CULTURA
Las preferencias de escritores, editores y periodistas culturales

Lo que el viento no se llevará

Marcelo Cohen con Donde yo no estaba, un novela de setecientas páginas; John Cheever, el más argentino de los narradores norteamericanos; Cucurto con El curandero del amor, su desembarco multinacional; la reedición de Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill y Mario Levrero con el experimental El discurso vacío: los libros del año que más votos se llevaron en una consulta exclusiva. Los datos más sobresalientes son que los autores vivos salen ganando esta vez, y las reediciones ya comienzan a dibujar el camino de los clásicos.

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Entre los mejores del ao: Levrero, Vargas Llosa, Cucurto, Berger, Fogwill y Di Benedetto. | Cedoc

En junio de 1921, Hermann Rorschach, psiquiatra experimental y pintor aficionado, dio a la imprenta un libro que contenía una serie de arbitrarias manchas de tinta. La publicación se presentaba como un test para evaluar, sobre la base de las respuestas subjetivas que las manchas generaban, la inteligencia y ciertas predisposiciones emocionales del paciente, entre otras características de orden psicológico.

Por la muy atractiva promesa de conocer a una persona en poco tiempo, pero también por su lúdica excentricidad, el método, ya conocido como Test de Rorschach, despertó el interés de psicólogos y teóricos de la medicina. Cuando comenzó a generar más dudas que certezas, fue la estadística la que acudió en su ayuda. Muchos asesinos habían visto una polilla. Luego, si se veía una polilla, había que andar con cuidado. Con este verdadero salvavidas de plomo de porcentuales y cantidades, las manchas de Rorschach sobrevivieron hasta nuestros días.

Toda encuesta y sus subsecuentes resultados estadísticos generan incomodidades. Más aún en el receloso y aprensivo mundo literario, desconfiado por naturaleza de datos que se presenten como objetivos. Digamos, entonces, que lo que se ofrece aquí no son indicadores absolutos de nada, sino apenas inclinaciones, devaneos y alguno que otro señalamiento azaroso cuya finalidad es, apenas, despertar la curiosidad del lector.

Así, en esta encuesta, la categoría de “novedad” riñe sin terminar de saldar sus diferencias con la de “reedición”. La marcada preferencia de los encuestados por los dos tomos de Relatos completos de Cheever –un libro que siendo una reedición de reediciones no resigna cierto aire de novedad– demuestra que los suburbios más norteamericanos, si son completos, seducen a los argentinos. El discurso vacío del uruguayo Mario Levrero quedó bastante más atrás abriendo una larga lista de intereses personales donde se mezclan narradores tan exitosos y contemporáneos como Antonio Lobo Antunes, Mario Vargas Llosa, John Berger, Paul Auster, y otros cuentos completos, los del poeta Dylan Thomas.

En el rubro vernáculo de ficción, los resultados fueron bastante más parejos. Donde yo no estaba , la extensa novela de Marcelo Cohen, vendida con una controvertida faja que decía “La última novela del mejor escritor argentino contemporáneo”, dispara desde el primer lugar muchas preguntas.

O, por lo menos, una: ¿brindan los libros largos más seguridad literaria? En segundo lugar, aparece un autor cuya estética se construye directamente enfrentada a la de Cohen: El curandero del amor, desembarco de Washington Cucurto en Emecé y agresivo foco de marketing multinacional, puede ser leído como una batalla ganada por la vitalidad contra el anacrónico reduccionismo literario de algunos editores más bien achacosos. A continuación, Los pichiciegos de Fogwill y Siberia Blues de Néstor Sánchez avanzan un casillero para convertirse en clásicos, y la buena idea de Adriana Hidalgo de juntar y desempolvar los Cuentos completos de Antonio Di Benedetto es un predecible coletazo final de un Año Di Benedetto. Por otra parte, en el tope, cuatro autores vivos de cinco no es una mala proporción y delata un movimiento, por lo menos, saludable.

Una encuesta de estas características debería tener el tenor de una conversación de bar donde un desconocido recomienda un libro, los demás parroquianos asienten, y uno, sin hacer patente su desconocimiento, apunta mentalmente un nombre para indagar más tarde. Porque nadie puede discutir que intentar descifrar un año editorial sobre la base de la preferencias de escritores y editores es tan complicado y sugerente como buscar los bordes de la propia psicología en una mancha de tinta.


Ensayos para destacar. Más allá de las ficciones locales y extranjeras, el año editorial ofreció algunos puntos altos en el terreno del ensayo.

La Breve historia de la literatura argentina de Martín Prieto, por ejemplo, se destacó como un libro no solamente útil y sólido, sino como el eslabón contemporáneo que actualiza con elegancia el género.

A su lado, el excelente Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-2000 de José Luis de Diego dialoga con la literatura argentina en otra lengua, pero que no es menos importante. Historias de películas, del fallecido Homero Alsina Thevenet, puede rescatarse como un lento pero ilustrativo paseo pedagógico por los entretelones del cine.

Los encuestados. Florencia Abbate, Vicente Battista, Juan José Becerra, Sergio Bizzio, Sonia Budassi, Luis Chitarroni, Oliverio Coelho, Leonora Djament, Martín De Ambrosio, Celia Dosio, Federico Falco, Rodolfo Fogwill, Gabriela Franco, Elvio Gandolfo, Raúl García Luna, Daniel Guebel, Diego Grillo Trubba, Juan Incardona, Sylvia Iparraguirre, Martín Kohan, Cecilia Macón, Pedro Mairal, Guillermo Martínez, Juan Martini, Silvio Mattoni, Nicolás Mavrakis, Natalia Moret, Sebastián Morfes, Andi Nachon, Gustavo Nielsen, Sergio Olguín, Diego Paszkowski, Guillermo Piro, Quintín, Rubén H. Ríos, Damián Ríos, Julia Saltzmann, Beatriz Sarlo, Judith Savloff, Matías Serra Bradford, Daniela Spósito, Alicia Steimberg, Patricia Suárez, Damián Tabarovsky, el que firma esta nota, Pablo Toledo, Maximiliano Tomas, Paula Varsavsky, Glenda Vieites, Miguel Vitagliano y Eugenia Zicavo.