sábado 21 de mayo de 2022
CULTURA entrevista a ÉRIC SADIN
08-05-2022 04:23

“Vivimos una ruptura civilizatoria”

Problematizador de las retóricas de los artefactos digitales y la realidad aumentada en la que estamos inmersos, el filósofo francés publica un nuevo libro en nuestro país. Bajo el título de La era del individuo tirano (Caja Negra), sus reflexiones obligan a pensar el lugar que ocupamos en un entramado salpicado por la lógica de las pantallas, los algoritmos y la voluntad individual sometida al credo de las plataformas.

08-05-2022 04:23

Durante los últimos diez años, más o menos desde la publicación de La humanidad aumentada (2013), Éric Sadin viene destacándose en el pensamiento contemporáneo como un filósofo de la tecnología que actualiza las características más notables de esta reciente rama de la filosofía, al menos desde los años 30 del siglo pasado: el análisis crítico del impacto y el significado histórico de la civilización tecnológica. En ese sentido, bien puede considerarse a Sadin como un heredero espiritual en la filosofía francesa de Jacques Ellul, autor de un libro ya clásico del fenómeno técnico en la sociedad moderna, La Technique ou l’Enjeu du siecle, publicado en 1954 y traducido al castellano con el título La edad de la técnica. Por entonces se denominaba “filosofía de la técnica” a lo que después, hacia finales del siglo pasado, se identifica como “filosofía de la tecnología”, en cuanto pasa a ocuparse de técnicas de base científica. Esta mutación del objeto técnico se percibe con claridad en la obra de Sadin, porque en ella estudia las tecnologías digitales.

Esto no quiere decir que los aspectos ontológicos, antropológicos, sociales, políticos y éticos del orden digital del mundo se soslayen o permanezcan al margen. Por el contrario, desde La silicolonización del mundo (2016) es evidente que Sadin problematiza los artefactos digitales con referencia al contexto económico e ideológico-político en el que se conciben, se constituyen y funcionan. En gran medida, lejos de una filosofía “ingenieril” de la técnica, se trata de una indagación que procura sondear y develar las consecuencias para la vida humana de la inteligencia artificial, las nanotecnologías, la robótica, la internet “de las cosas”, el smartphone, las herramientas digitales de uso diario. Esta tendencia del pensamiento de Sadin en el último libro publicado por Caja Negra, La era del individuo tirano, se ha acentuado, y en extremo. 

La entrevista que sigue se propone aclarar algunos de los conceptos y configuraciones de este libro, cuyas intensas páginas exploran la industria digital y las redes sociales como la superficie de emergencia de una nueva subjetividad individualista y ultraliberal, egocentrada y nihilista. Por esto mismo, con el fin de explicar el complicado vínculo entre tecnologías digitales e “individuo tirano”, Sadin responde acerca de la cultura neoliberal y la sociedad digitalizada, del efecto en los psiquismos, de la vigilancia y el control de lo digital, de cierto “estado de ingobernabilidad permanente” de las masas, del acceso dirigido a la información, de Facebook, Twitter e Instagram como divinidades digitales de la doxa. En resumen, sobre un quiebre civilizatorio de vastas proyecciones.   

—A fin de llegar a una síntesis provisoria de su último libro publicado en Argentina por Caja Negra, ¿se podría afirmar que la combinación de individualismo neoliberal y tecnologías digitales personales ha conducido a una sociedad atomizada y anómica?

—Vivimos un momento de extrema saturación respecto de un orden político y económico que rige desde hace cerca de medio siglo y que potencia en cada individuo la intención resuelta de no seguir padeciendo ninguna situación de brazos cruzados. Ese estado espiritual se ve estimulado por el hecho de que nos vemos equipados por un aparataje técnico que parece abrir nuevos márgenes de acción. Hoy en día, mucha gente se siente tironeada entre dos estados opuestos. Por un lado, constatamos que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, que somos objeto de presiones permanentes en el ejercicio del trabajo, que se nos enfrenta con situaciones cada vez más precarias. Por el otro, utilizamos tecnologías que nos facilitan la existencia, que nos permiten un acceso inmediato a la información, a la formulación de nuestras opiniones, y que nos dan la sensación de beneficiarnos con un aumento del propio poder. Esta tensión es explosiva desde el momento en que contribuye a que nos imaginemos como sujetos autárquicos replegados sobre nuestros instrumentos, que se supone que nos ofrecen un dominio mayor de las cosas y que a la vez liberan la expresión permanente de nuestros rencores. Esta sería “la era del individuo tirano”: el advenimiento de una condición civilizatoria inédita que nos muestra la abolición progresiva de todo umbral común para abrir paso a un hormigueo de seres que creen que han sido a tal punto engañados y traicionados que se remiten únicamente a su percepción de las cosas.  

