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EDUCACIóN /
domingo 14 abril, 2019

La vida de los otros

Nuevos procesos migratorios se presentan como una rima con aquellos que caracterizaron las oleadas de extranjeros en el siglo XX. En el contexto actual, las percepciones de los ciudadanos en cada país tienden a construir otredades desde el prejuicio y la distancia afectiva.

Leandro Bruni

Foto: Amanda Nero @UNmigration.
domingo 14 abril, 2019

Una de las características fundamentales del proceso evolutivo del homo sapiens fue el sedentarismo. La agricultura y la manipulación de piedras que tuvieron lugar hace 10.000 años permitieron asentarnos en diferentes regiones, desarrollando un fuerte sentido de pertenecía. Sin embargo, en pleno siglo XXI, los desplazamientos siguen teniendo lugar. Como señalan los datos de la ONU, en los casi 30 años que van de 1990 a 2017 la migración, es decir, el desplazamiento voluntario, ha sido una situación en constante crecimiento. El aumento, en el mundo, fue de casi 70%, mientras que en Sudamérica y en Argentina fue del 40% y 30% respectivamente.

Los extranjeros son parte de las sociedades y con su devenir la modifican. A nivel mundial, Estados Unidos es el país que más extranjeros posee dentro de su población: 50 millones en 2017. Sin embargo, estos representan el 15,3% de la población total del país, lo que lo ubica en el puesto 64 en un ranking de 236 países realizado por la ONU. A “mitad de tabla”, en el puesto 121, está Argentina con el 4,9% de población extranjera, un porcentaje similar al del año 1990.

El “espejo inverso” de los inmigrantes

Para nuestro país, frecuentar extranjeros por las calles no es una novedad, sobre todo en la cosmopolita Ciudad de Buenos Aires. Esto es así, tras haber recibido a miles de personas desde fines del siglo XIX hasta los masivos afluentes de mediados del siglo XX.

En el período que va de 1857 a 1930, 4 de cada 10 inmigrantes eran italianos y 3 de cada 10 españoles. De ahí que una gran cantidad de los bisabuelos o abuelos de quienes estén leyendo este artículo –dependiendo su edad- llegaron procedentes de dichos países. Con la incesante llegada de contingentes se fueron creando ciudades y regiones. Una de la más pobladas en la actualidad, el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), tuvo entre 1935 a 1945 más de la mitad de su crecimiento demográfico como producto de la migración (Rapoport en Historia económica, política y social de la Argentina).

Como puede observarse en el uso del lunfardo, la gastronomía, el lenguaje, y otros aspectos de la vida cotidiana, la inmigración es constitutiva de nuestra identidad nacional.

Como señala la Dra. en Ciencias Sociales, investigadora del CONICET y docente de Historia Argentina en la carrera de Ciencia Política de la UBA, Cecilia Míguez, “remitiéndonos a nuestra historia como Estado, aún persiste el mito de que la inmigración de la Europa pobre de fines del siglo XIX y principios del siglo XX fue bien recibida. La construcción de la identidad nacional de la Argentina moderna se basó en la dicotomía civilización o barbarie, en la exclusión de amplios sectores de la población local, y en el genocidio indígena. El fomento de la inmigración por parte de la denominada “Generación del 80” a través de la Ley Avellaneda, no necesariamente implicó una sencilla y amable recepción de los migrantes, pero eran la condición para consolidar el modelo de la dependencia exportadora en la Argentina, conocida por entonces también como “Granero del Mundo”. Así, “homogeneizar” fue la consigna, pero no solamente a través de las instituciones educativas, sino a través de leyes represivas, como la Ley de Residencia.”

“En la actualidad, la inmigración es menor en términos porcentuales respecto de aquella (alrededor de un 5% hoy, frente a un 30%). Sin embargo, al concentrarse en ámbitos urbanos, particularmente en la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires, adquiere visibilidad y fue instalada a partir de la década de 1990 como elemento discriminatorio. La aplicación de las políticas neoliberales vino con la mano de la criminalización de los migrantes, a quienes se responsabilizó desde la esfera pública por la inseguridad, el desempleo, la propagación de enfermedades como el cólera, y las dificultades del sistema de salud”, concluye Míguez, autora de Los partidos políticos y política exterior argentina (Ariel, 2013).

