jueves 05 de agosto de 2021
CULTURA Helenístico
06-07-2021 10:22

Filosofía en 3 minutos: Plotino

Las "Enéadas" fue la obra más relevante del fundador del neoplatonismo.

06-07-2021 10:22

La historia de la filosofía occidental, y durante varios siglos, es inseparable de la religión y la teología cristiana. Desde luego, a muchos esto puede resultarle indiferente o un tema erudito que en nada compromete a la fe religiosa, pero sucede que esta misma, desde un punto de vista histórico, resulta inconcebible e impensable sin el diálogo de los cristianos con la filosofía griega entre el siglo I y IV. En primer lugar, porque el cristianismo se helenizó tempranamente al difundirse, dentro del Imperio Romano, en un mundo bajo dominio de la lengua y la cultura griega. Los judíos, en la época de San Pablo, ya estaban helenizados, tanto los de la diáspora como los de Palestina. Sin ir más lejos, la nueva secta judía, llamada de los christianoi, apareció en la ciudad griega de Antioquía, en un ambiente helenizado. En segundo término, la teología cristiana no habría sido posible sin el viraje que da la filosofía griega, hacia el siglo I, de la ética a la religión, fortaleciendo de ese modo los componentes teológicos de las escuelas tradicionales. 

El neoplatonismo de Plotino (circa 205-270) se considera el principal eslabón que articula la filosofía griega y el cristianismo, si bien no ha sido el único filósofo en influir sobre el pensamiento cristiano de los primeros siglos. En los tiempos del emperador Cómodo, Plotino se formó en Alejandría con el neoplatónico Ammonio Sakkas, con quien también estudió el eminente teólogo cristiano Orígenes luego de recibir lecciones de Clemente de Alejandría, miembro de la ekklesia cristiana y autor de libros donde relaciona a la filosofía griega (en particular, el estoicismo) con el cristianismo. A su vez, también el neopitagórico Moderato de Gades y el pitagórico neoplatónico Numenio de Apamea, cuyo pensamiento trata ya de una “Trinidad” teológica, influyeron sobre Plotino. Hay que señalar que se registran elementos del neopitagorismo, fundado en el siglo I a.C., en el catecismo cristiano más antiguo, Doctrina de los doce apóstoles. En la obra de San Justino (siglo II), por otra parte, uno de los apologistas originarios del cristianismo, se menciona a Platón y Sócrates y se compara a este con Cristo, a quien define como el Logos estoico (causa divina del mundo) encarnado en forma humana, según afirma el Evangelio de San Juan. 

Plotino nació en la ciudad de Licópolis, en la ribera del Nilo, mientras comenzaba a expandirse el segundo período de la apologética griega del cristianismo en torno a Alejandría, Cesarea (hoy costa mediterránea de Israel) y Antioquía. Sin embargo, por su nombre latino se estima que también pudo nacer en la parte occidental del Imperio Romano como hijo una familia romana de clase alta después radicada en Egipto. No hay certezas sobre esto último y tampoco acerca de lo primero. Las referencias de su vida se deben a Porfirio, su discípulo más célebre, quien se ocupó de compilar y publicar póstumamente sus obras completas, las Enéadas, y que también escribió una Vida de Plotino. Los contemporáneos lo tomaban por egipcio a causa de su piel oscura y a su pronunciado acento, pero Porfirio relata que nunca dio a conocer su fecha ni lugar de nacimiento a fin de evitar que los astrólogos (en los que no creía) confundieran a sus discípulos respecto de sus enseñanzas. Según su biógrafo, pese a la belleza de su rostro, su apariencia era en extremo austera y era vegetariano, célibe y abstemio y despreciaba las imágenes artísticas, porque entendía que eran meras copias degradadas de las Ideas. De ahí su rechazo a que lo retrataran. 

