jueves 05 de agosto de 2021
DOMINGO libro
18-07-2021 03:29

Pandemia y sabiduría oriental

Cómo enfrentó Uruguay el desafío del covid.

18-07-2021 03:29

Fin de año nos esperaba, y acaso fuéramos ejemplo sin saberlo. El 24 de noviembre de 2020, habían pasado siete meses desde el comienzo de la pandemia en Uruguay, y varias cosas curiosas, muchas de ellas positivas, algunas otras tristes, habían sucedido en un país que, para sorpresa del mundo, no solo exhibía porcentajes de positividad llamativamente bajos, sino que no había visto desafiada la capacidad de sus CTI, en un momento en que Portugal, Italia, España y algunos estados de los Estados Unidos padecían las consecuencias de una nueva ola de covid-19, esa ominosa tormenta perfecta surgida en las entrañas de la dictadura china.

A 19 mil kilómetros de Wuhan, epicentro de la epidemia, me esperaba en su despacho de la Torre Ejecutiva el doctor Luis Alberto Alejandro Aparicio Lacalle Pou Brito del Pino, tal el nombre completo de quien se convirtiera en presidente de todos los uruguayos el 1° de marzo de 2020, en línea con el destino histórico de un Partido Nacional a cuya épica romántica han contribuido tanto los éxitos como las derrotas y los escollos.

Escollos como este, que a Lacalle le trastocó todos sus planes y lo obligó a recalcular para, pese a las dificultades económicas que la nación ha atravesado, exhibir primero resultados asombrosos, y después negativos, con un alto número de contagiados, de internados en el CTI y de muertos, pero también con un ritmo de vacunación que cuando escribo estas líneas, el 4 de junio de 2021, permite vislumbrar el comienzo del fin de un camino sinuoso y durísimo.

Sobre esos resultados dispares, sobre política, sobre filosofía, sobre Luis, la persona detrás del hombre público, y sobre el GACH, fue aquella entrevista que, debido a las circunstancias, se extendió en mayo de 2021, instancias en que el mandatario habló con la frontalidad que le es inherente.

—Carlos Pagni sostiene en el prefacio de “Todo un país detrás”: “Asombra la profesión de respeto hacia la iniciativa privada del presidente Lacalle Pou. El abrazo de Sanguinetti con Mujica. Y la inicialmente exitosa administración liberal de la pandemia. En este contexto, sobresale la iniciativa de haber enriquecido la decisión política con el saber de un grupo de uruguayos destacados, desprovistos de cualquier espíritu que no sea el patriotismo”. ¿Cómo evalúa usted esta experiencia novedosa de política que se respalda en la ciencia?

—Yo creo que acá se conjugan mucho el pasado y la tradición, o la costumbre nacional con un presente que tiene claramente esa noción cronológica temporal del aquí y el ahora, pero que mira hacia adelante. Y eso es parte del intercambio generacional, porque mi generación, no solo por un tema etario sino también por lo que nos ha tocado vivir en el mundo, es ese eslabón. ¿Por qué te hablo de la costumbre y de la tradición? Por la civilidad y la solidaridad de los uruguayos en los momentos de dificultad. Capaz que en otro país hubiera sido impensada la no cuarentena obligatoria.

—¿Por más que el presidente dijera “se hace esto”?

—Claro. Hay una máxima de gobierno que dice: “Nunca mandes lo que no estás dispuesto a hacer cumplir”. Y esto es un poco a la inversa, porque te amputaste una facultad y asumiste que iba a haber una concientización que provocara que el común de los uruguayos actuara de esa manera. Y lo hiciste justamente por una concepción filosófica, pero también porque estabas convencido de que había una forma de ser nacional que iba a ser consecuente. Y eso apela a una costumbre, a una tradición, a una solidaridad. Respecto de la convocatoria, hay que decir que en el “aquí y ahora” estábamos complicados. Había un grupo de hombres y mujeres que estaban gobernando, que no tenían todos los elementos y que, por ende, tampoco tenían todas las herramientas. Y en ese tiempo que sugería una urgencia vino la mirada hacia el futuro. Que es un futuro, ¿de qué? De gente que sabe mucho de alguna cosa, en un mundo de intercomunicación donde resulta más simple contar con un grupo de personas con determinado expertise que te ayude en una gestión de gobierno. Pero después hay un tema de índole personal que tiene que ver con lo que me preguntaste: yo no tengo complejo respecto a que otros sepan más que yo y me puedan ayudar.

