viernes 30 de julio de 2021
CULTURA La ciudad pensada X
13-06-2021 11:22

Roberto Arlt: de Flores al mundo

El notable escritor retrató como pocos el pulso vital de un barrio y de una ciudad tan efervescente como Buenos Aires.

13-06-2021 11:22

Muchas veces, las ciudades son itinerarios repetidos. Día a día, los mismos desplazamientos de un lugar conocido a otro; los mismos recorridos en la ciudad de la opulencia, la discreción, o la flagelante pobreza. La ciudad como caja de movimientos rutinarios, sellados, idénticos. Pero algunos salen de la caja cerrada para raspar el asfalto y caminar en calles vistas de otra manera.  

Por su modo de caminar la ciudad, Robert Arlt gozó con el paso de la ciudad como caja de la rutina a la de los muchos modelos para armar. 

Roberto Arlt estuvo cerca del espíritu crítico, disconforme de la Escuela de Boedo; hijo de inmigrantes pobres, bebió en los vasos de Dostoievski; respiró existencialismo; se burló de las convenciones; solo fue ponderado por la academia universitaria luego de muerto, cuando su féretro lo bajaron de una ventana; amó también el teatro, con obras como Trescientos millones o Saverio el cruel, que representó en el Teatro del Pueblo, inicio del teatro independiente en la ciudad, fundado por Leónidas Barletta; e inventor frustrado en la realidad, e inventor, en su literatura, de personajes memorables como los de Los siete locos y Juguete rabioso.  

Y escritor de la ciudad, no la de los edificios y sus estilos, sino de aquella cuya alma se compone de las amarguras, rarezas y soledad de sus habitantes. Ese cariz espiritual de Buenos Aires que Arlt expresará en sus Aguafuertes porteñas, escritas en el diario El mundo, entre 1928 y 1933. 

Como técnica artística, el aguafuerte plasma grabados a través de la disolución de ácido nítrico que remarca las curvas y líneas de un dibujo, El dispositivo literario de las aguafuertes arltianas subrayan la ciudad habitada no por un tipo medio, sino por una fauna variopinta de personajes singulares. Convertido en una suerte de psicólogo urbano, con la red de su escritura, incisiva y prodiga de términos lunfardos, Arlt recogió las rarezas humanas, propias de la ciudad del tango y el Obelisco.   

 

Flores antiguo.

Faunas de ciudad 

Su fauna de rarezas de Buenos Aires, como el “hombre corcho”, el sujeto tramposo, simulador que siempre sale bien librado a pesar de sus mentiras y causas y que, como el gato, siempre cae de pie; el parasito jovial o el garronero, ese sujeto que “sin distinción de credo político, religioso, o filosófico, procede de salto en los negocios que se relacionan con su estómago o con su comodidad” (1); el que siempre consigue que le paguen esto y lo otro, y así contribuye al “engrandecimiento de la economía de nuestro país”; “el que siempre da la razón”, el que sonríe, no discute, concede saludos corteses por aquí y por allá, mientras oculta su gran soledad, “una fealdad taciturna” que le corroe las entrañas; o “el hombre que se tira a muerto”, ese que hace como que trabaja, o trabaja solo cuando lo ve el jefe, y como se codea con muchos que sí trabajan, su renuencia al esfuerzo queda más disimulada.   

Y en las listas de los personajes que al singularizase singularizan también la ciudad, se acomoda “el siniestro mirón”, la “mujer que juega a la quinela”; la ‘fauna tribunalesca”; “el furbo”, el engañador, pícaro, macaneador; el “squenun”, que no trabaja y se siente orgulloso de su vagancia; “los chicos que nacieron viejos”; o el “hombre que necesita ladrillos”, y el “latero”, el charlatán que gusta dar “lata”, y que tortura con sus historias insoportables.  

 

Ciudad viva 

 

Más allá de la urbe de la medianía y el orden pulcro, Arlt radiografía la cuidad viva por su idiosincrasia y por lo insólito. Posa entonces su mirada en “las casas sin terminar”, en las que todo es singular por no haber llegado a su forma acabada; en las veredas como escenarios de las sillas puestas no solo para el descanso sino para mejor observar el trajín del barrio; un taller de compostura de muñecas; grúas abandonadas en la isla Maciel; o la maravillosa descripción del espíritu de la calle Corrientes, desde Río de Janeiro a Esmeralda; esa calle donde “la vida es otra”, en la que la gente cambia su “pelaje mental” porque en esa avenida perdida, que Arlt conoció, “todo chilla su insolencia”.  

La percepción de la ciudad de Arlt se vierte en una escritura en la que lo periodístico se funde con una suerte de literatura de viaje urbano. Un modo de transitar Buenos Aires del escritor de Juguete rabioso que continúa la senda del flâneur, el “paseante” o callejero” que vaga por París sin rumbo, sin itinerarios programados, a la deriva; figura creada por Baudelaire (1821-1897), el poeta francés simbolista, post romántico, autor de Las flores del mal, muy estimado en sus análisis sobre la modernidad por Walter Benjamin. La ciudad así deja de ser mapa racional de calles rectas para tornarse laberinto en el que aquel que se pierde se encuentra con lo no previsto. 