Plotino vivió en una época de decadencia de la civilización grecorromana. El período del 235 al 268 del Imperio Romano es conocido como “la gran anarquía” producida a continuación del fin del régimen militar de los Severinos (193-235). Las fronteras estaban asediadas por germanos y persas, y la amenaza de una invasión de los bárbaros parecía inminente. El Estado imperial se encontraba en bancarrota y acrecentaba los impuestos, mientras de desarrollaban conspiraciones y luchas palaciegas, asesinatos de senadores e insurrecciones de las legiones. La falta de autoridad estable llevó que varias provincias occidentales y orientales se escindieran para formar el Imperio galo y el Imperio de Palmira, con el fin enfrentar con sus propios medios los ataques exteriores. Los campos de cultivo no daban abasto, había hambruna y sucesivas olas de peste devastaban Roma y sus dominios imperiales. De hecho, Plotino murió de una enfermedad parecida a la lepra (o sencillamente era lepra, no se sabe) a los 66 años. Muy enfermo, se retiró a morir a la Campania, a la finca de un amigo.

Se sabe que Plotino, a los 28 años, abandonó sus ocupaciones y la residencia familiar y se trasladó Alejandría para escuchar a los filósofos. Conoció allí las escuelas de filosofía griega ya orientadas hacia la teología, la gnosis (un sincretismo de neoplatonismo, neopitagorismo, cristianismo y creencias orientales esotéricas y mágicas), el pensamiento religioso judeo-alejandrino que se había difundido en la región oriental del imperio desde los trabajos de Filón de Alejandría en el siglo I– un filósofo estoico-platónico de origen judío, maestro de Numenio de Apamea, en cuya doctrina el Dios bíblico crea el universo por medio del Logos, lo cual tuvo un enorme interés para la teología cristiana–, y finalmente el neoplatonismo de Sakkas, el cual consistía en una convergencia de las metafísicas de Platón y Aristóteles. Lo único que se conoce de su filosofía es la teoría de la unión inconfusa, en la que el alma se compenetra íntimamente con el cuerpo como su proyección atenuada, sin dejar de trascenderlo y reteniendo, a la vez, su naturaleza incorpórea.    

Después de once años como discípulo de Sakkas, Plotino abandonó la escuela para conocer los misterios de los persas e indios y se unió a la expedición del emperador Gordiano III contra Persia en el 242. No se sumó como soldado sino a la corte del emperador, seguramente gracias a sus relaciones en Alejandría, pero no llegó ni a Persia ni a la India. Se dirigió entonces a Roma, donde abrió su propia escuela en el 246, financiada al poco tiempo por el coemperador Galieno, desde el momento que el gobierno imperial se dividió para combatir a los persas y germanos. Las clases de Plotino, impartidas en griego, eran de entrada libre y asistían a ellas personas de todas las clases sociales, tanto cristianos como gnósticos, miembros de las escuelas filosóficas griegas y senadores, además de la esposa de Galieno. Muchos padres y tutores le confiaron niños y huérfanos, ya que su escuela era un sitio seguro en medio del caos. Plotino administraba sus bienes, y muchas veces de hijos de nobles asesinados o víctimas de la peste.

Según aparece en la biografía de Porfirio, en Plotino se consolidó un nuevo tipo de filósofo de carácter místico y asceta. Su pensamiento rompió con el platonismo en exceso formalizado que se transmitía en Alejandría y Atenas y, en esa medida, se aproximaba a los cristianos que criticaban a Platón porque no había profundizado lo suficiente, de acuerdo a Porfirio, en la “Esencia inteligible”. No obstante, para Plotino, quien como otros neoplatónicos aspiraba a un acceso directo a la divinidad, el cristianismo se equivocaba respecto del advenimiento de un mesías o de la creación del mundo a partir de la nada. Por eso se apoyó en el neopitagorismo que afirmaba la posibilidad humana de alcanzar lo divino. Además, creía que en las religiones de Oriente se expresaba un problema que era nuevo, desde el giro teológico de la época helenística, en la filosofía griega: el del origen del alma individual en el Uno – el principio primero y supremo, en una palabra, Dios – y del retorno a éste. En suma, ya no se trata de la participación de lo inteligible en lo sensible, como en la doctrina platónica de las Ideas, sino de cómo lo participado (lo inteligible, el Uno) ha originado lo participante (lo sensible) y, luego, más importante todavía, de la peripecia de un regreso de este último al primero (el Uno) en un éxtasis o iluminación que, según Porfirio, Plotino experimentó cuatro veces.