—¿Usted cree que este tipo de experiencia puede ayudar a que no se instale en el Uruguay una grieta que favorecería a una parte en el corto plazo, pero perjudicaría a las dos en el mediano y largo plazo?

—Es que si hablamos de partes es porque asumimos que estamos partidos. Y yo no asumo eso, sino que hay fuertes discusiones ideológicas en la sociedad uruguaya, y que también hay diferentes aspiraciones de vida. Pero te diría que mi preocupación mayor no está en ninguno de esos dos elementos, sino que se basa mucho más en aquellos que nacen en la marginalidad y que no cuentan con las herramientas mínimas para poder tener un apego a determinada ideología y, además, un estilo de vida. Esa es la verdadera separación social. Y no tiene partido: sí tiene clase económica, sí tiene un estatus cultural, y sí tiene un enorme factor educativo y otro territorial. Todo eso combinado hace que, si vos ves el mapa del país, existan lugares y personas que no cuentan con la posibilidad de formar el común denominador de los uruguayos. 

—Gente que, por supuesto, no tiene tiempo para preocuparse por temas como la grieta. 

—Por supuesto. La grieta es un tema de los políticos, que muchas veces son ayudados por la intelectualidad o por los formadores de opinión. Pero esencialmente es un tema político, una táctica de concentración del poder. Por eso siempre digo que el que es seguro tiende puentes y el que es inseguro levanta muros.

—Respecto de la experiencia uruguaya, el prestigioso neurólogo argentino Conrado Estol ha dicho, refiriéndose al principio de la pandemia: “Ustedes premiaron el conocimiento. Y mientras que en Argentina nos enfrentamos a una orden legal de no salir que no se acató, en Uruguay la sugerencia gubernamental sí se acató”. Me gustaría preguntarle por dos decisiones que han sido muy aplaudidas, pero que en su momento hasta partidarios suyos criticaron: la decisión de no ir a una cuarentena obligatoria y la presencialidad plena y progresiva en la educación primaria.

—Mi madre me dijo una frase hace muchos años que en su momento hizo que pensara, como toda cosa que te dicen tus padres: “¿Qué utilidad va a tener esto?”. Y esa frase, que me ha acompañado toda mi vida, es la siguiente: “Una verdad dicha antes de tiempo se convierte en una herejía”. Ese es un dilema personal, sobre todo para un representante, que entre otras cosas llega a un lugar consiguiendo votos, y que después tiene que hacer valer esa representación. O sea: mis decisiones no son personales, sino que suponen que debo interpretar a la mayoría de los uruguayos. Ahora, cuando tenés una convicción muy profunda, como es la que yo tuve desde el principio con la no cuarentena obligatoria, anclado en el concepto de libertad más puro.…Y elegí ser un hereje.

—Eso es un poco contracultural.

—No podía hacer otra cosa, Pablo. No cabía en la circunstancia del país ni en mi conformación como individuo.

—En aquel tramo inicial, ¿usted solo hubiera cambiado de opinión si los resultados hubieran sido trágicos?