—Pero en relación con los libros anteriores, algo ha cambiado de su enfoque respecto de la relación entre tecnología y sociedad. Ahora más bien se trata de la relación entre sociedad y tecnología, en ese orden. 

—En dos décadas, hemos vivido una inversión completa de nuestra percepción de las tecnologías digitales. De un entusiasmo inicial se pasó a una conciencia hoy en día marcada por la desilusión. Pero entre ambos momentos hubo un punto medio. Fue un período durante el cual se jugó lo esencial. Se trata del hecho de que, en los inicios de los años 2010, aparecieron sistemas que se empezaron a hacer cargo de nuestras existencias y que estaban dotados de capacidades interpretativas, así como de la facultad de hacernos sugerencias de todo orden. Primero fue con finalidades mercantiles, señalándonos, a lo largo de nuestros trayectos cotidianos, cuáles eran los productos o servicios que se suponían adaptados a cada uno de nosotros. Después se hicieron cargo de nuestra existencia con el objetivo de hiperoptimizar diversos sectores de la sociedad. Pienso por ejemplo en el mundo de la logística, en el que vemos cómo quienes trabajan reciben señales que les ordenan qué gestos deben ejecutar. Este es el hecho nodal cuya naturaleza analicé a lo largo de todos mis libros, así como la extensión de sus efectos. Sin embargo, todavía no lo vemos del todo, y considero que seguimos sin verlo bien, dado que nuestra preocupación sigue girando alrededor de la violación de nuestra vida privada, con total indiferencia respecto de los procesos de negación de la subjetividad que rigen dentro de una gran cantidad de sectores de nuestra sociedad. Nos alarmamos porque somos objeto de una vigilancia digital por parte de los Estados, cuando en verdad estamos bastante menos vigilados que en el pico que significaron los años 2012-2013, momento de las revelaciones de Snowden. 

—¿Cómo es eso?

—Denunciamos el 5G, mientras que no constituye sino una etapa suplementaria dentro de un largo proceso en curso. Habría que haber visto lo esencial en el momento en el cual todavía podríamos haber actuado al respecto. Hoy, en bastantes sectores, ya es demasiado tarde. Después de haber desarrollado ampliamente estos análisis, había llegado el momento para mí no solo de elaborar una crítica del tecnoliberalismo, sino también de invertir la lente focal, de algún modo, y captar los efectos sobre nuestras psychés del uso cada vez más asiduo de las tecnologías digitales.

—En su libro publicado en 1954, Jacques Ellul se refería a la técnica como el desafío del siglo. En una de sus últimas obras, el desafío, ya en otro siglo, se refiere a la inteligencia artificial. Ahora bien, considerando “La era del individuo tirano”, el desafío también parece que asume formas sociales y políticas asociadas con ciertas tecnologías.

—Desde inicios de los años 2010, no deja de repetirse que estaríamos asistiendo a un ascenso de los populismos. Esta grilla de lectura no me parece apropiada para analizar fenómenos que son inéditos. Porque quien dice populismo supondría, en principio, aspiraciones comunes y promesas enunciadas por figuras fuertes y que recibirían la aprobación de las multitudes. Ahora bien, hoy nos enfrentamos al advenimiento de una nueva condición del individuo contemporáneo. Por sus heridas, y en un momento de la historia en que siente la carga, década tras década, de un gran cúmulo de experiencias que culminaron en decepción, la mayoría de los individuos ya no cree en ningún proyecto colectivo. En ese sentido, las iras actuales abrevan menos en móviles ideológicos que en afectos subjetivos, que se expresan smartphone en mano y pretendiendo de ahora en más negar a quien sea que hable en nuestro nombre. Este nuevo ethos reparte de nuevo la baraja del pacto que tradicionalmente opera entre gobernantes y gobernados para hacer emerger lo que denomino un “estado de ingobernabilidad permanente”, que, en mi opinión, es lo que caracteriza con más propiedad la época en la que vivimos.