El neoplatonismo plotiniano se encuentra enteramente en las Enéadas. Respondiendo a la solicitud de su maestro, Porfirio ordenó 54 tratados por tema y cronológicamente siguiendo el criterio de lo simple a lo más complejo (y oscuro, dicho sea de paso) y de lo más breve a lo más extenso. La obra de Plotino se titula Enéadas (ennéa en griego significa nueve), porque Porfirio los separó en seis grupos para encontrar el producto del número perfecto, 6, por el número 9 (54 dividido por 6). De manera que las secciones se dividen en (I) lo bello, ética y felicidad, (II) mundo sensible, (III) libertad y temporalidad, (IV) el Alma, (V) la Inteligencia y (VI) el Uno. Las Enéadas no se inscriben estrictamente en la filosofía griega clásica ni tampoco con la religión en sentido cristiano, pero su contenido la prefigura en mucho. Plotino tiene un sentimiento místico de índole monoteísta y lo fundamenta en una colosal estructura teológica. En cierto modo, es el canto del cisne del pensamiento griego antes que el cristianismo se imponga y lo haga suyo por completo. 

Invirtiendo el esquema de Porfirio, puede decirse que Plotino denomina emanación o procesión (próodos) al modo intemporal en que se constituye la existencia de la totalidad del cosmos y de lo real en cuanto emana o fluye desde el Uno –supraontológico e incausado, intangible e invisible, tanto trascendente como inmanente al mundo– con el que está implicado o plegado. No es una creación del universo a partir de la nada, como en el Dios bíblico, porque la emanación del Uno (él mismo anterior a la eternidad, denominado a veces “el Padre” por Plotino) se realiza eternamente. Nunca ha comenzado y, por lo tanto, nunca finalizará. El Uno plotiniano combina la Idea de Bien de Platón, de la que irradian todas las cosas, y el motor inmóvil de Aristóteles, al que ellas tienden como a su finalidad última. Dicho de otro modo, el universo se conforma de un doble movimiento circular de descenso y ascenso hacia el Uno y desde él, como un principio del que brota un manantial sin fin que está en todas partes y en ninguna. El Uno, en cuanto ultra-ser, no es cognoscible, por lo que ninguna predicación le conviene. En ello está el origen de la teología negativa o mística que circulará extensamente por la Edad Media.

El movimiento eterno del universo transcurre, en degradación, entre dos polos. Por un lado, el Uno –el Bien superior al ser, a lo real y a toda vida–, por el otro, en el extremo inferior de la emanación, su residuo, la materia oscura, “el Mal”, según Plotino. El proceso se da a través de las llamadas “hipostásis” (del griego hypotassis: literalmente “detenido debajo”) a partir de la primera, el Uno. Este genera por su propia exuberancia la segunda hipóstasis, el Logos, Intelecto o Nous, el cual se conoce a sí mismo pero no el Uno. Las Ideas integran una unidad con el Intelecto, que se reconoce como tal al descubrirlas. La tercera hipóstasis provocada por la anterior es el Alma del Mundo que se relaciona con todo lo que existe, transfiere lo inteligible a lo sensible y vincula a este con el Uno. El Alma se desdobla en una parte superior sujeta a la eternidad y en otra inferior que produce los entes sensibles, entre ellos el espacio y el tiempo, por medio de los lógoi de los estoicos. El alma individual (la psiché humana) logra ascender hacia el Uno y alcanza el éxtasis, la fusión con lo divino, por un acto de conversión (epistrophé) hacia el lado eterno del Alma del Mundo, sólo si se libera de las pasiones, del yo y de los apetitos irracionales del cuerpo. 

En realidad, en Plotino hay una triple teología convergente: una negativa, otra trascendente y otra inmanente. Como teología negativa, el Uno no es ninguna de las cosas ni cosa alguna, ya que se encuentra más allá del ser, inefable, en consecuencia, incluye una teología trascendente por la superioridad absoluta con respecto al ser y los entes, y a causa de su emanación cósmica en descenso y continua a través de las tres hipostásis encierra una teología inmanente, porque el Uno es, de fondo, todas las cosas. La confluencia de estas tres teologías hace que el Uno emane por doquier produciendo el mundo entero sin confundirse con este y sin perder trascendencia. En otras palabras, por intermedio del Intelecto o Logos – un “Dios segundo” para Plotino –  rebasado por la potencia del Uno proviene la multiplicidad de las Ideas (el Intelecto disgrega lo que recibe al tratar de contenerlo), y del Alma del Mundo, una vez vuelta hacia su origen (epistrophé), contemplándose a sí misma, procede el Alma inferior – una suerte de enajenación de la superior – que da forma a la exterioridad y genera el mundo sensible como un nivel intermedio entre el espiritual y el material, al que Plotino denomina physis, una “naturaleza” poblada de almas individuales en conexión con las Ideas del Intelecto transformadas en lógoi, que funcionan como duplicados débiles de aquellas. 