—Siempre tuve la íntima convicción de que no iba a ser así. Y la verdad es que cada vez que lo digo me emociona comprobar cómo los uruguayos actuaron en ese período. Esto no fue el gobierno. Lo que hizo el gobierno fue leer el ser nacional. Y lo que en realidad nos llevó relativamente bien ese primer mes, fundamental en todo el desarrollo de la pandemia, fue el Uruguay. Porque entre el 13 de marzo y el 13 de abril de 2020, el uruguayo, salvo el que debía hacer el peso y no tenía otra alternativa, bajó la cortina, se guardó, se amputó placeres, se amputó lo lúdico, se amputó deportes, se amputó la vida social: se amputó todo y nadie lo mandató. Así que no había otra manera. Ahora, con respecto al tema de la educación, los primeros que volvieron fueron, el 22 de abril del año pasado, los niños de las escuelas rurales. Después, en el mes de junio, y a lo largo de tres etapas, regresó el resto de la educación. Pero ahí el proceso fue más técnico y menos relacionado con una decisión vital, de esencia, como el no a la cuarentena obligatoria. Nosotros habíamos suspendido los espectáculos y las clases, entre otras cosas. Así que la recuperación de parte de esa vida tenía que estar basada en un asesoramiento, sobre todo cuando quienes iban a emprender el retorno eran los niños. Yo no les estaba diciendo a los jóvenes: Ustedes vayan a la facultad si quieren. No: había un estudio técnico que demostraba que los niños prácticamente no contagiaban. Y además las escuelas rurales están en las zonas menos densamente pobladas, donde el contagio del covid–19 es casi inexistente. 

—Usted habló de un concepto muy interesante, que es un poco herrerista, por la concepción del ser nacional, y un poco jesuítico, porque implica cierto discernimiento. ¿Viene antes la interpretación del sentir nacional y después la aplicación de políticas consecuentes, es al revés, o hay un camino del medio?

—Es un poco el tema del huevo o la gallina, porque vos sos representante y primer mandatario porque te mandatan a hacer cosas. Mi mandato originario proviene de 1997, cuando decidí dedicarme a la actividad política y empecé a adquirir conocimiento y compromiso. Así es que te comprometés con eso que conocés, con un proceso de cambio que vas elaborando y, en última instancia, con un programa de gobierno que tiene medidas, pero también una línea filosófica basada en la libertad, de manera tal que esa comprensión y ese compromiso debés llevarlos adelante cuando sos presidente de la República. Porque después de tanto tiempo conocés a tu pueblo. Y además le dijiste lo que ibas a hacer.

—Me emociona comprobar cómo los uruguayos actuaron, decía usted. Considerando que la realidad hoy es negativa pero multifactorial, ¿qué importancia le asigna a la campaña de vacunación, que propenderá a que la vida de tantos uruguayos se normalice?

—La campaña de vacunación ha sido y es muy buena desde el punto de vista de la organización, de la logística y de la actitud que ha habido a lo largo y a lo ancho del país en todos los vacunatorios. Además, ha sido sumamente importante que tantos uruguayos decidieran vacunarse. En su momento se discutió si hacerlo obligatorio o no, y nosotros apelamos una vez más a la responsabilidad de los uruguayos y a su solidaridad en esa libertad que todos buscamos y amamos. Imaginate que en Uruguay se vacunaba a un máximo de 20 mil personas por día y ahora estamos por encima de las 50 mil, con lo cual pienso que vamos a ser uno de los países más rápidos en terminar. 

—Poco después de que empezara 2021, usted amplió las restricciones por el empeoramiento de la pandemia. Sin embargo, estaba claro que no tomaría la decisión de ir a un lockdown, algo en lo que gran parte del Uruguay ha coincidido, y que probablemente hubiera acarreado consecuencias sociales y económicas trágicas. Pero ¿por qué no tomó medidas tendientes a reducir un poco más la movilidad, como el cierre parcial de los bares y restaurantes, con el consecuente auxilio del Estado, o la limitación de la vida nocturna? ¿Fue una decisión política, ideológica o puramente pragmática?

—Obviamente hay un tema ideológico, hay un tema de pragmatismo y, sobre todo, de la búsqueda del equilibrio que siempre hemos tratado de poner. Lo que nosotros hemos intentado es que las medidas tomadas tuvieran el efecto deseado y, al mismo tiempo, que no generaran efectos negativos sociales, laborales y económicos. 

—Cambiemos de tema. ¿Qué importancia tuvo el hecho de que tanto el gobierno como el GACH pidieran, cada vez que hablaron públicamente, que la pandemia no se politizara?

