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CULTURA / PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2018/2019
domingo 13 octubre, 2019

La casa esta en orden

Luego del escándalo desatado el año pasado, la Academia Sueca hizo lo mejor que podría haber hecho: reconocer la calidad literaria. La polaca Olga Tokarczuk y el austríaco Peter Handke se hicieron acreedores de los premios correspondientes a 2018 y 2019. El Premio Nobel de Literatura recupera de este modo el prestigio perdido.

por Omar Genovese

La polaca Olga Tokarczuk y el austríaco Peter Handke se hicieron acreedores de los premios correspondientes a 2018 y 2019 que otorga la Academia Sueca. Luego de escándalos e interrupciones, la vuelta de la calidad literaria como único fundamento. Foto: cedoc
domingo 13 octubre, 2019

Jueves 10 de octubre, 7 de la mañana argentina, y un enjuto funcionario de la Academia Sueca anuncia a los dos ganadores del Nobel de Literatura. Acto seguido hace ingresar a la sala de conferencias a cinco miembros del comité. El primero en hablar es Anders Olsson, y a los casi veinte minutos cede la palabra a tres de los nuevos miembros –de izquierda a derecha–, que dicen algo respecto al premio. El último, notablemente nervioso y saltando en su lugar, ya molesto, agrega una banalidad para salir del paso. Es Henrik Petersen, que sintetiza el humor de ese comité que por primera vez se expone a las cámaras, en una clara posición de transparencia, a la manera de propagar al menos una imagen luego de semejante escándalo en torno al premio. Petersen transmite con su actitud lo que nadie quiere decir: “Al fin nos sacamos este muerto de encima.”

En el pasado reciente quedan Sara Danius, secretaria permanente en su último anuncio de 2017. El 18 veces denunciado como abusador y traficante de influencias Jean-Claude Arnault, marido de la académica Katarina Frostenson. Y cierto grupo de ex académicos ya exógenos al premio, a la vez que ruines en un círculo donde todos publican libros sobre las causas del escándalo. Como para sepultarlos en vida, de ahí que la metáfora del muerto no es fortuita, el premio Nobel de Literatura 2018 se otorgó a Olga Tokarczuk y el 2019 a Peter Handke. Una polaca nacida en 1962 cuya obra comienza a publicarse luego de la caída del Muro de Berlín, y un austríaco de 1942, cuya producción se desarrolló en Alemania Occidental, de la mano de un grupo de intelectuales hasta hoy sin reconocimiento formal: el nuevo cine alemán.

Este premio, doblemente central hacia Europa, doblemente generacional porque confluyen en él los lectores/espectadores de Handke como sus narradores paralelos bajo la influencia de un nuevo territorio: el de los nacionalismos opacos, tan peligrosos como promotores de los peores desprecios sociales. Con este movimiento de pinzas, desde lo ideológico y desde la relevancia literaria (su base teórica), la Academia Sueca muestra una sutileza tan transgresora como inteligente. ¿Así que quieren hacer leña del árbol caído? Cuidado, el árbol que se cae es Europa, y el Brexit es el hacha más peligrosa para el futuro de la cultura europea: aquí tienen dos autores que no están en las vidrieras de Europa pero señalan claramente a dónde vamos si nos dejamos llevar por la ciega codicia de los ignorantes.

También se trata de un salto por encima de la vara del Mee Too, de las centralidades editoriales dominantes en el siglo XXI, del tráfico de derechos y contenidos como enlatados listos para series: la cultura, como tal, nunca será territorio del monocultivo ideológico ni dominio exclusivo de la sed corporativa. Este “plantar bandera” sueco en la elección de dos marginales para el premio (pero no por ello menos criteriosos en la definición de sus literaturas) es también la vindicación de dos generaciones, dos formas de la esperanza hacia el futuro, que de alguna manera fueron acalladas por la globalización económica, la primera, y por la de la información, la segunda: mayo del 68 y noviembre del 89. Veinte años que cambiaron el mundo para siempre, veinte años a los que siguieron variadas ignominias y un indudable embrutecimiento explícito. Con este gesto los suecos han puesto la casa en orden, colocaron una nueva línea de partida y el espejo enfrentando a la multitud: aquí está la deuda, aquí el verdadero problema, y que tal vez nos llevó a nuestra decadencia. Por qué no, también autocrítica feroz. Saldado el estado de esta falta de estado, de lo amorfo de lo europeo como actual, sigamos el orden de los premios recientes.