Pero Arlt no solo recorrió el Buenos Aires real desde lo transversal y oblicuo; también reinventó la ciudad en Los sietes Locos, su novela entre anarquista, utópica y existencialista, en la que el Astrólogo comparte con Erdosain la visión de su ciudad de mármol blanco en la que le regalarán a los hombres “divinas mentiras” para que sean felices.  

Arlt así deambuló entre la ciudad real, lateral, y la otra, la utópica y deseada.  

 

Casa de infancia de Arlt.

Molinos de viento en Flores 

Y la escritura de sus aguafuertes incluyó también la visión de su Flores natal. En su infancia, Arlt vivió en Méndez de Andés 2138, en una casa hoy oculta tras una pared blanca, sin ningún cartel que recuerde al escritor, donde sus padres supieron alojar, al fondo, un gallinero.     

Y en Flores, en Yerbal 2370, cerca de la Plaza Pueyrredón, la escuela General Urquiza en la que el escritor futuro llegaba con botas llenas de barro, y donde no prestaba atención a los maestros sino a los libros que llevaba ocultos para leer en clase a hurtadillas. No avanzará mucho en el sistema escolar; y tenía que trabajar para ayudar en su casa, en la que a veces su padre lo golpeaba: y transitará así en una sucesión de trabajos: mecánico, pintor, trabajador portuario, ayudante de biblioteca, hasta que se decanta por el periodismo, mientras que, como empecinado lector y visitante asiduo de las librerías de su barrio, se formaba como autodidacta. 

En su aguafuerte "Molinos de vientos de Flores" el escritor se zambulle en la nostalgia por el barrio de la infancia. Al escribir su recuerdo aún sobrevivía un molino de viento de hierro oxidado, huella del Flores “de antes”, en el que los molinos de viento giraban por todas partes; donde las casas eran casonas elegantes, o palacios como el Palacio Miraflores de los Ortiz Basualdo, en la esquina de avenida Rivadavia y Boyacá, demolido en 1941; o las casaquintas,  con retazos de campo, como la última, la de los Naón, en la que el último Naón andaba a caballo, donde ahora se apiñaban casas de departamentos; y entre Yerbal, Bacacay, Bogotá y Beltrán, todavía el viento susurraba en un bosque de eucaliptos; mientras en Rivadavia y Donato Álvarez se alzaba un gigantesco ceibo.  

El Flores de antes en el que en las vidrieras de las librerías se veían los cuadernillos de versos del gaucho Hormiga negra; o en el cine llamado el Palacio de la Alegría, ubicado en la avenida Rivadavia al 6700, Arlt se enamoró “como un loco” de la actriz italiana Lidia Borelli.  

Entonces, “a diez cuadras de Rivadavia comenzaba la pampa”; todo el mundo se conocía; y la vida admitía cierto romanticismo; se creía en el amor, y se era “menos egoístas, menos cínicos, menos implacables”, y todo “tenía un sabor más agreste, y más noble, más inocente”. Pero todo se disipó en el tiempo, entre una sensación de progreso y una felicidad que ya no existía “porque se la llevó el diablo”. 

Lamento romántico por el barrio perdido. A veces caminar no es solo moverse de un lado otro; a veces es pensar en la vida distinta, que solo vuelve como un eco, que se pierde en la distancia.  

 

Avenida Corrientes.

El placer de vagabundear 

 

Al recorrer Buenos Aires, de a pie, Arlt buscaba escribir el lenguaje de sus calles. La gramática callejera no se escribe desde un intelecto abstracto, sino desde la mirada que narra y construye un saber de lo cotidiano a través del placer del vagabundear. Porque para quien cultiva un vagabundear sensible: “¡qué grandes, qué llenas de novedades están las calles de la ciudad para un soñador irónico y un poco despierto!”. Por doquier, para el que vagabundea despierto, en las casas de departamentos laten dramas escondidos; historias crueles de dolor en “ciertas mujeres que pasan”; y entre las calles se despliega un “mapa del infierno humano”, en el que el que vagabundea se topa con “ojos que parecen pozos”, o “miradas que hacen pensar en las lluvias del fuego bíblico”. 

La ciudad de las revelaciones del dolor y la soledad escondida, hace recordar al escritor los cartones de Goya, con sus endemoniados, ahorcados, embrujados. El creador de las “pinturas negras” vio todo aquello “vagabundeando por las calles”. En ese punto, Arlt concluye que el universo está encerrado en las calles de la ciudad, cuya alma veía con ojos de callejero atento. Una forma de la mirada que podría hacernos más sabios, más tolerantes e indulgentes, con las muchas formas con la que cada uno arrastra el carro pesado de la vida. 

Y su propio carro el escritor ya no lo pudo empujar más entre las ochavas y avenidas de Buenos Aires, cuando el corazón lo traicionó en un latido final a sus 42 años, en 1942. Pero el que no se niega algo de fantasía en los ojos, quizá todavía lo pueda imaginar con su mirada despierta y solitaria en el Flores de los molinos de viento.

 

(*) Esteban Ierardo es filósofo, docente, escritor, su último libro La sociedad de la excitación. Del hiperconsumo al arte y la serenidad, Ediciones Continente; creador de canal cultural “Esteban Ierardo Linceo YouTube”. En mayo y junio dará cursos sobre filosofía y arte, y cine anunciados en página de Fundación Centro Psicoanalítico Argentino (www.fcpa.com.ar). 

(1) Todas las citas son de Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas, Bruguera, ciudad de Buenos Aires.