CULTURA

Herencia y destino

Lugones (h), Borges, Mirta Arlt, Enrique Lynch, Elvio Gandolfo, Angélica Gorodischer, Mauro Libertella y otros componen una genealogía donde el padre o la madre escritora se convierten en cómplices, rivales o fantasmas a los que se conjura o invoca a través de la escritura.

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Sigmund Freud llamó novela familiar a la forma en que el sujeto interpreta la relación entre el padre y la madre y al modo en que inscribe su historia en esa trama. Un relato que tiene lugar en el consultorio del analista, pero que también puede ser un tema de la literatura. Del diván a la mesa de trabajo, y de la versión oral a la escritura no hay estrictamente un paso sino más bien un salto, una reelaboración que para los escritores suele cargarse con mayores determinaciones cuando ese padre, o esa madre, es a su vez un escritor, o una escritora.

Un padre escritor puede posibilitar la obra de su hijo y también convertirse en un obstáculo, el protagonista de un drama del que es preciso encontrar una salida. El hijo escritor corre el riesgo de quedar reducido al papel de albacea cuando el nombre del padre es un nombre de autor tan fuerte como los de Leopoldo Lugones y Roberto Arlt, o es capaz de proyectarse como el creador de sus propios padres escritores, cuando los antecesores no son tan conocidos. La herencia, en cualquier caso, es una construcción, una búsqueda de sentido que atraviesa los textos.

Jorge Guillermo Borges (1874-1938) aporta un caso testigo: traductor del Rubáiyát de Omar Khayyám y El cantar de los cantares y autor de la novela El caudillo (1921) y del estudio filosófico La senda, escrito en 1917 y publicado recién en 2015, debe la posteridad a su célebre hijo, Jorge Luis Borges (1899-1986).

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“Yo era todavía un chico pero sentía que mi destino era un destino literario. Mi padre siempre había deseado ser un hombre de letras y lo fue de manera parcial. Y como mi padre había querido ser un escritor, quedó más o menos sobreentendido que yo debía cumplir ese destino”, escribió Borges en Ensayo autobiográfico. La literatura se representó así como herencia y destino: “Borges debe escribir por el padre y en su nombre. Escribir por el padre, esto es, en lugar de él, pero también gracias a él, a lo que le ha legado”, según la interpretación de Ricardo Piglia en su ensayo Ideología y ficción en Borges, bibliografía obligatoria en los programas académicos.

Ese legado estuvo conformado por la biblioteca paterna –“la ilimitada biblioteca de libros ingleses”, “el acontecimiento principal de mi vida”– y por amistades decisivas para la propia literatura, como Macedonio Fernández y Evaristo Carriego. “Mi padre nunca interfirió con mis trabajos –recordó Borges–. Quería que yo cometiera todos mis propios errores, y una vez me dijo: ‘Los hijos educan a los padres, y no al revés’”. El pase de la literatura de padre a hijo quedó registrado en un episodio de infancia: “Cuando tenía más o menos nueve años traduje El príncipe feliz de Oscar Wilde, y fue publicado en el diario El País. Como la traducción estaba firmada por Jorge Borges, la gente supuso que era obra de mi padre”.

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Jorge Luis Borges se refiere a su padre escritor en Un ensayo autobiográfico.

Lazos de escritura. Leopoldo Lugones (1874-1938) le transmitió el nombre a su hijo y también la inclinación por la literatura. Pero el vástago del poeta no es recordado por haber dejado una obra, sino por su prédica xenófoba en la prensa nacionalista de los años 20 y los abusos que cometió como funcionario policial durante la dictadura de José Félix Uriburu, en los que según la memoria popular sistematizó el uso de la picana eléctrica en el interrogatorio de detenidos. Una exasperación, en cierto sentido, de “la hora de la espada” que había anunciado su padre en alusión al golpe contra Hipólito Yrigoyen.

