es la capacidad del Gobierno para pintarlo de blanco y finalmente desactivar su efecto, como con la 125 o el caso Nisman.
Por estas horas también se dice que si las PASO entre Florencio Randazzo y Scioli son muy competitivas, el ganador que representará al FpV podrá empatar en votos con quien hoy está tercero.
Los medios harán el consiguiente cuadro computando los votos por candidato y no por espacio político, como hicieron en la Ciudad de Buenos Aires.
Pero lo cierto es que, por un lado, aquí no habrá siete candidatos, sino a lo sumo tres en las PASO más pobladas (Macri, Carrió y Sanz) y dos en las otras (la que falta será entre De la Sota y Massa), por lo que la suma total será más fácil. Y por el otro, de darse la lógica, o sea que gane Scioli, difícilmente los votantes de Randazzo se vuelquen a votar por Massa o Macri (por cierto, el ministro del Interior y Transporte, con su muchachismo ante los intelectuales de Carta Abierta en modo festivo, se ha esforzado bastante para ser derrotado por el gobernador bonaerense).

En carrera. Queda la campaña electoral, pero los publicistas en general son esos especialistas en ganar elecciones que ya han ganado los candidatos, y a los candidatos no les quedan muchas más balas en la cartuchera.
Macri decidió demostrar fibra de líder ninguneando el acuerdo con la UCR y haciendo que Horacio Rodríguez Larreta gane en la Ciudad, aunque deberá enfrentar en segunda vuelta –que en la Ciudad es casi imposible de evitar– a ese Nice Frankenstein que es Martín Lousteau, quien supo aprovechar la campaña negativa del PRO contra su fundadora, Gabriela Michetti. De nuevo, la pregunta del millón es a quién votarán todos los que lo hicieron en primera vuelta por la izquierda o el FpV. Le queda dar el batacazo en Córdoba, pero los batacazos por definición no son predecibles. Por su parte, Massa ya se ha relanzado y la incorporación de De la Sota en sus PASO no movió demasiado el amperímetro de la opinión pública (como tampoco la participación en el Bailando..., verdadero sambódromo de nuestra democracia mediática).
Quedan los chisporroteos pimpinelianos (muy apropiados, por lo menos para uno de los contendientes) entre los habitantes del búnker K y Scioli, que es casi lo único que les pone un poco de pimienta a estas elecciones.
Los candidatos preferidos juegan más a no equivocarse que a pasar a la ofensiva y dejan, en un caso o en el otro, que la situación económica decida.
¿O será que después de una década de látigo y látigo, sospechan que adoptar un perfil combativo ya no paga electoralmente en la Argentina?