2018. Olga Tokarczuk ganó el Man Brooker de ese año con su novela en inglés Flights (nótese su editor en esa lengua: Fitzcarraldo Editions, todo un gesto cinematográfico) y el crítico y escritor Edmundo Paz Soldán (La Tercera, junio 2018), describe con lucidez cuál es la materia de su novela: “Tokarczuk llama apropiadamente a su novela una ‘constelación’. La narradora está constantemente en movimiento –la forma es, literalmente, el fondo–, reuniendo historias, aforismos, observaciones, anécdotas, todo lo que llama la atención a un espíritu inquieto, en viaje constante: ‘Está claro que no he heredado el gen que hace que cuando estés en algún lugar quieras echar raíces… Mi energía deriva del movimiento –el estremecimiento de los autobuses, el estruendo de los aviones, el balanceo de los trenes y los transbordadores’. Sus digresiones, dispersiones y bifurcaciones continuas se conectan temáticamente, a través de la idea del viaje, tanto al exterior –el de los viajeros y migrantes de hoy– como al interior –la exploración de nuestra anatomía.(…) Tokarczuk dedica páginas brillantes a conferencias que se llevan a cabo en aeropuertos, sectas dedicadas a no quedarse quietas en ninguna parte (‘el que se detenga será clavado como un insecto’), gabinetes de curiosidades que reúnen todo aquello que es ‘raro, único, extraño, monstruoso’; Flights es también un gabinete de curiosidades, en el que la autora se interesa por todo aquello que se aparta de la norma”.

Este enciclopedismo iridiscente, especie de maqueta para derivas imaginarias, también tiene ejemplo en su tercera novela. Así lo hace notar la Academia Sueca en su nota biográfica (nótese el cuidadoso nivel crítico de la observación, pocas veces visto en la difusión del premio): “Olga Tokarczuk está inspirada en mapas y una perspectiva desde arriba, que tiende a hacer de su microcosmos un espejo del macrocosmos. Como se afirma en su tercera novela: ‘Primeval es una aldea en medio del universo’. Del mismo modo, el mito y la realidad están íntimamente conectados en House of Day, House of Night, donde los hongos y el vino hecho de rosas silvestres son tratados con la misma atención que la leyenda del mártir St. Kummernis. La migración y la expulsión han marcado el paisaje de Silesia que establece el escenario. El lugar parece ser el protagonista de la historia, entrelazando la multitud de fragmentos narrados en un rico y épico fresco”. Esta valoración netamente literaria, reitero, supera en varios niveles a la tradición mediocre que ha dejado atrás el comité luego del escándalo. Otra bandera, otra diferencia. Más política también, y veamos por dónde.

Respecto de su obra consagratoria, la nota de la Academia Sueca resalta en el mismo tono algo más que admiración: un verdadero arsenal de recursos literarios. A saber: “Aun así, la obra maestra de Tokarczuk hasta ahora es la impresionante novela histórica Ksiegi Jakubowe, 2014 (‘Los libros de Jacob’). Una vez más, el escritor cambia de modo y género, y ha dedicado varios años de investigación histórica en archivos y bibliotecas para hacer posible el trabajo. El protagonista es el carismático líder de la secta del siglo XVIII Jacob Frank, al que sus seguidores proclamaron el nuevo Mesías. Era un cabalista, un buscador inquieto más allá de las fronteras espirituales, decidido a unir los credos judíos, cristianos y musulmanes y, por lo tanto, siempre en el lado equivocado de la ortodoxia. Es fascinante cómo Tokarczuk nos permite entrar en las mentes de varias personas en esta crónica de mil páginas para darnos un retrato del personaje principal, mientras que él mismo solo se describe desde afuera. Era claramente un hombre de muchas caras: místico, rebelde, manipulador y embaucador. Mientras que el erudito moderno preeminente Gershom Scholem, en su poderoso trabajo en las líneas principales del misticismo judío, evita la inquietante persona de Frank, Tokarczuk, por el contrario, presta gran interés precisamente en eso: su infinitud y su rasgo de carácter psicópata. Tokarczuk ha demostrado en este trabajo la capacidad suprema de la novela para representar un caso casi más allá de la comprensión humana. Pero el trabajo no solo retrata la misteriosa vida de Jacob Frank, sino que nos da un panorama notablemente rico de un capítulo casi descuidado en la historia europea”.