Como puede observarse en el uso del lunfardo, la gastronomía, el lenguaje, y otros aspectos de la vida cotidiana, la inmigración es constitutiva de nuestra identidad nacional. Pareciera ser que el hecho de tener un fuerte vínculo con esta experiencia histórica -la de haber abandonado un país de origen en búsqueda de mejor suerte en Argentina- debería sensibilizarnos respecto a aquellos que actualmente atraviesan una situación similar. Pero, por el contrario, se produce una suerte de “espejo inverso”, en el cual vemos la misma situación, pero con un reflejo distorsionado, reaccionamos de forma diferente. El recuerdo afectivo que sentimos por nuestros abuelos y bisabuelos extranjeros suele tener un correlato inverso hacia las nuevas oleadas inmigratorias. Lo que era sinónimo de sacrificio, esfuerzo, ganas de trabajar y la aventura por una nueva tierra, se expresa actualmente en algún grado de xenofobia, discriminación y soberbia.

Como puede observarse en el uso del lunfardo, la gastronomía, el lenguaje, y otros aspectos de la vida cotidiana, la inmigración es constitutiva de nuestra identidad nacional.

Según el relevamiento hecho por Latinobarómetro en 2017, para 5 de cada 10 latinoamericanos, hay un fuerte conflicto entre extranjeros y nacionales. En otras palabras, los encuestados perciben una tensión entre ambos, lo que no necesariamente se traduce en hechos objetivos, es decir, en conflictos concretos. Lo que tiene lugar es una diferenciación identitaria, conocida usualmente como el proceso de “otredad”. Estos nuevos procesos migratorios son vistos en términos negativos por un conjunto de la población, quien además encuentra resonancia en dirigentes sociales y políticos.

 

La construcción social de lo distinto

Según la publicación Perils of Perception 2018 (Peligros de la percepción 2018) de la reconocida encuestadora internacional IPSOS, la mayoría de los países sobreestiman la cantidad de extranjeros en sus territorios. En algunos casos la percepción es 30 veces más que la cifra objetiva. A nivel internacional, para los 28.115 encuestados en 37 países, los extranjeros representan el 12% de la población, pero la percepción de los ciudadanos es de 28%, es decir, más del doble que lo real. Incluso, en países como Colombia, Perú y Brasil, los encuestados de cada lugar sobreestiman su población extranjera local 30 veces más de lo objetivo, mientras que los argentinos, al igual que los chilenos, 28 veces. El extranjero no sólo es estigmatizado, sino que también es sobredimensionado.

Según la publicación Perils of Perception 2018 (Peligros de la percepción 2018) de la reconocida encuestadora internacional IPSOS, la mayoría de los países sobreestiman la cantidad de extranjeros en sus territorios. En algunos casos la percepción es 30 veces más que la cifra objetiva.

Atravesar las fronteras fue parte de la historia de la humanidad, aun cuando esas fronteras eran diferentes cada vez que fueron cruzadas. Lo social tiene el poder de crear aquello que es, pero que podría no haber sido. Tiene, incluso, el poder de persuadir a los ciudadanos y hacerles creer que lo artificial –fronteras, países, Estado- es natural. Entre otras, esa fue una de las funciones que desempeñaron las identidades nacionales, una de las creaciones más espectaculares de la humanidad, que vieron la luz en el siglo XIX. Como definió el célebre antropólogo Benedict Anderson, la nación es una comunidad política imaginada.

Entre los desafíos que plantea el siglo XXI está el conciliar las diferencias artificiales y ponderar los aspectos humanitarios que entrelazan nuestro devenir en el mundo y que nos permiten un crecimiento en conjunto.


*Politólogo y docente (UBA)

@leandro_bruni

 


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