jueves 06 de octubre de 2022
CULTURA La ciudad pensada XIX

Parque Avellaneda: de los querandíes al vivero, los túneles y las estatuas

Los espacios verdes ofrecen alivio en las ciudades, y también cierta sensación de naturaleza cerca de las calles. Algo de eso se experimenta en el Parque Avellaneda, lugar de árboles, aves, vecinos activos y un gran vivero con miles de plantas.

11-11-2021 10:52

Los espacios verdes ofrecen alivio en las ciudades, y también cierta sensación de naturaleza cerca de las calles. Algo de eso se experimenta en el Parque Avellaneda, lugar de árboles, aves, vecinos activos y un gran vivero con miles de plantas.   

Entre Av. Directorio, Lacarra y Laferrere, en el barrio Parque Avellaneda, de algo más de cincuenta mil habitantes, se encuentra el Parque Nicolás Avellaneda, inaugurado el 28 de marzo de 1914.   

En 1912, la Municipalidad compró sus terrenos a la familia Olivera. Desde 1828 Domingo Olivera poseía las tierras dedicadas a la actividad agrícola y ganadera. Y como en muchos casos, la zona pasó por sus metamorfosis: de lugar religioso a estancia y, finalmente, animado espacio público.     

  

De los querandíes, la Virgen y el Parque               

Los religiosos habrán percibido la inmensidad del horizonte, en lo que antes fueron dominios de los querandíes, pueblo semi nómade, víctima de la conquista española. El sitio donde llegaron siglos después sería un parque dentro de una ciudad incomparable con el Buenos Aires colonial del siglo XVIII.  

En 1727, Buenos Aires padecía una fiebre de tifus. Enfermedad, dolor, muerte, soledad. Entonces la Virgen de los Remedios fue proclamada Patrona menor de la ciudad (su patrono principal era San Martin de Tours); y entonces el gaditano (nativo de Cádiz), Don Juan Guillermo González y Aragón fundó la Hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo, que se puso bajo la advocación de la Virgen, y se encomendó a enterrar los difuntos y ajusticiados sin familiares que costearan sus exequias, y que tampoco eran aceptados en los camposantos de las iglesias. Antes, estos desdichados quedaban abandonados en las calles de la ciudad colonial a merced de ratas y perros.    

La Hermandad fundó también la primera escuela para Huérfanas. Su rector, José González Islas, fue quien donó los terrenos de 1200 hectáreas, en los que se alojó una quinta de verano para las alumnas. Así la Hermandad creó allí una chacra en lo que hoy es el Parque Avellaneda, que se llamó Chacra de las Huérfanas; o Chacra de los Remedios, por un pequeño oratorio consagrado a la Virgen. El lugar podía dar albergue a 70 huérfanas, y proveer a la escuela con su producción de verduras, frutas, cereales.  

Mientras tanto, la Hermandad continuó con su ayuda social organizada, su acción caritativa entre los cuerpos en desamparo y abandono. La congregación religiosa siguió con el entierro de los insepultos menesterosos y de los ajusticiados, junto a la iglesia de San Miguel entre la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre) y Suipacha.   

En 1801 murió el padre González; en 1822 la Hermandad se disolvió, sus tierras pasaron a la Sociedad de Damas de la Beneficencia; y luego se remataron en tiempos de Bernardino Rivadavia, promotor de la reforma eclesiástica y presidente del país para 1826. Uno de sus colaboradores, Domingo Olivera, adquirió en remate púbico lo que era la Chacra de los Remedios, y la convirtió en un tambo con 50 vacas y un molino de trigo que abastecía al Partido de Flores. La esposa de Olivera recuperó la imagen de la Virgen de los Remedios que era venerada en el oratorio, y alentó a su culto entre los pobladores que identificaron al lugar como Estancia de los Remedios.   

