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CULTURA / Apuntes en viaje
domingo 23 septiembre, 2018

Platos

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por Selva Almada

. Foto: Marta Toledo

Tengo una costumbre que a alguna gente le parece irritante: hablar de comida mientras estoy comiendo. Con mi hermana, con mi mamá, con mi amigo Julián cada vez que nos juntamos a comer, durante, hablamos de otras comidas, nos pasamos recetas. También con Teresa. Las dos somos de hablar poco, pero nos gusta cocinar y comer; a mí me gusta la comida peruana y a ella también. Ella es peruana así que, además de gustarle, sabe cómo hacerla. Me pasa recetas en el aire, entre bocado y bocado. Me traduce los nombres de algunos ingredientes que aquí se llaman distinto. O me explica, describiéndolos, algunos que aquí ni siquiera existen.
Una vez me dijo que su nombre no es Teresa, que así le puso la primera mujer con la que trabajó cuando llegó de Lima a Buenos Aires. Le puso Teresa porque así se llamaba la chica que trabajaba antes en la casa. La señora no quería hacer el esfuerzo de aprenderse un nombre nuevo. Esa vez le dije que su nombre verdadero es mucho más bonito. Es también un nombre de la realeza, tal vez eso era lo que le molestaba a la patrona de clase media medio pelo. Que la sirvienta tuviera nombre de reina.
Cuando mi abuela se vino a trabajar cama adentro a Buenos Aires también su primera patrona le puso otro nombre. Mi abuela también tenía un nombre altivo y hermoso. La bautizó Mary y mi abuela cambió varias veces de patrona pero conservó su nombre de mucama. Tal vez un nombre de guerra; una protección, un escudo: aquellas miserias de criada las pasaba Mary, no ella.
Le pregunté a Teresa si podía decirle su nombre de verdad y me dijo que no. Que su nombre es solo para sus amigos y sus familiares.
Aparte de comida hablamos de gatos. A las dos nos gustan y ella no puede tener uno en la pensión donde vive con su marido. A veces les cambia los nombres o los altera ligeramente. Por ejemplo al Larsen le decía Axel y a la Chau Mien, Chaumiel. A la Ceniza le dice Plomito, porque es gris. De vez en cuando me comenta algo de los gatos que viven en las otras casas que limpia. Es todo lo que sé de esos otros departamentos, oficinas o PH donde fracciona su trabajo por horas de a cuatro o de a seis.
Una vez me contó que en su barrio decían que cuando los gatos se pelean en el techo de una casa quiere decir que en esa casa hay problemas. ¿Cómo es eso?, le pregunté. Pues que ahí pasa algo malo o va a pasar. Arriba del techo de un vecino de cuando era niña siempre había peleas de gatos. Un mal día de esos, el vecino mató a la esposa.
Con mi abuela también nos gustaba hablar de comida. Ella me enseñó a hacer sopa paraguaya. A ella se la enseñó otra mucama del edificio donde trabajaba. Me acuerdo de ese verano que volvió a Entre Ríos y me dijo que íbamos a cocinar un plato de otro país. Cuando dijo sopa le dije que hacía mucho calor para tomar sopa. Ella se rió y me contestó: esta sopa se come con tenedor. Yo le iba pasando los ingredientes que me pedía y la miraba con atención. Ya me gustaba cocinar y mi madre ya me había enseñado a hacer varios platos. Esa Navidad me habían regalado un libro  que se llamaba Cómo ser una buena ama de casa. Te enseñaba a recibir amigos, algunas recetas simples, a pintar un baúl, a sacar alguna mancha rebelde de la ropa…
Mientras la sopa paraguaya se cocinaba en el horno, la abuela me dijo que trajera papel y birome y me dictó la receta, con las cantidades justas. En letra imprenta y a modo de título escribí “Sopa paraguaya” y subrayé. Luego con letra cursiva escribí todo lo demás.


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