CULTURA
Adelanto

La larga historia de la negritud

Editada por la editorial Malpaso, uno de los sellos más interesantes de los últimos tiempos, la novela del jamaicano Marlon James explora el mito aquel que cuenta la historia de los sicarios que intentaron asesinar a Bob Marley. Reflexión sobre un mundo corrupto, el libro da testimonio de una literatura poderosa e ignorada.

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En ascenso. Marlon James nació en Jamaica en 1970; actualmente vive en Minneapolis. Breve historia de siete asesinatos fue regada con diversos galardones, además del prestigioso Man Booker. Su primera novela, John Crow’s Devil, también fue premiada. | Cedoc Perfil
Esta tercera novela de Marlon James (Jamaica, 1970) se publicó en inglés en 2014. Al año siguiente recibió el premio Man Booker, dotado de 50 mil libras esterlinas y prestigio en la industria editorial de dicha lengua; lo preceden, entre otros premiados, Kingsley Amis, Nadine Gordimer, Salman Rushdie y J.M. Coetzee. La recepción crítica atendió a su polifonía, contraste lingüístico y complejidad de la trama. En esta edición, una nota advierte sobre la dificultad de trasponer los matices de un dialecto plebeyo (dinámico, tal vez hoy muy otro), los juegos de entonación y diferencias de clase, por lo que se optó por una base española con introducción de la jerga marginal cubana. Vayamos ahora al producto de su lectura.
El conjunto, por la complejidad política y social, remite a Z, novela de Vassilis Vassilikos, llevada al cine por Costa-Gavras en 1969. Allí se gesta un atentado; las voces de los confabuladores, los perpetradores y el entorno de la víctima estructuran la trama, que ve consagrado lo impune. Otra referencia son los gángsters, o capos barriales, como en el documental El acto de matar de Joshua Oppenheimer (producido por Herzog), sobre el genocidio cometido por Suharto en Indonesia, país donde los criminales son un ejemplo del progreso y héroes de lo nacional hasta en la televisión. Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, El sexto, de José María Arguedas, así como Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, sirven como caja de resonancia al entrecruzamiento con que James se oculta como narrador. Y es porque deja el oído, ése que dispone las pinceladas del decir popular: “Si algo no es verdad, tampoco anda lejos de serlo”.

Breve historia… parte de la suposición sobre un mito y también del mito sobre una verdad a medias: el fallido atentado a Bob Marley en su residencia de Kingston a manos de una banda de sicarios, tal vez a raíz de una estafa con apuestas en el hipódromo local. Pero también existe la verdad de la otredad de esos mismos en su propia tierra, donde les toca hacerse útiles a la política, a la sumisión de un pueblo de mayoría negra a manos de una minoría blanca, o levemente mestiza. Ya de niños son gamines, gamberros, pibitos, un rapaz en ciernes, materia prima para el crimen dirigido por un poder que se expande ahogando. Es 1976, y el telón de fondo es la Escuela de las Américas, sus egresados para el terror, esos mismos que son kapangas (en su significado guaraní: obrero, a su vez jefe de obreros que responde a la patronal). Son obra de los asesores de la CIA, que instruyeron a esas bases con los fondos represivos del Plan Cóndor, agentes que medraron en Santiago de Chile, Montevideo y Buenos Aires. En una aparente democracia, la violencia es la discusión sin palabras, pura bala.

Al primer tercio de la novela sigue la construcción del destino general de los personajes luego del magnicidio musical fracasado. Incluso especulan con secuestrar a Mick Jagger por un rescate de dos millones de dólares. Humorada que arroja la sombra de Peter Tosh, quien fue ejecutado en 1987 por un grupo similar. Contra la segregación, más muerte para el silencio. Y es aquí donde se combinan las voces femeninas, criadas a riesgo de una violación inminente, de un machismo tribal, que en el uso del idioma subrayan el estigma del origen o la frecuencia ideal para la salvación en el exilio. Existe un homenaje literario a James Joyce, más precisamente a Molly Bloom: Kim Clarke expresa su frustración con una voz desarraigada y disonante. Luego serán otras. Madres, hermanas, hijas, todas olvidadas, lejos del amor. Porque lo que sí existe es un salvaje propósito de enunciar la mortandad de lo dicho. En esta novela nadie reitera una amenaza, así como nadie llega a viejo en los barrios bajos de la capital.

Marlon James evita la justicia divina, así como la paradoja estructural de un destino moral aceptable. La muerte, sin sabiduría más que la brutalidad misma, se encarga de todos y cada uno de los profanadores del mito Marley. Pero también de mucho más, del mismo universo rastafari, de su fracaso en la impostura. Sigue a esto la adaptación de la mano de obra desocupada en el delito internacional, a raíz de la falsa hidalguía con que tantos crímenes forman un halo de nobleza infame, depredadora y fatalista. Y en ese sentido, existe un llano arrasado, cierta mirada aplanada por el mar que conforma la insularidad jamaiquina.

Los intereses del narcotráfico, la decadencia política y el fin de la Guerra Fría escriben el corolario de una agonía general de los ideales, casi como profecía de estos tiempos, donde los disfraces no disimulan la sed del depredador de su especie. Finalmente, si los sicarios reniegan de tal condición muriendo, también se enorgullecen de la negritud que portan. Son la venganza y el ancla hacia el fin. El amo y el carcelero. El látigo y el dolor mismo. El estigma del origen persigue a todos, los arrincona en balbuceo memorioso: se es negro en la negación y en la oscuridad de un falso grial.