Para comienzos del siglo XX Buenos Aires experimentaba una expansión urbana incontenible. En esas circunstancias, en 1912 la familia Olivera (antepasados del dirigente radical Enrique Olivera que fuera jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires de 1999 al 2000), vendió los terrenos a la por entonces Municipalidad de la Ciudad con la condición de que se trasformara en parque.   

El parque nació primero con el nombre de Domingo Olivera, y luego como Parque Nicolás Avellaneda.   

La imagen de la virgen fue confiada a los Padres salesianos de la Obra de Don Bosco. Luego de la donación de un terreno cerca de la antigua estancia, en 1974, se concluyó la Parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, junto a una escuela parroquial, en Av. Francisco Bilbao 4310, cerca de una sucesión de vigorosos palos borrachos. Allí, la virgen luce con su presencia apacible e hipnótica, con un ramo de hierbas, un manto plateado y blanco. El recuerdo de una imagen venerada en la Chacra de los Remedios antes de convertirse en espacio público en la ciudad muy alejada de las oraciones y los milagros.   

  

La estancia, Benito Carrasco y el Palermo del Oeste.  

Olivera dedicó sus tierras a los cultivos y el ganado, seguramente con un suspiro de entusiasmo y optimismo, pero en un país siempre herido por la discordia.   

Luego de la caída de Rosas tras la batalla de Caseros, en 1852, la ciudad no envío diputados al Congreso Federal Constituyente de Santa Fe que promulgaría la Constitución Nacional. Esto reanimó el fuego del conflicto entre la ciudad puerto y el interior. Y al frente de los intereses federales, el Gral. Hilario Lagos puso sitio a la ciudad de Buenos Aires, y confiscó la Chacra de los Remedios; la convirtió en Cuartel General de su ejército.    

Luego de estos sinsabores, Domingo Olivera, que había nacido en Ambato, Ecuador, murió en 1866 y su hijo, Eduardo Olivera, ingeniero agrónomo formado en Francia, asumió las riendas de la estancia. Sus hijos continuaron la intensa actividad rural, al tiempo que una gran casona, emblema de la estancia, adquirió su característico estilo italianizante. Y otro de los hijos de Domingo, Carlos, también ingeniero, erigió otra casona como residencia familiar, que llamara Villa Ambato, en recuerdo del lugar de nacimiento de su padre. Esa casa hoy es la Escuela N. 8 Paula Albarracín de Sarmiento.  

A comienzos del siglo XX, imperaban en el país las políticas higienicistas orientadas a abrir espacios verdes con propósitos de salud pública, recreación, deporte y educación. Y tras acordar con los Olivera la compra de sus terrenos, en el Diario de Sesiones del Concejo Deliberante de entonces se asentó “que la quinta de Olivera se podrá convertir en el Palermo del Oeste…Se va a hacer un barrio parque…”  

Entonces el parque nació con el diseño de Benito Javier Carrasco, ingeniero agrónomo y paisajista, de ideario socialista, discípulo y colaborador de Carlos Thays, entre 1914 y 1918 encargado de la Dirección de Paseos de la Municipalidad. La historiadora Sonia Berjman, defensora de los espacios verdes en la ciudad, en “Una mirada a los espacios verdes públicos de Buenos Aires durante el siglo XX”, afirma que “Benito Carrasco introdujo el concepto de que la Dirección de Paseos tenía una misión social, por lo que organizó la práctica de deportes en los paseos públicos…”.  De ahí el área que hoy funciona como polideportivo.  

Y mientras el parque cobraba vida, el barrio crecía a su alrededor ofreciendo lotes accesibles a los inmigrantes europeos que llegaban con la esperanza ardiendo en su mirada. Así, en 1922, surgió el micro Barrio Alvear frente al parque, inaugurado en tiempos del presidente Marcelo T. de Alvear, y bajo el impulso de la esencial ley de la Comisión Nacional de Casas Baratas.    

  

La casona, el tambo, el agua, el tren.   

