jueves 08 de diciembre de 2022
CULTURA DE LA BURLA COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES

El inconfundible arte de la sátira

La historia de la caricatura, esa inquebrantable arma contra la solemnidad y la estupidez, encuentra en “Principios de la caricatura. Seguidos de un ensayo sobre la pintura cómica” (Editorial Katz) una exploración histórica y un estudio comparativo que ayuda a sopesar, en su justa medida, al arte que indagó como nadie el ilustre artista británico William Hogarth en el siglo XVIII.

09-06-2013 01:56

Cuando los historiadores del arte se interesan por alguna corriente estética, una forma artística, un modo de producir imágenes, ¿es porque éstas ya están muertas o, al menos, agonizantes? Esta pregunta podría contestarse si se lee atentamente la introducción de los investigadores José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski a Principios de la caricatura. Seguidos de un ensayo sobre la pintura cómica de Francis Grose (Katz Editores), en la cual se esboza una historia del género satírico visual hasta llegar a este libro publicado en Londres en 1788. Los especialistas tradujeron la edición francesa de 1802 y los textos en cuestión –los Principios y el Ensayo– no sólo se hallarían al final de la llamada “edad de oro” de la caricatura inglesa sino también del ciclo abierto por los pintores boloñeses Annibale, Ludovico y Agostino Carracci hacia el siglo XVI, a quienes se reconoce como los inventores de ese peculiar arte de “cargar” (caricare), como lo especifica Baldinucci en el Diccionario toscano del arte del dibujo (1681).

Los mismos Carracci, si atendemos a Burucúa y Kwiatkowski, empiezan con los “retratitos cargados” al final de otro ciclo iniciado en el Quattrocento y el Cinquecento con el ingreso de lo grotesco y cómico en la pintura renacentista a través de la convergencia del imaginario panteísta y diabólico de la Baja Edad Media y el universo pagano de la comedia antigua, las novelas de Petronio (el autor de El Satiricón) y Apuleyo y la poética de Aristóteles. Como no podía ser de otra manera, Leonardo figura entre los primeros (desde el 1491) en entretenerse dibujando retratos grotescos y humorísticos de campesinos deformes y amigos desprevenidos, en una época en que ya circulaban las irrespetuosas facezie o colecciones escritas de chistes. En 1582, el cardenal Gabriele Paleotti –arzobispo de Boloña– publica Discurso en torno a las imágenes sagradas y profanas y, entre otros asuntos del mundo temporal, se preocupa por las pinturas cómicas que sólo justifica con fines moralizadores o de esparcimiento. En el mismo año los Carracci fundan la Accademia del Naturale y más o menos por entonces Gian Paolo Lomazzo, teórico y pintor, funda en Milán una escuela con el propósito de retomar los garabatos burlones (y más: carnavalescos) de Leonardo y explorar las artes cómicas y los defectos humanos.

Burucúa y Kwiatkowski aducen que el cardenal Paleotti tiene en mente cuando escribe su Discorso la famosísima tela del boloñés Bartolomeo Passerotti de 1577, Allegra compagnia, donde se satiriza la lujuria (y también quizá a Pantagruel y Gargantúa de Rabelais que se publican con seudónimo entre 1532 y 1534), y más que seguro los cuadros de personajes grotescos en bodegones, mercados y cocinas del flamenco Pieter Aertsen (Escena de posada, de 1556, bordea la obscenidad) y de Vincenzo Campi cuyo Mangiaricotta es como la versión campesina y ligeramente menos brutal de la “alegre compañía” de Passerotti. De cualquier forma, esta pintura cómica (aunque hoy nos deja un poco fríos) está lejos de los trompe-l’œil, las ingeniosas y risueñas adivinanzas pictóricas y caricaturas de Annibale Carracci y su complacencia en comparar las fisonomías humanas con animales y diversos objetos de uso cotidiano que hizo escuela, o de las aguafuertes y grabados de Jacques Callot –artista de la corte de los Médici entre 1612 y 1621– que renovó los caramogi (dibujos de deformidades y posturas ridículas), como su colega, escenógrafo de Calderón de la Barca, el fino Baccio del Bianco.

Con todo, el arte de la caricatura no se perfecciona sino hasta la Guerra de los Treinta Años, durante la cual se usan imágenes satíricas (ya no con monstruos) para ridiculizar y burlarse del enemigo, pero en especial la caricatura política, usada hasta el hartazgo de ahí en más, no alcanza su cenit sino hasta la Inglaterra del siglo XVIII, cuando se editan en láminas sueltas y se consideran objetos de arte un poco menos caros que cuadros y estatuas. Esta es la época del genial William Hogarth, “padre de la caricatura inglesa”, del cómic y maestro de la sátira bufa, como todavía hoy descuella en los grabados Beer Street and Gin Lane publicados en 1751. Unos años después, en 1767, Political Register se convierte en la primera revista ilustrada con caricaturas. El libro de Grose, publicado en 1788, cierra ese gran ciclo de la imagen satírica. Claro que, como dicen Burucúa y Kwiatkowski, ya es un arte burgués de una “risa bajo control”.

En esta Nota