CULTURA
entrevista a gonzalo sanchez

‘Calafate’: historia de una desmesura

De cómo un pueblo despojado de la Patagonia se transforma en destino turístico internacional y centro del poder, con inversiones millonarias que incluyen casinos, aeropuertos, restaurantes y todo tipo de industrias vinculadas al placer. Gonzalo Sánchez narra en “Calafate, el paraíso perdido de la década ganada” la trama íntima de esa transformación.

Serie. Con Calafate, Sánchez pone fin a su serie sobre la Patagonia, que empezó con los magnates (La Patagonia vendida, 2006), siguió con los aborígenes despojados, los mapuches (La Patagonia perdida,
| Leandro Sánchez

Calafate, el paraíso perdido de la década ganada, no es una nueva investigación periodística, ni una denuncia. Tampoco es un ensayo o un relato de viaje. O una distopía. Ni se ubica en la tradición de lo que Carpentier llamó real-maravilloso. Pero tiene un poco de todo eso, y ese caleidoscopio de géneros, o architextual, es una de sus virtudes: las piezas encajan, se ensamblan con precisión. “Se trata de una mezcla que es un poco mi mezcla”, me dice Gonzalo Sánchez, su autor, ex redactor de Noticias, Crítica, y actualmente editor de Clarín. Estamos en el subsuelo de un barcito de San Telmo, un lugar cuya escenografía pretende emular la intimidad de un living o un escritorio. De fondo se escucha un poco de jazz. “Es la mezcla de mis lecturas”, precisa Sánchez. “Yo no leo libros de investigación nada más. Incluso te diría que no leo libros de investigación. Leo literatura y leo noticias, crónicas. Entonces de ahí sale la voz que yo trato de encontrar”.

Entre rápidos sorbos de café me cuenta que Calafate es el libro con el que se cierra su serie de la Patagonia, que empezó con los magnates (La Patagonia vendida, 2006), siguió con los aborígenes despojados, los mapuches (La Patagonia perdida, 2011), “y termina ahora con la manera en que la elite política se repartió una parte de la Patagonia, que es la misma manera en que lo hizo la oligarquía de principios del siglo XX”. En ese sentido, Sánchez admite que el caso de los Kirchner no es el único caso de apropiación compulsiva de tierras en el sur, ya que prácticamente no hay un solo gobernador que no sea terrateniente en el lugar donde gobierna, pero “Calafate ha sido una desmesura”, afirma.
Se intentó hacer una nueva “Bariloche del sur”, pero el resultado fue una mezcla entre Anillaco, Macondo y Comala. Mucho antes del “Néstornauta”, construcción discursiva de Buenos Aires, en Calafate hubo un Néstor Páramo que le ha quitado tierras a un matarife (véase el caso Jacinto Gómez), o un Néstor Hyde que no ha tenido prurito alguno en cruzarle el auto a su denunciante, Alvaro de Lamadrid, quien ha sufrido persecuciones bizarras, a mitad de camino entre la distopía totalitaria y el realismo delirante: en el pueblo todos, hasta los conserjes, devenían, llegado el caso, en improvisados agentes de inteligencia que informaban sobre cada uno de sus movimientos, o que lo llamaban por teléfono para reproducirle la conversación que había tenido hacía poco en un bar.  

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Sánchez, cuyo único plan ha sido el viaje (“Sin el viaje no hay posibilidad de narrar para mí”, me dirá después), estuvo con él varias veces, y le ha tocado experimentar alguno de esos delirios. Hoy, después de varios años, le sigue costando entender cómo un hombre es capaz de poner en riesgo su pellejo, poniéndose en contra nada menos que al presidente, por una causa –reparto de tierras, tráfico de influencias– que no le concernía, por lo menos de manera directa. Quizás fue esta inquietud la que lo llevó a utilizar a Alvaro no sólo como fuente, sino además como personaje, recurso que también utiliza con los periodistas –Lanata, por ejemplo–, cuyo trabajo “ha trascendido lo meramente enunciativo”, dice, “y se han convertido en parte de la historia”.  
Pero la reconstrucción de la historia de Calafate incorpora también las voces de la gente del pueblo, a la que Sánchez le da casi el mismo status epistemológico que a las otras. Algunas son desopilantes. “En algún momento, si eras vecino de El Calafate vos sabías que te lo ibas a encontrar [a Néstor]”, dice por ejemplo un viejo guía turístico. “Eso se vivía con gracia. Era aceptado y celebrado por los vecinos, por todos nosotros, más allá de que sabíamos que se estaban quedando con toda la tierra”.
Sánchez se ríe –acabo de leerle el testimonio anterior– y me cuenta que a los pobres, a los inmigrantes, “también se les da tierra, pero allí donde no hay servicios, mientras a los amigos del poder le dan la tierra estratégica, y de forma súper expeditiva”.

En general, quienes llegaron al pueblo, en pleno boom inmobiliario, para trabajar en la construcción o el turismo (muchos de ellos desde Bolivia y Perú), terminaron formando un cordón de casas precarias y mendigando leña en invierno. Como en Bariloche en su momento, la matriz monoproductiva del turismo y el empleo público no creció tanto como la población activa, y nadie se ocupó de generar industrias de sector primario. “Pasaron diez años en los que este pueblo se vio beneficiado, pero todo ese tiempo no alcanzó para que este lugar se volviera autosustentable, sino para enriquecer a los elegidos”, dice uno de los entrevistados del libro.
De todos modos, en poco tiempo más, “¿quién hablará de Calafate?”, se pregunta Sánchez. “A menos que la Justicia avance y sea muy agresiva. Pero supongo que cuando cambien las prioridades en la Argentina también va a cambiar la prioridad sobre El Calafate. Hay que reconocer que somos muy injustos, todos. Cuando a los medios les empiecen a interesar los negocios del próximo presidente estos negocios van a pasar a un cuarto plano”.