La escritora polaca tiene poca traducción al inglés y casi nula a nuestra lengua: dos ediciones de Sobre los huesos de los muertos (Siruela y Lumen) y Un lugar llamado antaño (Lumen). De alguna manera la Academia Sueca incita a la integración de una lengua centroeuropea, al reconocimiento de las culturas más intrínsecas a su núcleo central, tal vez una de las más disgregadas y bombardeadas por las luchas territoriales de los últimos cien años. Esto se contrapone con el premio del año 2019, este, nuestro año Nobel de Literatura: Peter Handke. Cuando referimos a él como autor indiscutido, el prolífico escritor de una generación en torno al nuevo cine alemán, también señalamos al mayor exponente, fuera de Francia, de la noveau roman. Handke resultó un extraño en lo extraño, es algo así como un terco Alain Robbe-Grillet llevado a su propio límite: el viaje intelectual al fondo mismo del origen de la aventura de escribir.

En estos términos, veamos qué significa Handke, qué nombres implica, qué gravedades intelectuales. En principio Win Wenders, del que fue guionista y cómplice cinematográfico en estos tres ejemplos: El miedo del arquero al tiro penal (Die Angst des Tormanns beim Elfmeter), 1971, guion de Wenders basado en la novela de Peter Handke; Movimiento falso (Falsche Bewegung), 1974, basada en la novela de Johann Wolfgang Goethe con guion de Peter Handke; Las alas del deseo (Der Himmel über), 1987, con guion de Wenders y Handke. Pero este movimiento en torno al cine también remite a notables como Volker Schlöndorff, Rainer Werner Fassbinder, Werner Herzog, Margarethe von Trotta y, tras pantallas encendidas, Alexander Kluge. Si esta generación interrogó sobre el origen, la motivación y la alucinación del nazismo, también encontró en un cineasta austríaco el film consagratorio que sanciona el fin absoluto a la locura colectiva por la violencia: Das weiße Band - Eine deutsche Kindergeschichte (La cinta blanca. Un cuento infantil alemán), 2009, de Michael Haneke, quien ya había adaptado una novela de Elfriede Jelinek (Nobel de Literatura 2004). En este mismo camino, vale recordar El tambor de hojalata (Die Blechtrommel), 1979, de Schlöndorff, adaptación de la novela homónima de Günter Grass, veinte años antes de que ganara el Nobel de Literatura. De este caldo de cultivo, de este ámbito creativo, es Peter Handke.

Tal vez sin la velocidad, el dinamismo ni la contundencia de tales colegas, una lenta convicción  también lo llevó a dirigir tres largometrajes: La mujer zurda (Die linkshändige Frau), 1978, con Bruno Ganz entre los actores, en un conmovedor retrato de la soledad femenina; El estigma de la muerte (Das Mal des Todes), 1985, basado en cuento de Marguerite Duras, con Marie Colbin y Handke mismo como actores; y La ausencia (L’absence), 1992, con Bruno Ganz y Jeanne Moreau. Es notable cómo el casting de actores, tanto como la temporalidad de las obras, se combinan con la del grupo ya citado. Pero esta experiencia será pasajera, o, en realidad, lateral a su pasión literaria, centrada en la novela y el teatro.