Cuando llegamos el clima es agradable, la luz ilumina y realza las formas del parque y, entre ellas, la de una gran casona. La llamativa casona recuerda su pasado rural, su primer destino de residencia de la familia dueña de lo que fue la última estancia en la ciudad. A partir de 1870, la casona de los Olivera sufrió transformaciones que le imprimieron su estilo de arquitectura ecléctica italianizante delineada entre columnas, logias, pilastras y ornamentación, junto al dejo francés de una mansarda.   

Luego de la creación del parque la casona albergó, en 1919, una Colonia de Vacaciones para Niños Débiles creadas por iniciativa del diputado socialista Antonio Zaccagnini (1879-1932), en las que, según su decir, los niños podían descansar, leer, cantar, “y sobre todo comerán, porque en sus casas pasan días enteros sin comer”. Zaccagnini hoy le da su nombre a la Escuela Artística 10 de 13 dentro del Parque.   

Y la alimentación para los niños incluye la leche de las vacas en un tambo. Y un tambo se inauguró en Parque Avellaneda en 1913, con los rasgos de la arquitectura rural inglesa. El Antiguo Tambo, lugar de los productos lácteos que proveía a las escuelas de su copa de leche; y sitio de acopio de granos, miel, lana de ovejas y aceite de oliva.  

Con las transformaciones que trae el tiempo, y luego de refracciones que respetaron su impronta original, en 2002, el establecimiento se convirtió en Centro de Artes Escénicas.   

La leche alimenta, y el agua reconforta, renueva. En 1925, en el parque se creó la primera pileta pública de la ciudad, en la que más de 4000 niños de las colonias estivales disfrutaban de un baño reparador, en turnos para mujeres y varones. El Antiguo Natatorio aún sorprende al visitante por su fachada armoniosa y atrayente. En un principio, se llamó Casa de Baños, obra del “arquitecto Moretti”. En la Viena de la secesión vienesa (una variante del art nouveau o Judenstil) Moretti encontró un edificio que parcialmente le sirvió de modelo a su construcción; por eso su escalera de aire vienés; y una fachada con vasijas simétricas, mascarones femeninos, huellas de la cultura grecorromana, que se continúan en la pileta de simetría rectangular y con aire de terma romana.   

En un nicho, entre pliegues de valva, se acomoda una Mujer con Vasija, del artista Albert Carrier-Belleuse, gran escultor francés de exquisito cincel, autor del monumento ecuestre a Manuel Belgrano en la Plaza de Mayo, y del sarcófago de color negro belga en el Mausoleo de San Martín en la Catedral metropolitana.   

La belleza arquitectónica del Antiguo Natatorio, junto con el Antiguo Tambo y la Antigua Casona serán testigos de otro rasgo de singularidad en el parque con forma de rieles y vagones. En su momento, muchos vecinos disfrutaron de las idas y vueltas del trencito de trocha angosta El Expreso de la Alegría, cuya vuelta inaugural fue en 1936. Antes, la formación del trencito había circulado por el Jardín Zoológico Municipal y en él pasearon grandes visitantes como el presidente de la Tercera República Francesa Georges Clemenceau, la Infanta Isabel o el escritor Vicente Blasco Ibánez. Clemente Onelli, director del zoológico, le da su nombre actualmente a la estación del trencito que, lo mismo que el parque, conocerá primero la plenitud y luego la decadencia, el abandono, lo depreciado.  

  

El parque de la gestión, las aves, los árboles y el vivero   

A finales de los 70’ se cerró el Antiguo Natatorio que se convirtió en depósito de oxidadas columnas de alambrado. La decadencia se profundizó con rejas y deterioro, y la construcción de la Autopista Perito Moreno en tiempos de la dictadura militar, con garitas de peaje que avanzaron sobre parte del parque arrebatándole 10 hectáreas con el consiguiente recorte y empobrecimiento de su dimensión ambiental.   

