CULTURA
Entrevista a Tomas Abraham

Un viaje espiritual y lisérgico

Luego de casi una treintena de libros de ensayos, el filósofo argentino nacido en Rumania en 1946 acaba de publicar “La dificultad” (Random House Mondadori), una novela ambientada a comienzos de los años 60 en la que construye una historia vertiginosa que involucra al lector en sucesos que marcaron la vida colectiva.

Novelista. Tomás Abraham prefiere pensar su novela no como una autobiografía.
| Sergio Piemonte

A diferencia de muchos otros escritores que cada tanto nos regalan sus intrascendencias, su pasión fetichista –o militancia– del significante, Tomás Abraham corre con una ventaja: tiene algo para decir. Que no es poco. Si bien por momentos se excede en lo dicho –recuérdese la dicotomía de Flannery O’Connor– y puebla el texto de referencias e intertextualidades que, incluso cuando no las hay, se las sospecha, en gran parte de su primera novela, La dificultad, resiste –y hay, por cierto, varias huellas de esa resistencia– una de las grandes tentaciones a las que se enfrenta el filósofo que escribe literatura: la de aleccionar, o construir una diégesis en función de una teoría.
Con una prosa que no escatima metáforas, digresiones, ironías, y con una primera persona que alterna fugazmente con la tercera, lo que se narra en el texto es la historia de Nicolás: un niño rumano, judío, tartamudo, que vive en Flores hasta los 18 años, se va a estudiar a la Sorbona, experimenta con el hachís y los ácidos mientras estudia la teoría de las ideologías de Althusser (en París ya nadie habla de su querido Sartre), pasa un tiempo en Normandía, se instala otro tiempo en Tokio donde le diagnostican equivocadamente un cáncer, y regresa con el culo sangrante a una Buenos Aires cuyo ejido se debate entre los bongós de los hippies de Plaza Francia y los bombos peronistas de Plaza de Mayo.
A pesar de las evidentes coincidencias con su vida, Tomás prefiere pensar el texto no como una autobiografía o una memoria, ya que en esos géneros, dice, “todo pasa en la cabeza del autor”, sino como una novela –más adelante me dirá “novela de iniciación”–, puesto que “hay un personaje que se me parece, pero está tan en escena como cualquier otro personaje”. En este punto la charla se vuelve teórica: hablamos de narrador, de la construcción de un determinado tono, de quién se hace responsable de lo enunciado (por dentro pienso en Ducrot), pero la confusión persiste. Pasamos a otro tema, pero ya no sé si preguntarle por el personaje o por él, y a él cuando responde le pasa lo mismo, de modo que al final decide que le “importa un huevo quién habla”, si el personaje o él, y ya sin ese obstáculo narratológico la conversación fluye de otra manera. Ambos coincidimos en que no hay por qué dejar que la teoría literaria contamine el diálogo.
Estamos en su estudio del barrio de Palermo, sentados frente a una mesa amplia repleta de libros –veo por ahí uno sobre David Lynch, otro de

Kafka y otro de budismo zen– y rodeados de bibliotecas que cubren todas las paredes. Por ahí también anda la notebook desde la que trabaja desde las siete de la mañana hasta la una (no una y cinco: hasta a la una, aclara), momento en que almuerza mirando Estudio fútbol.
A mi izquierda hay un sillón marrón frente a una ventana. Por un momento imagino a Tomás tirado ahí leyendo. Le pregunto si lee por placer. “Yo no leo, yo sólo estudio”, me dice. “Todo es placer, pero es el placer del estudio, que implica una búsqueda. Yo ando buscando todo el tiempo materiales que me hagan pensar para lo que quiero escribir”, y lo que quiere escribir ahora, me cuenta, tiene que ver con el movimiento de los centros de poder hacia Asia, tópico con el que de algún modo retoma un proyecto de Nicolás: pensar la relación entre Oriente y Occidente. Así como La dificultad se detiene en el tránsito desde las sombras lisérgicas de la caverna hacia la superficie –y ése era, por cierto, el primer título: La caverna–, su nuevo proyecto aborda otro pasaje: el de los filósofos que dejan la filosofía –“no es que se muera la filosofía: se van los filósofos”, me dice– y se acercan hacia una especie de “resignificación espiritual”: algunos desde el maoísmo al judaísmo, otros desde el marxismo al islamismo, y otros –como el propio Nicolás– desde el althusserianismo al hinduismo.
Mientras lo escucho infiero que a Tomás le atraen los pasajes, el cambio. En algún punto es heraclíteo, como esa novia presocrática que se despidió de él en Tokio a través de una carta con una cita del Oscuro de Efeso: “Qué linda es la muerte, el vacío es necesario. Los ciclos se renuevan con el fuego que destruye”.

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Antes de apagar el grabador recuerdo, y se lo digo, que en su novela hay una impecable reconstrucción de algunos espacios (París de los 60, Buenos Aires de los 70), pero que no entendí por qué termina poco antes del regreso a la democracia, una vez que el personaje ordena su vida. La respuesta es contundente: “Porque en la superficie ya no hay nada que decir; hay que hacer”.
La frase me sugiere, entre otras cosas, una explicación a la cuestión de lo autobiográfico. Se me ocurre que cuando Nicolás sale de la caverna recibe el bautismo de la luz: las formas platónicas reemplazan a las lisérgicas y lo convierten en Tomás. Abandona los ácidos, forma una familia, se asienta en un trabajo, comienza con sus primeros escritos, encuentra un yo donde vivir. Construye, en definitiva, una caverna más apropiada para alguien que ha estudiado en la Sorbona.