Plotino afirma que el Intelecto o Logos permite el despliegue del ser porque es también el eros (el amor) del Alma. El mundo sensible, de este modo, resulta una cuasi realidad en la medida que llega hasta él la emanación de la espiritualidad del Logos heredada del Alma inferior. La materia indica el colapso de ese manantial de luz y, por consiguiente, el “mal” o las tinieblas, un vapor residual, la pura exterioridad que meramente refleja su impotencia y que ya no puede ordenar. El Alma del Mundo, antes de originar el plano sensible al desdoblarse, alberga en ella las almas individuales (imágenes degradadas de las Ideas), todavía afuera de la materia, como diversos puntos de vista sobre sí misma. El cuerpo material se obtiene luego en la naturaleza, apartado de ella por el descenso del alma individual que lo hace suyo. Las almas caídas en el grado inferior de la emanación divina, sumergidas en parte en lo sensible, se dotan de pasiones y se extravían, lo cual no es más que el precio de su encarnación. 

El alma encarnada en un cuerpo orgánico, o en los distintos cuerpos en que reencarna, es eterna y siempre eternamente involucrada en las tres hipóstasis, en cuanto es un reflejo empobrecido de las Ideas. La desgracia del alma individual consiste en su descenso al mundo sensible, si bien por ella sabe de aquello que le impide retornar al Uno. Para conseguir esto, el alma debe ascender hacia su cima, el Logos, a fin de conocerse a sí misma en una visión intemporal e iluminadora. La condición de este despertar a la verdadera realidad es la ascesis (áskesis), la suspensión de las emociones, sensaciones y acciones, no más (o poco más) que ilusiones. El alma contempla, en éxtasis, de esta manera lo que hay en ella de divino y eterno. Se trata, en primera instancia, de escapar de la Providencia que regula lo que sucede en el mundo como una fatalidad que asigna los destinos de las almas encarnadas según lo vivido en vidas pasadas. La fusión con el Uno exige un acto contemplativo del yo que lo despoje de lo espacio-temporal y de sí mismo. Sólo así alcanza su libertad y la posibilidad de reencarnaciones cada vez más superiores.

Lo dicho: el neoplatonismo de Plotino, que se extiende a sus discípulos más destacados (Porfirio, Jámblico y Proclo), ha influido notablemente en el cristianismo. En el siglo IV, el obispo de Milán, San Ambrosio, pronunciaba sus homilías inspirado en el neoplatonismo (sobre todo, en Plotino), en el platonismo, en Aristóteles y el estoicismo de Cicerón. En el 384, todavía como maniqueo, Agustín de Hipona (después San Agustín, uno de los fundamentales teólogos cristianos), llegó a Milán para enseñar retórica y conoció al obispo, quien le dio a leer algunos textos de Plotino traducidos al latín, los cuales le revelaron que el Logos neoplatónico y el Logos cristiano eran lo mismo. En el 387 Agustín se convirtió al cristianismo. En definitiva, la orientación mucho no ha cambiado en la teología cristiana. En Introducción al cristianismo publicado en 1968, el por entonces cardenal Joseph Ratzinger, profesor de la universidad de Tubinga y Ratisbona, escribe: “La fe cristiana es ante todo una opción por el primado del Logos y en contra de la pura materia. Cuando decimos ‘creo que Dios existe’ afirmamos también que el Logos, es decir, la idea, la libertad y el amor no sólo están al final sino también al principio; que él es poder que abarca y da origen a todo ser”.       

 

 

*Doctor en filosofía, escritor y periodista
Borges y el anillo del ser (Editorial Verbum) es su último libro
@riosrubenh
Blog: https://riosrubenh.wixsite.com/rubenhriosblog