—Creo que fue un acierto, sobre todo por parte del GACH, que veía el asunto desde la ciencia y no desde la política, que no se politizara en el sentido de una competencia o de una dialéctica de buenos y malos, o de ponerse en contra. Otra cosa es la política de Estado, o las políticas nacionales, que era obvio e importante que permearan la discusión científica. Pero destaco esa no politización que tendió a que se evitara enturbiar algo tan relevante como el asesoramiento científico.

—Hay un tema muy importante, que es el timing, sobre todo el timing que uno no elige. Y para mí eso tiene que ver con la historia, en particular con la de un partido que ha estado décadas afuera del poder, perdiendo varias elecciones y ganando otras que no le fueron reconocidas. Pero la dinámica del gobierno imprime un vértigo muy grande que yo no le voy a explicar a usted. Y sin embargo, es interesante saber si alguna vez pensó, respecto de este momento de pandemia más crisis económica: ¿por qué nos toca esto?, ¿por qué a mí?, ¿por qué ahora?, ¿a esto se le llama providencia?”.

—Sí, es la tormenta perfecta. Pero no: la verdad es que pensamos si tenía que tocar, por suerte nos tocó a nosotros. Y eso no era en comparación.

—¿A pesar del agobio, que no es político sino humano?

—Es que no hubo agobio. Hubo adrenalina, hubo angustia, hubo incertidumbre, pero agobio no. Había tanta dedicación, tanto amor, tanta entrega puestos a la causa, que podían pasar dos cosas: o nos peleábamos todos y señalábamos lo malo de cada uno, o se generaba un vínculo virtuoso en el que todo el mundo sacaba lo mejor de sí. Y te estoy diciendo con esto que en ese momento no hubo ninguna función irrelevante. Y tampoco había domingos ni viernes de noche, porque pasamos jornadas de hasta 17 horas en Torre Ejecutiva con todo el mundo al pie del cañón. Acá la gente venía un domingo de vaquero y camisa a bancar.

—Presidente, usted sabe que ha habido un problema brutal de demanda, y que muchos países compraron vacunas que no han sido entregadas. ¿Cómo hizo el Uruguay para abastecerse de vacunas en un mundo en el que son un bien tan escaso?

—Uruguay se movió bien con el gobierno chino y con el laboratorio Pfizer. Queda feo hablar bien de uno, así que no lo voy a hacer. Pero llegamos en el momento adecuado a los contactos a los que había que llegar, el gobierno fue creíble, y pienso que el prestigio de Uruguay también ayudó mucho.

—¿Hubo algún condicionamiento geopolítico para la negociación?

—Por suerte no hubo ningún intento de condicionamiento. Pero si lo hubiera habido, el gobierno no lo hubiera aceptado en nombre de los uruguayos. Una vez que las posibilidades estuvieron arriba de la mesa, la verdad es que la negociación fue bastante simple y con reglas claras para ambas partes, sobre todo para el Uruguay, que es al que me corresponde representar y defender.

—“Solo lo vulgar se parece a todo; la contraescarpa de las nacionalidades reducidas la crean las costumbres propias, las ideas personalísimas, el localismo irreductible, un criterio nacionalista libre de la tutela vecina, con ella antagónico”. ¿Qué vigencia tienen estas palabras de Luis Alberto de Herrera, su bisabuelo, y de qué modo esa vigencia ha quedado demostrada en el Uruguay durante este proceso?

—(Ríe). En ese decir tan barroco, ¿no?

—Barroco y fino.

—Sí. A ver (hace una pausa). Los orientales, como me gusta decir a mí, son soberanos e independientes por decisión y a costa de muchas cosas, y además tienen una vocación de integración nata. Es decir que el nuestro nunca fue un nacionalismo refractario. Pero sí implica un claro apego al ser nacional, que desde el éxodo a la fecha se ha ido gestando con buenos tiempos y sobre todo con los otros, lo cual ha fortalecido el ser uruguayo, aunque este localismo nunca fue entendido como una reducción del mundo. Por eso la vocación nacionalista es integradora e inclusiva. Lo contrario sería tapar el sol con un dedo. 

—Una especie de nacionalismo exagerado, a lo Perón, no tendría sentido.