—¿Es posible que el neoliberalismo, como modelo de organización psicopolítica de las sociedades capitalistas, a su vez produzca tecnologías isomorfas o adecuadas a sus fines?

—Es que durante los “30 gloriosos”, la industria elaboró productos que sostenían el proceso de individualización. Fueron el automóvil, el camping, el magnetoscopio y otras tantas técnicas que daban la sensación de vivir según el propio capricho. Y hacia fines de los años 1990 aparecieron simultáneamente dos dispositivos que darían una envergadura completamente distinta a este movimiento: internet y el teléfono celular. Permitían una mayor movilidad, un acceso ampliado a la información y daban además la ilusión de poder actuar todavía más. La utopía de emancipación a través de las redes es una fábula. ¿Quién podía creer que, mediante intercambios en foros online, íbamos a liberarnos de nuestras alienaciones? En cambio, muy pronto se constituyó un mito: figurarse que, por usar estas nuevas técnicas, podríamos acceder a una mayor autonomía y valorizar mejor nuestro “capital humano”.

—Disculpe la pregunta: ¿por ejemplo?

—La “i” se volvía célebre en todas partes, como la iMac, consolidando la doxa del individuo autoconstruido. La gente retomaba las lógicas neoliberales pero de modo aparentemente cool y “liberador”. El smartphone amplió muy pronto el fenómeno al darnos la sensación de que teníamos el mundo al alcance de la mano y de que nos convertíamos en más actores todavía de nuestra propia vida. En 2066, la revista Time designa a “You” como el personaje del año. Cada uno de nosotros se transmuta en una fuerza emprendedora en la medida en que se beneficia de las herramientas digitales. El bucle se cierra sobre sí mismo: el tecnoliberalismo terminó engendrando un liberalismo de sí.  

—¿Cómo lo virtual, las redes sociales, los smartphones, pudieron transformar tan rápidamente la psicología de los individuos?

—Este es un punto capital. Solamente hoy entendemos hasta qué punto modificaron nuestras mentalidades, redefinieron nuestros vínculos con los demás y con gran cantidad de marcos que determinaban nuestras vidas en común. La razón es que estos sistemas tienen el don de habilitar una relación a la carta con la información, una construcción de los propios relatos, una expresividad continua, así como una experiencia más sencilla de lo cotidiano. Y en este punto han favorecido la constitución de un imaginario que se alimenta de una ilusión de autosuficiencia que no puede sino conducir a una distancia entre el conjunto común y uno mismo, concebido como dentro de una esfera propia y situada al margen. De ello se sigue la experiencia de una escisión que se vive subjetivamente, pero en una escala amplia y compartida. Es un fenómeno que contribuye a instaurar lo que denomino un “aislamiento colectivo”.

—Es interesante que para usted lo digital no ha contribuido a la emergencia de un “capitalismo de la vigilancia”, como afirma Shoshana Zuboff.

—Porque lo que caracteriza a la vigilancia es la recolección de información con finalidades vinculadas con el control disciplinario. Solamente los Estados recurren a eso. A la industria de lo digital le da igual espiarnos o no, más bien pretende penetrar en nuestros comportamientos, generalmente con nuestro consentimiento, con el único objetivo de balizar a la perfección el curso de nuestra vida cotidiana. Se trata, con más precisión, de un capitalismo de la “administración de nuestro bienestar”, dentro del cual no dejamos de acurrucarnos. No es el momento solamente de denunciar a los gigantes de lo digital, eso nos desliga de nuestra parte de responsabilidad; también tenemos que entender que nuestras prácticas generaron formas de sordera entre los diferentes componentes del cuerpo social, principalmente por el hecho de la enunciación ad nauseam de nuestras opiniones en las redes sociales.