Roberto Arlt (1900-1942) no hablaba de literatura en el hogar familiar ni estimulaba a su hija para escribir. Sin embargo, Mirta Arlt (1923-2014) fue profesora de literatura inglesa y norteamericana, periodista y también escritora. Como Lugones hijo, custodió los textos de su padre, fue su exégeta al prologar varias reediciones y en el ensayo Para leer a Roberto Arlt, y compiladora de sus cuentos junto con Omar Borré. La liberación al dominio público de la obra de Arlt la dejó sin derechos y no vio con agrado las exhumaciones de aguafuertes y relatos que habían escapado a su control.

La mayor parte de los escritores no tiene padres escritores, no es algo que se transmita, no se hereda ni se contagia –dice el sociólogo y ensayista Christian Ferrer–. Uno puede hablar de cimas o de ambientes que favorecen tal cosa, pero la neurosis familiar no se resuelve necesariamente con la misma vocación o con la misma habilidad. Lo que sí es claro es que hay casos donde hay cierta imposibilidad de no ver el vínculo familiar”.

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Mirta Arlt, profesora de literatura inglesa, escribió el ensayo Para leer a Roberto Arlt.

Uno de esos casos es el de Jorge Barón Biza (1942-2001), que Ferrer abordó en el libro dedicado a su padre, Barón Biza, el inmoralista. “Antes de conocerlo personalmente, yo venía juntando material y él se conectó conmigo por un artículo que publiqué en la revista La Caja. Le interesaba en cierta forma que se hiciera justicia con la obra del padre, no que se la alabara o se la elogiara, sino colocarla en algún lugar. A él le impresionaba el silencio sobre la obra de su padre”, recuerda el sociólogo.

Raúl Barón Biza (1899-1964) publicó libros de títulos retumbantes como El derecho de matar (1933) y Todo estaba sucio (1963), y cultivó un perfil de escritor maldito que terminó con la escena en que arrojó un vaso de ácido sulfúrico a la cara de su esposa, Clotilde Sabattini, después de lo cual se suicidó. “A veces, cuando se desploman, ciertos alpinistas arrastran consigo a los compañeros de cuerda a quienes lideraban”, escribe Ferrer en su ensayo, en alusión a los posteriores suicidios de Sabattini, Jorge Barón Biza y su hermana María Cristina Barón Biza.

Lejos de lo confesional, en El desierto y su semilla (1998), Jorge Barón Biza reelaboró el drama familiar y escribió una de las grandes novelas de la literatura argentina contemporánea. “No cualquiera huye fácilmente de la escena familiar, y aun así no es sencillo tampoco que la huida sea exitosa. El se planteaba a sí mismo, cuando publicó la novela, hacer una obra literaria, que no fuera juzgada por el contexto sino por su estética”, destaca Ferrer.

Del pasado al presente. Angélica Gorodischer (1928) es hija de Angélica de Arcal (1892-1975), poeta y ensayista que en su último período de vida dejó de escribir y se dedicó a la meditación y a las religiones orientales. En Historia de mi madre (2000), la escritora rosarina se propuso registrar una memoria familiar –o de las mujeres de su familia– centrada en su figura más importante, la madre.

El libro no fue un ajuste de cuentas, sino un intento de reconciliación. Gorodischer evocó a su madre mientras le contaba cuentos, siendo ella muy pequeña, lo que fue uno de sus primeros estímulos para escribir, y en su verdadera vocación, la pintura al óleo, frustrada después que un salón rechazara una de sus obras.

En la casa familiar, Angélica de Arcal no tenía el cuarto propio que exigió Virginia Woolf y su recuerdo tenía un sabor agridulce: “Hay una especie de revancha abstracta que no nos sirve para nada, ni a ella ni a mí –escribió Gorodischer–. Es decir, algo como un equilibrio: eso que en ella no pudo ser termina por ser en mí. Sí, pero y qué. Tiene que haber sufrido mucho y es algo que (me) duele particularmente, en donde siento que ni la revancha ni el equilibrio tienen sentido”.

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Registro. Angélica Gorodischer, hija de la poeta Angélica de Arcal.