—No tiene sentido en el mundo moderno. Hay una canción que a mí me gusta mucho, de Larbanois-Carrero, y que dice: “Árbol sin raíces no aguanta parado ningún temporal”. Así que en este mundo tan globalizado, donde todo parece que fuera lo mismo y todos consumimos cosas similares, estar enclavado con noción de lo que sos en las tradiciones humanas, en lo que hace a tu tierra, a tus vecinos y al mundo, es lo que te termina por definir.

—Si la libertad responsable fue tan importante en 2020, ¿cómo llamaría la actual etapa de combate contra la pandemia?

—Convivencia solidaria, porque la libertad responsable era un espectro capaz que más amplio de conductas sociales… A ver si me explico: podías estar afuera de tu casa, pero la mayoría de la gente estaba adentro. O sea que salías solamente si debía salir, para hacer un jornal, para ir a estudiar o para buscar a tus hijos. Es decir que había una responsabilidad que condicionaba la libertad de cada uno. Porque a más virus, más gente enferma y con posibilidad de perder la vida. A más virus, menos trabajo, a más virus, mayor deterioro de la economía. 

—Es una solidaridad no proclamativa, entonces.

—Es que a mí no me gusta mucho proclamar estas cosas, porque si las proclamás y no se llevan adelante, carecen de sentido y se desgasta el concepto. Yo creo en la convivencia solidaria y en la libertad responsable, sin perjuicio de que la gente, por lo menos mayoritariamente, ahora sí le haya perdido el miedo al virus y ya tenga otra conducta respecto a la pandemia. 

—Dígame una cosa. ¿Por qué el GACH ha sido tan relevante para el gobierno?

—Porque ha sido una garantía de seriedad, de idoneidad, de objetividad y también de contrapeso de la política.

—¿Cómo es eso?

—Tiene que ver con la ciencia, porque la vida de la decisión es una vida de tensiones, no siempre entre lo bueno y lo malo y lo negro y lo blanco. Las tensiones, cuando son grises, son más complejas, y ahí entra la decisión política. Entonces, si a eso se lo ayuda, se lo complementa y se lo equilibra con la ciencia, la decisión que tomás termina siendo más robusta.

—Mientras en estos meses muchos dogmáticos de izquierda descubrieron que el capitalismo no es tan demoníaco, porque entre otras cosas permite que se desarrollen vacunas, otros dogmáticos de derecha que defienden escuelas de política económica perimidas en el mundo descubrieron que, cuando están en problemas, y muchas veces también cuando no están en problemas, los países del Primer Mundo, y muy especialmente Estados Unidos, apelan al keynesianismo. ¿Por qué le digo esto? Porque creo que es clave saber qué importancia ha tenido en su acción concreta el valor del pragmatismo.

—Creo que ha sido importante un pragmatismo que tiene un sostén ideológico, básicamente relacionado con la libertad, con la consideración de nuestra especie como una especie de convivencia solidaria. Yo siempre me peleé con el Hobbes que decía que el hombre es el lobo del hombre. Lo combatí en facultad y lo combato ahora. Porque creo en el ser humano como un ser positivo, que tiene como condición esencial el cuidado del otro, y que para cumplir sus fines más básicos, como procrearse, o más complejos, como jugar al fútbol o al Fortnite, considera a sus semejantes. 

—¿El idealismo sigue vigente en usted, o quedó enterrado?

—Sí. Y me alimenta. El día que perdés eso, empezás a morir un poco.

—¿Y quién es Luis Lacalle Pou?

—Una persona agradecida a la vida, que está en el lugar donde siempre soñó, y que espera el 1° de marzo de 2025 irse con la satisfacción del deber cumplido.

 

☛ Título: Todo un país detrás

☛ Autor:  Pablo Cohen

☛ Editorial El País 
 

Datos sobre el autor: 

Es un periodista y escritor uruguayo.

Publica artículos en varios medios de su país y la Argentina, incluyendo PERFIL, donde es un asiduo colaborador. 

Todo un país detrás es su décimo libro, y el sexto que Cohen publica junto al diario El País de Montevideo.