—A propósito de este punto, el contexto de emergencia de las tres redes sociales históricas, Facebook, Twitter e Instagram, ya muestra esa tendencia a la explosión “ad nauseam” de la opinión. 

—Sí, estas redes generalizaron una relación inflada con lo real y con los demás. Tuvieron un gran despliegue a fines de los años 2000, momento en el cual la mayoría de la gente tenía la sensación de ser inútil y además de estar invisibilizada socialmente. Una plataforma permitió entonces exponerse ante los ojos de los demás al mismo tiempo que recibir salvas encantadas de aprobación mediante un pulgar en alto. Facebook funcionaba como una válvula de escape ante nuestras vidas lúgubres y sin márgenes. En el momento de la crisis financiera de 2008, que ratificó una desconfianza quizás definitiva respecto de las instituciones económicas y políticas, Twitter dio voz al resentimiento y a la ira. Lo hizo mediante fórmulas breves que favorecieron la aserción categórica y que pronto condujeron a una brutalización de los intercambios. En el momento en que la industria digital se abocaba a mercantilizar la totalidad de nuestras vidas, esta misma industria supo poner a nuestra disposición una interfaz destinada a forjarnos un aura simbólica. Instagram llevó a que se operara una estilización pública de la propia existencia en vistas a monetizar el propio poder de recomendación ante los propios “seguidores”. Finalmente, estas plataformas solo habrán contribuido a hacer valer la primacía de uno mismo, en completa oposición a la ficción de la “red social”.

—El movimiento MeToo, al exponer las lógicas sexistas, incitó a muchas personas a cuestionarse cosas que no se cuestionaban. ¿Pero no se suscita en el mismo movimiento una suerte de denuncia descontrolada que agrava la confusión?

—Vivimos el momento de una gran revancha, habilitada por las redes sociales, de individuos que ya no quieren padecer nada en silencio. #Metoo es exactamente eso: hay un orden injusto que persevera bajo la forma de una norma implícita, y que entonces puede ser expuesto gracias a las nuevas herramientas. El drama es que, después de aquellos momentos sanos de movilización, vimos cómo había personas que eran denunciadas con argumentos ad hominem. Esto provoca fenómenos de manada, gente indignada y que siente la obligación de demostrar empatía, compasión. Ciertamente hay un efecto regocijante en ver cómo la propia horda de followers nos aporta un tipo de apoyo. Los padecimientos requieren una reparación, y semejantes actos de acusación pública cicatrizan las llagas, al menos en superficie. Pero traen aparejada la idea de que mi sufrimiento es razón de todo, o de que funciona como verdad en desmedro de los procedimientos jurídicos que se supone que nos protegen de las lógicas del tipo vendetta. 

—La crisis del covid-19 nos hundió en una intermediación de lo digital cada vez mayor dentro de lo que usted denomina “telesocialidad generalizada”. ¿Con qué consecuencias?

—Entramos en una nueva era muy violenta de la globalización, la era de los servicios. La crisis del covid-19 probó que casi todas las tareas se pueden hacer online, a distancia. Las empresas se inclinan ahora a abandonar sus oficinas y solicitar trabajos puntuales. Oficios que no se pensaba que pudieran ser externalizados, como la experticia informática, la enseñanza, las tareas de secretariado, tambalean en la precariedad y asumen la forma del freelance. Hay que entender hasta qué punto esta crisis sanitaria agravó nuestro estado de “aislamiento colectivo” por el hecho del advenimiento de una telesocialidad cada vez más integral, de una sociedad del “sin contacto” en la cual la pantalla se convirtió en la principal instancia de cruce entre los seres humanos. Eso es lo que promete el metaverso, vivir un número cada vez más extenso de secuencias de la vida cotidiana a través de cascos de realidad virtual y de avatares, y corremos el riesgo de que pronto se nos imponga sin que haya habido ningún debate público al respecto. Vivimos una ruptura civilizatoria, y todas sus consecuencias van a representar desafíos sociales y políticos nodales de esta década.

Traducción: Margarita Martínez.

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