lunes 30 de enero de 2023

2023: ¿será el final de Bitcoin?

Se termina el año y una de las grandes lecciones en el terreno de la economía y las finanzas fue el cimbronazo que hizo tambalear a Bitcoin y las demás criptomonedas. Arranca el 2023 y este fenómeno que capturó la imaginación, y los bolsillos, de millones de inversores deberá demostrar si seguirá siendo una de las opciones preferidas a la hora de apostar con la mirada puesta en el futuro y lejos de las regulaciones.

31-12-2022 00:49

“Bitcoin ha generado ganancias todos los años desde que nació”. Ese era uno de los lemas preferidos de quienes querían convencer a otros de sumarse e invertir en la moneda digital más conocida. Si bien aquella afirmación no es cierta, dado que el 2018 tuvo una baja de precio entre las puntas, lo que sí es correcto es que este activo tuvo una excelente performance a lo largo de su historia. 

Sin embargo, este año será uno que los bitcoiners y otros criptofans querrán olvidar rápidamente. La debacle fue casi total: la moneda digital más conocida arrancó el 2022 cerca de los US$ 50.000 y ahora cotiza cerca de US$ 17.000.

Algunos, como el Banco Central Europeo en un reporte reciente, se preguntan si 2022 no será el punto de inflexión que marque el principio del fin para Bitcoin y las cripto en general. De hecho, Paul Krugman se preguntó para qué sirven las blockchain en una columna reciente que tituló “Blockchains, What are they good for?”. Su conclusión es que no sirven para casi nada y que, probablemente, vayan desapareciendo con el tiempo.

No debería sorprender el nivel de escepticismo que corre por el mercado respecto al ecosistema. En lo que va del año las criptos tuvieron muy malas noticias que no ayudaron a la “marca cripto”. 

Primero llegó la caída en desgracia de la stablecoin Terra/Luna, que habíamos anticipado desde esta columna. Claro, era una stablecoin con riesgo cripto, lo cual le quitaba toda gracia, y que estaba diseñada para fallar si se daba una corrida contra ese criptodólar al mismo tiempo que su colateral cripto bajaba de precio. En aquel momento definimos nuestra hipótesis, la cual sostiene que no se puede crear un criptodólar descentralizado y escalable a la vez. La falta de acceso al déficit fiscal de Estados Unidos lo impide. Si no, pregúntenle a los emisores de DAI, que debieron autorizar el ingreso de USDC, el cual hoy representa aproximadamente 50% de su respaldo.

La falta de regulación mostró el daño que pueden hacer los actores desleales

Por otra parte, con la suba de la inflación en el mundo llegó otro golpe para el ecosistema. Los bancos centrales respondieron subiendo las tasas de interés, lo cual generó que muchos inversores se retiraran del mercado cripto para generar renta en los mercados tradicionales. Rápidamente los emisores de stablecoins reaccionaron y buscaron formas de pagar intereses a sus depositantes. Si bien es algo que todavía está en pañales no sería raro que sea una realidad cada vez más cercana, especialmente si la Fed sostiene las tasas. Ya en agosto la autoridad monetaria de Estados Unidos publicó las guías para que los emisores de criptodólares accedieran a cuentas maestras en esa entidad.

Pero sin dudas el golpe (¿de gracia?) se dio con el escándalo de FTX, uno de los exchanges más grandes del mundo, que manejaba aproximadamente US$ 15.000 millones. La falta de regulación mostró el daño que pueden hacer los actores desleales que, además, tuvo repercusiones en operadores en nuestro país. De hecho, en una columna de octubre nos preguntamos si Argentina no se estaba convirtiendo en el “Far West Cripto”. Parece que mucho no nos equivocamos. Todavía se sienten los efectos en exchanges y empresas del ecosistema y no sería raro que aparezcan otros con problemas. Ande con mucho cuidado.

De todas formas, más allá de caídas de stablecoins, subas de tasas y desapariciones de proyectos como FTX, la pregunta que hay que contestar es la que hacía Krugman: para qué sirven las blockchains y, en particular, aquellas descentralizadas. Es una cuestión que venimos debatiendo desde esta columna. Allá por Junio nos preguntábamos qué podría ocurrir si Google o Facebook decidieran lanzar su blockchain centralizada y nuestra conclusión fue que el futuro será probablemente para aquellas blockchains descentralizadas que cuenten con una fundación que ayude a dirigir los destinos de la red y cuyo directorio sea elegido por los tenedores del token nativo.

Ya sabe el lector de esta columna que, a medida que pasa el tiempo, mi nivel de escepticismo respecto a Bitcoin no para de crecer. En octubre de este año expliqué que la filosofía detrás de la creación de esa moneda digital es un mito y que esa moneda en realidad no es más que un certificado digital similar a un objeto de colección cuya fuente de valor es la especulación pura. Si a eso le sumamos que el sostenimiento de ese sistema implica un consumo de energía similar al de un país, sería no sólo esperable sino también deseable que dejara de existir.

Pero que Bitcoin no tenga mucho sentido no implica que el resto de las redes no lo tengan. Es algo que expliqué cuando titulé “El precio del Bitcoin podría ir a cero: ¿y las demás criptomonedas?” El resto de las blockchain, aquellas que mediante Smart Contracts proveen un “servicio” a la comunidad, si tienen una “raison d’ être”. Si, además, se preocupan por no dañar al medio ambiente y volverse más eficientes, más aún. Es este el caso, por ejemplo, de Ethereum que en 2022 dio un paso fundamental en ese sentido cuando pasó exitosamente el “Merge”, dejando atrás la tecnología Proof of Work.

Claro, la red creada por Vitalik no está sola y tendrá amplia competencia de Solana, Polygon y Algorand, entre otras. Muchos son los que afirman que el futuro será multichain y que las redes se irán especializando. A mí eso me genera muchas dudas por el efecto redes y por el nivel de demanda necesario para que aquello ocurra.

De lo que no quedan dudas es que 2023 será un año en el que Bitcoin por un lado y el resto de las redes por el otro, deberán probar su valía y demostrar si llegaron para quedarse o si sólo fueron un experimento tecnológico que, más temprano que tarde, podría quedar en el olvido. Solo el tiempo lo dirá.

Publicado originalmente en El Economista