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CULTURA / Apuntes en viaje
domingo 5 enero, 2020

Balance

Las experiencias más cercanas, viajes a China o Japón, parecían vacías. No me quedaba ninguna experiencia subjetiva relevante, sino imágenes aisladas y perfectas como postales

Oliverio Coelho

Balance Foto: marta toledo
domingo 5 enero, 2020

La primera columna que hice, en abril de 2013, contenía todos los tópicos del relato exótico. Transcurría en la India y retrataba la experiencia enrarecida de un occidental en Pondicherry. Quizás para empezar haya tomado el recuerdo más arraigado y tierno que me quedaba de aquellos lejanos viajes: dos jóvenes escritores bebiendo junto al mar después de meses de abstinencia.

 Algunas de las columnas posteriores estuvieron estructuradas como cuentos y hasta contuvieron anécdotas ficticias. Recuerdo una, ambientada en Londres, en la que abordaba un taxi conducido por un zombi que atropellaba a un transeúnte. Cuando el conductor bajaba a estudiar lo sucedido y apoyaba “una oreja sobre su espalda, como si quisiera escuchar el goteo del alma al separarse del cuerpo”, yo me daba a la fuga con el vehículo y comenzaba una noche clandestina de taxista.

Lentamente la primera persona empezó a tomar un lugar central y el detalle autobiográfico algo vanidoso sobrepobló estas líneas. Los recursos de la crónica, la crítica literaria, me permitieron durante meses reformular el destino de este espacio y volverlo una suerte de bitácora reflexiva. Mis viajes a Cuba sirvieron como marco de referencia para mis otros viajes y comodín a la hora de escribir cuando no tenía ideas. Mi paso por la Cuba de los 90 no dejaba de ser una experiencia política onírica inagotable, con climas de distopía. Las mismas anécdotas reverberaban, magnificadas, como si entre mis 40 y mis 18 no hubiera pasado tiempo.

A partir de la columna número cien, entablé una batalla sostenida con los recortes arbitrarios de la memoria, para no quedarme sin recuerdo. Creo que esta fue una cuestión presente en varias columnas: el trabajo caprichoso de la memoria y la escasez. Por momentos, recordando, sentí que la mayoría de las experiencias de viaje se habían ido por las rajaduras de una sensibilidad resecada por las tareas cotidianas de la supervivencia. Las experiencias más lejanas eran las más vivas. Las más cercanas, viajes a China o Japón, parecían vacías. No me quedaba ninguna experiencia subjetiva relevante, sino imágenes aisladas y perfectas como postales. Por un momento llegué a pensar que el relieve sociocultural de esos viajes emergería veinte años más tarde. Aunque tiendo a pensar que las únicas experiencias indelebles se dan en la juventud, porque son las de iniciación. Si redujera las ciento setenta y cinco columnas a lo esencial, quedarían treinta o cuarenta, todas remitidas a formas de bautismo sensorial.     

El antídoto para esa suerte de autocelebración resultó la crítica política/social. El país, con la aparición del macrismo, colapsó, y no dar cuenta de eso habría sido negligente. Habría desaprovechado el sentido de esta escritura si me limitaba a los recuerdos de viaje. No podía pensar ningún asunto o apunte de viaje sin asociarlo al malestar emergente: el rápido desmantelamiento de las economías y la destrucción de la clase media y baja. A veces adopté posiciones radicales, convencido de que un solo macrista retractado justificaba la falta de metáforas y ruedos a la hora de afirmar que “Macri en tres años ejecutó su genocidio laboral, cultural y social, empezando por los grupos más vulnerables –incluidos los discapacitados, sadismo que no se le ha visto a ningún gobierno.”

 De alguna manera, esta columna pasó por la ficción, el relato biográfico, la crítica literaria, la crónica y hasta el análisis político  preñado de malestar cultural.


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