Es aquí donde este nuevo Premio Nobel de Literatura se declara a sí mismo como renovado, reafirmado, mirando a los ojos al biempensante oportunista que lleva a cuestionar de manera apresurada y torpe la obra de cualquier artista. Y más aún, apunta a la profunda intención censora de esas miradas severas, casi espíritu de esta época mediática y mediana de toda medianía. La nota del comité que galardona a Handke lo hace con una asertividad que da por tierra con cualquier especulación respecto de su cuestionamiento de la actitud europea durante la Guerra de los Balcanes. Es para Handke una deuda con su lengua materna, es una deuda con su origen, es una deuda con la hipocresía política, por tanto nada oscurece su merecimiento. Leemos entonces:

“Como él ha afirmado: ‘Ser receptivo es todo’. Con esto como su objetivo, logra cargar incluso los detalles más pequeños en la experiencia diaria con un significado explosivo. Su trabajo se caracteriza así por un fuerte espíritu aventurero, pero también por una inclinación nostálgica, visible por primera vez a principios de la década de 1980, en el drama Über die Dörfer, 1981 (Por los pueblos, 1986) y particularmente en la novela Die Wiederholung, 1986 (La repetición, 1991), donde el protagonista Georg Kobal regresa a los orígenes eslovenos de Handke en el lado materno.

”Motivar este regreso a los orígenes es la necesidad de recordar y restituir a los muertos. Pero por el término ‘Wiederholung’ uno no debe entender la repetición estricta. En la novela Die Wiederholung, la memoria se transforma en el acto de escribir. Del mismo modo, en el sueño Immer noch Sturm, 2010, que también tiene lugar en Eslovenia, el hermano idealizado de la madre de Handke, Gregor, quien fue asesinado en la guerra, resucita como un partidario que se opone a la ocupación nazi de Austria. En Handke, el pasado debe reescribirse continuamente, pero no puede, como en Proust, recuperarse en un acto puro de recuerdo.

”En efecto, la escritura de Handke parte de la catástrofe, como informa en Das Gewicht der Welt, 1977 (El peso del mundo. Un diario, 1981), el trabajo que introduce la gran producción de notas diarias durante los años. Esta experiencia se describe de manera memorable en el breve y duro, pero profundamente afectuoso, libro escrito después del suicidio de su madre, Wunschloses Unglück, 1972 (Desgracia indeseable, 1975). Handke probablemente se suscribiría a las palabras de Maurice Maeterlinck: ‘Nunca estamos más íntimamente unidos con nosotros mismos que después de una catástrofe irreparable’. Entonces parece que nos hemos encontrado nuevamente y recuperamos una parte desconocida y esencial de nuestro ser. Se presenta así una quietud extraña. Estos momentos pueden reconocerse en varias de las obras de Handke, y rara vez se combinan con la presencia epifánica del mundo, especialmente en Die Stunde der wahren Empfindung, 1975 (El momento de la sensación verdadera, 1981) (…) Handke ha dicho que ‘los clásicos me han salvado’, y el legado de Goethe está presente en todas partes, lo que demuestra la voluntad de Handke de volver a los sentidos y la experiencia viva del hombre. Uno no puede menos que observar esto en sus cuadernos, en los recientes Vor der Baumschattenwand nachts: Zeichen und Anflüge von der Peripherie 2007-2015 (2016). La importancia de los clásicos también es evidente en sus traducciones del griego antiguo, obras de Esquilo, Eurípides, Sófocles. También ha realizado una larga serie de traducciones del francés y el inglés, obras de Emanuel Bove, René Char, Marguerite Duras, Julien Green, Patrick Modiano, Francis Ponge y Shakespeare.

”Al mismo tiempo, Handke sigue siendo extremadamente contemporáneo, y un aspecto de esto es su relación con Franz Kafka. En la misma línea, Handke debe rebelarse contra su herencia paterna, que en su caso fue pervertida por el régimen nazi. Handke eligió la línea materna de herencia eslovena, una razón importante para su mito antinacionalista de sus orígenes balcánicos. Aunque a veces ha causado controversia, no puede ser considerado un escritor comprometido en el sentido de Sartre, y no nos ofrece programas políticos”.

Por el tono, la referencia intelectual, y el valor crítico de esta valoración, estamos frente a una nueva etapa del Premio Nobel. Bienvenida sea, y que por fin tenga lugar la consagración de Thomas Pynchon, entre otros grandes.


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