miércoles 01 de febrero de 2023
DEPORTES opinión

Aspirante a botinera

04-12-2022 04:40

La mujer detrás del gran hombre es una de esas ideas que mi madre aborrecía con fervor. Mucho antes de la relativamente reciente explosión feminista que atraviesa todo el mundo, me hablaba incesantemente de independencia, autogestión, realización personal y casi todo lo que podría englobarse en esa palabra, hoy tan de moda, “empoderamiento”. Lo de estar a la sombra o a la saga de un marido o novio era para ella blasfemo, atrasado, esclavizador y horripilante. Nada de andar haciéndole el aguante a un tipo, el aguante mejor reservarlo para una misma. Bastante caso le hice porque empecé a trabajar antes de terminar el secundario a fin de gestionar mi propia economía (quizás deseaba librarme de la dependencia de mi madre, más que de la de un hombre “proveedor” que no había llegado a mi vida, pero ese es otro tema) y a buscar una vocación autónoma, convencidísima de que el “cuarto propio” del que hablaba Virginia Woolf es un pilar para las mujeres contemporáneas, una llave para la felicidad. 

A partir de movidas como #niunamenos o el #metoo, el rol de las que han elegido transitar su existencia como “esposa de” fue puesto en cuestión, debatido y hasta censurado por activistas y referentes de los feminismos. El ideal de mujer se parece mucho más al de mi mamá que al de las mujeres que no dan la impresión de ambicionar otra cosa que ser pareja de un hombre exitoso, como un crack de fútbol. Cualquier chica que hoy pretenda ir a contramano de la empoderada, de la que vive –o cree vivir– según sus reglas, sin transar con las aspiraciones de un macho proveedor (ni complacerse de sus frutos), seguramente deba justificar tamaño anacronismo.     

De los mundiales de fútbol que llegué a ver, las esposas de los jugadores tienen un lugar top en mi memoria. De chica fantaseaba con ser una de ellas. Aunque mi mamá insistía con lo contrario, no lograba conceptuar el rol de novia, esposa o concubina de un crack como un lugar de exclusiva subordinación o, como dicen las lenguas viperinas, de mero interés económico. ¿Una mirada ingenua, desfasada, negadora de la realidad, ignorante? Tal vez, pero no podía evitarlo. Todavía, en cada Mundial, busco fotos y videos de esas mujeres cuya principal función a lo largo de la competencia parece ser estar a la sombra, sin mostrar ninguna otra cualidad personal que un aspecto en general atractivo que podría calificarse como otro premio más para los jugadores. 

Es que en cada Mundial me transformo, secretamente, en una aspirante a botinera. Me conecto con aquella adolescente que soñaba con ser escultural y voluptuosa como son muchas de ellas, con usar maquillajes, carteras y ropa como la de ellas y lucirlos en la platea mientras mi héroe hacía su magia. Tal vez sigo soñando con que las cámaras me tomen emocionada cuando mi hombre metió un gol, o incluso puteando cuando le erró; con besarlo y abrazarlo, todo chivado y magullado al final de la contienda; quizás todavía fantaseo, en última instancia, con hacerle el aguante y estar a su sombra o detrás de él. Que mi madre y los feminismos me perdonen, es solo una loca fantasía, un retroceso a una etapa de la vida en la que ningún delirio parecía impracticable. Solo dura unas breves semanas y no renacerá sino en cuatro largos años.

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