Francisco Gandolfo (1921-2007) habría suscripto la frase de Jorge Guillermo Borges sobre los hijos como formadores de los padres, en particular en relación con su hijo mayor, Elvio E. Gandolfo (1947). “Yo tenía la ventaja de que Elvio ya mostraba en la adolescencia su capacidad literaria. Había muchas cosas que yo no podía leer y con Elvio se me facilitaba la cosa –recordó en una entrevista–. El compraba todo y decía, por ejemplo: ‘Esto no vale la pena que lo lea’. Para que no perdiera tiempo”.

Francisco Gandolfo ya entreveía esa posibilidad en una carta del 2 de abril de 1967 al escritor santafesino Jorge Vázquez Rossi: “Tengo la ventaja de que mi hijo mayor, de 19 años, es un entusiasta de la literatura y me mantiene al día con las novedades. Ha empezado a escribir y creo que va a salir bueno”. A su vez, Elvio Gandolfo recordó el período en que ambos dirigieron la revista El Lagrimal Trifurca y trabajaron en la imprenta familiar en Filial, un cuento de Cuando Lidia vivía se quería morir: “A diferencia de tanto padre e hijo, leímos, o más bien descubrimos más o menos los mismos libros en la misma época y por lo tanto, en cuanto padre e hijo, en edades tan distintas”.

La literatura era central en el hogar donde creció Enrique Lynch (1948), hijo de Marta Lynch (1925-1985) y sobrino nieto de Benito Lynch (1885-1951). “Fui un lector precoz y compulsivo; y todavía hoy, que ya soy un viejo, leer me produce un placer incomparable. El hábito de la lectura no se aprende ni se enseña. Un día lo descubres y ya no puedes desprenderte de él. ¿Qué lo mueve? La fantasía –supongo– y sobre todo la curiosidad. Mi madre enseguida reconoció en mí esa inclinación e hizo lo que estaba en su mano para estimularla”, recuerda el escritor desde Barcelona, donde se radicó en 1976 y desarrolla su obra como filósofo y ensayista.

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Tiempo presente. Dos títulos recientes que evocan figuras paternas.

Lynch no llegó a tratar a su tío abuelo, que murió cuando él tenía 3 años. “Mi padre solía citar muchas anécdotas de Benito, sobre todo si se trataba de alguna de sus extravagancias; lo que no es extraño, porque eran muy simpáticas. Los hermanos Lynch de la generación de Benito eran gente bastante curiosa y, por lo demás, en casa la extravagancia configuraba una especie de orgullo de familia que cultivábamos en secreto”, relata. Los libros estaban a mano en la biblioteca familiar, y “el título de una de sus novelas, Los caranchos de la Florida, servía para ejemplificar las rencillas intrafamiliares, sobre todo cuando eran irreconciliables”.

Las historias de padres escritores también pueden leerse en la literatura argentina, como en La médium, donde Lucas Soares (1978) evoca a su padre, el periodista y escritor Norberto Soares (1944-1999), y en uno de los grandes relatos de la década, Mi libro enterrado, de Mauro Libertella (1983).

En Mi libro enterrado, Libertella relata la muerte de su padre, Héctor Libertella (1945-2006), y reconstruye episodios de su iniciación literaria en una familia donde la madre también es escritora. Una cita del padre –“etimológicamente, Libertella quiere decir libro para la tierra”– se convierte en cifra y en revelación: “Desde su muerte, entonces, el apellido Libertella vuelve a cero. Yo tendré que encontrar el modo de inventarle de nuevo un origen, un relato, para así regar todos los días, a mi modo, el libro para la tierra”.

Enrique Lynch dice que no consiguió educar a sus padres, como pretendía Jorge Guillermo Borges: “Por el contrario, fui sólida y estrictamente educado por ellos. Marcado por ellos. Más que reescribir su historia, he tratado de no repetirla”. No se trata ya de la historia del padre que llega del pasado, escribe Mauro Libertella, sino del momento en que “aparece la voz del hijo en el presente”. En ese punto hay literatura, y suele ser extraordinaria.