CULTURA
Apuntes en viaje

En la hora abismal

Una mañana de mucho calor me acerqué, la besé como siempre lo hacía al levantarme -y antes de tumbarme- y le pregunté por su hijo muerto. No tardó en rebelarse y cambiar de tema.

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En la hora abismal. | marta toledo

Tenía los pies diminutos, ensanchados en los frentes por prepotencia del juanete, en la porción anterior los callos zanjados a ambos lados teñían de amargura los talones. Las piernas a media asta, gobernadas las pantorrillas por ramitas venosas de tonalidades y grosores disímiles. Caderas anchas, los hombros flacos. Ostentaba una cabellera bien alimentada que con los años no había suspendido el crecimiento. Esa bocota fuera de lugar, desmesurada para un rostro delicado tallado con destreza. Su mirada era deslumbrante, profunda, hechicera. Si conseguías realmente detenerte en ella, o más que eso, penetrarla hasta el hueso, te dabas cuenta que todo cabía ahí, en ese instante.  

Adoraba verla cebar mate a los pies del lapacho rosado que escupía desde lo alto. Entregaba el mate y se miraba las manos, como si temiera haberse hecho daño. Debía tener la vejiga del tamaño de una sandía, porque jamás se excusaba para ir al baño. De vez en cuando observaba el cielo que cada vez era más claro.

(La puerta de madera de la entrada al rancho necesitaba una mano de pintura.)

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Las jornadas en el terrenito caminaban en cámara lenta. Mate, té, jugo de pomelo, torta frita, cocina a toda hora. Por momentos, sin forzarlo, encendíamos el inventario para que la charla fluyera. Los silencios abundaban. Por las noches en el cielo se veían muchas estrellas. El agua de la zanja jugueteaba junto al cerco espeso, las macetas con flores perseguían los reflejos de la noche.

Cuando volvía el día, luego de alimentar a los perros y a las gallinas, ella se sentaba en la mecedora descolada para quedar ahí, hundida en sus cavilaciones que abarcaban la oscuridad, el polvo, las cortinas bajas. Una mañana de mucho calor me acerqué, la besé como siempre lo hacía al levantarme -y antes de tumbarme- y le pregunté por su hijo muerto. No tardó en rebelarse y cambiar de tema. Se puso a hablar del tiempo. Nunca empleaba un tono de remordimiento defensivo. Esas trizaduras de la psique, el bienestar ligero. Toda la vida entera es una fucking mierda, pensé.

Mi estancia en la casa de Rosa se extendió por una semana. Desde entonces, hace ya unos diez años, no solo no volví a Oberá, jamás volví a ver a Rosa. De vez en cuando nos llamábamos, aunque no hiciera falta para tenerla presente. Aún hoy en ocasiones puedo imaginarla detenida en un cruce de caminos mientras los transportes de gran tonelaje pasan a un lado sin aminorar la velocidad, levantando polvaredas que a ella no la tocan. O ubicarla ahí en el terrenito, en la hora abismal, hablando con los animales y las plantas, supurando melancolía. Hubiera querido enmendar los años de ausencia. Eso sí. (Tras pensarlo, se erizan los pelos del espinazo.)

Rosa fue una segunda madre para mí. Entró a la casa familiar para trabajar cuando yo tenía 5 años; se despidió cuando cumplí los 20, al día siguiente del festejo. No quería arruinar la celebración, me confesó tiempo después. Dejó Buenos Aires y volvió a Misiones, al terrenito comprado por su padre y que ella había abandonado décadas atrás para instalarse en la ciudad grande y ganarse el almuerzo como empleada doméstica de una familia burguesa. Se alejó perentoriamente, asegurándole a mi mamá que la amistad seguiría incólume.

Rosa murió de cáncer hace exactamente un mes. Tenía 69 años..