Pero en 1989 empieza el resurgimiento con la fundación del CESAV (Centro de Estudios y Actividades Vecinales de Parque Avellaneda) y, a partir de ahí numerosos actos de gestión vecinal, acuerdos con redes barriales, leyes, logros comunitarios en el parque de los muchos árboles, caminos de tipas y cedros misioneros, lapachos, talas, ceibos, ombúes, jacarandas, olmos, robles sedosos australianos, o eucaliptos.   

La diversidad de árboles ofrece refugio a torcazas y palomas, benteveos, jilgueros, calandrias, zorzales; o a los horneros con sus casas de barro. A cada momento escuchamos algún canto de aves que no alcanzamos a identificar. El parque es tan exuberante en el vuelo y canto de los pájaros que atrae a un grupo de COA, socios y socias de Aves Argentinas, cuyas visitas al parque promueven la observación de las aves como acto de conservación y educación ambiental.  

Pero los árboles son también vehículo para el arte. José Alberto Desseno, un escultor de los árboles, en la cercana Plaza Domingo Olivera esculpió la obra Ágape, con el tronco de un árbol caído tras el atronador paso de una tormenta.   

Y el parque contiene también otra joya de plantas, raíces y hojas: el vivero municipal, que reverdece desde 1917. Impresiona su extensión y su razón de ser es cultivar flores y árboles que luego abastecen los espacios verdes de la ciudad. De siete hectáreas, y miles de ejemplares que brotan de la sociedad del sol y el agua en una esquina del parque.

     

¿Dónde está el túnel?  

Los túneles atraen por su misterio. Todas las ciudades tienen su red de túneles, reales o imaginarios; pero en este último caso, la narrativa legendaria de lo que estaría bajo tierra en el parque Avellaneda no es arbitraria, surge de algún elemento posible o real.  

La estancia de la familia Olivera convivía con la residencia más reducida llamada Villa Ambato, a unos 550 metros. Tal vez para conectar los dos lugares se cavó un túnel, con un único propósito defensivo, y del que no hay ningún registro documental, aunque sí supuestos relatos orales de antiguos habitantes que dieron testimonio de su existencia; o, al menos, esto es parte de una tradición barrial con el suficiente atractivo como para motivar su búsqueda científica, lo que ocurrió el 23 de agosto de 2006 mediante un equipo de la Universidad de Buenos Aires, coordinado por el arqueólogo y especialista en Arqueología Urbana, Lic. Marcelo Weissel.   

Pero, por desgracia, el túnel aún vive solo en la imaginación o lo que se oculta bajo el suelo.   

  

Las estatuas y el viento  

Otra de las peculiaridades en el parque son las diversas estatuas que lo pueblan; y la “Wak´a”, el lugar de encuentro de los pueblos originarios. Y el vínculo con lo autóctono se muestra también a través de la escultura La tejedora, de Luis Perlotti, que representa a una anciana indígena, o la estatua El perdón, del artista francés Eugenio Boverie, presente en el parque desde 1998, y que durante muchos años estuvo en su emplazamiento original, en la Plaza del Congreso. Un barbado anciano coloca una de sus manos sobre el rostro de una niña en señal de comprensión y clemencia. 

Y ya casi al atardecer, al terminar nuestra visita al parque, en el cielo corren veloces nubes impelidas por un viento enérgico, en un crepúsculo de tonalidades rojizas. Y nos despedimos al tiempo que caminamos entre los árboles, el canto de pájaros, y la cercanía de los otros visitantes en el parque de más de un siglo.   

 

(*) Esteban Ierardo es filósofo, docente, escritor, su último libro La sociedad de la excitación. Del hiperconsumo al arte y la serenidad, Ediciones Continente; creador de canal cultural “Esteban Ierardo Linceo YouTube”. Dictará cursos en plataforma en Fundación Centro Psicoanalítico Argentino (www.fcpa.com.ar): así como otras actividades difundidas en su FB.