martes 30 de noviembre de 2021
CULTURA Apuntes en viaje
11-07-2021 04:42
11-07-2021 04:42

Canciones

Esa canción es otra vez mi hermana y yo y mi primo Andrés bailando entre ellas, en ese spa improvisado otra vez abajo de la parra.

11-07-2021 04:42

Llueve después de varias semanas. Hay esa luz de las mañanas de lluvia, un poco fantasmal; o tal vez lo fantasmal es el tendedero con la ropa que colgué anoche cuando el cielo estaba despejado: las camisetas y las camisas con las mangas estiradas por el peso del agua, movidas apenas por un viento suave, sólo aire casi. Las baldosas rojas de la terraza brillan, las hojas de las plantas tienen un verde renacido. Ayer murió Raffaella Carrá. Desde Proust y su magdalena mojada en té siempre hablamos de los olores y los sabores que nos catapultan inmediatamente a la infancia. 

¿Y los sonidos? Según leo en internet todo eso se aloja en una parte del cerebro que se llama hipocampo como el caballito de mar. Cuestión que murió Raffaella y solamente el sonido de su nombre me trajo todas las canciones de la niñez, mi hermana y yo bailando abajo de la parra, cantando con cualquier objeto convertido en micrófono y revoleando la melena con movimientos que eran capaces de desnucarnos. Le sacábamos los cassettes y el grabador a mi hermano y los fines de semana, mientras mi madre estaba de guardia en el sanatorio (era enfermera) y mi padre en el fútbol y mi hermano con sus amigos adolescentes, nosotras gastábamos la cinta de los cassettes y los talones desnudos sobre el patio de cemento. La hermosa, rubia, sensual tanita de carré dorado era nuestra niñera, nuestra diosa, la lengua atravesada que alegraba los sábados y domingos eternos. Con uno de los cassettes venía un poster desplegable. De un lado una foto enorme de Raffaella y del otro una docena de fotos más pequeñas con diferentes poses de baile que nosotras copiábamos con esmero. Hace un rato una amiga me mandó un mensaje y me dijo veámonos pronto, bailemos Raffaella toda la noche. También Raffaella estuvo en todas nuestras fiestas y cumpleaños y reuniones: imágenes de un mundo que parece haberse extinguido hace décadas y no hace apenas dos años. La semana pasada también tuve otros de esos viajes. Un amigo me mandó un wathsapp con la versión de Julieta Laso de Cara de gitana, la canción tremenda de Daniel Magal: me puse a llorar. Esa canción es mis tías preparándose para el baile del sábado por la noche, las piernas llenas de jabón en una palangana y la máquina de afeitar abriendo surcos en la espuma; las pincitas delineando cejas; los baños de crema en el pelo, con una gorra de baño y al sol para que el mejunje se caliente y haga efecto. Esa canción es otra vez mi hermana y yo y mi primo Andrés bailando entre ellas, en ese spa improvisado otra vez abajo de la parra, la luz de la siesta colándose entre las hojas, las uvas pintonas brillando como lamparitas coloradas. A la noche yéndose arriba de sus tacos altos, dejando en el aire el perfume espeso y dulzón que, a la madrugada, cuando regresaran y se metieran en nuestras camas, estaría un poco vencido, mezclado al olor de cigarrillo y cerveza. Al mediodía siguiente, ojerosas y con jaqueca, nos contarían las cuitas nocturnas, los hombres con los que habían bailado, a los que habían rechazado por viejos o por feos, alguna pelea en el baño con una que le robó, hacía un tiempo, el novio a otra. Apenas despejadas pondrían la radio a todo trapo para escuchar otra vez las canciones de la noche, los mensajes que los oyentes dejan por teléfono. Puedo escucharlas todavía: las canciones interrumpidas por sus risas agudas, estridentes, medio de yegüitas, risas que así como empezaban se apagaban en la melancolía de la resaca.

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