26th de February de 2021
ELOBSERVADOR operaciÓn final
09-05-2020 00:51

A sesenta años de la captura de Adolf Eichmann en la Argentina

El 11 de mayo de 1960 un operativo especial del Mossad, el servicio secreto israelí, lo secuestró en la calle en San Fernando. Fue ejecutado en Jerusalén dos años después.

Julian Schvindlerman*
09-05-2020 00:51

El 23 de mayo de 1960, el primer ministro de Israel, David Ben-Gurion, dio un mensaje en el Parlamento que heló a la nación:

“Un tiempo atrás, fuerzas de seguridad israelíes descubrieron a uno de los más grandes criminales nazis, Adolf Eichmann, quien fue responsable, junto con otros líderes nazis, de lo que ellos llamaron ‘la solución final al problema judío’, es decir, la aniquilación de seis millones de judíos europeos. Adolf Eichmann ya está en la cárcel en Israel y pronto será juzgado en Israel bajo la Ley de 1950 para el Castigo de Nazis y sus Colaboradores”.

Eichmann había sido jefe del Departamento de Asuntos Judíos en la Gestapo desde 1941 hasta 1945. En 1942, organizó la infame Conferencia Wansee en la que se adoptó el programa del exterminio industrial de los judíos. Posteriormente supervisó la deportación de judíos europeos a los campos de la muerte, así como el saqueo de las propiedades que habían dejado atrás. Fue arrestado al final de la Segunda Guerra y confinado a un campo de prisioneros estadounidense, pero logró escapar hacia la Argentina con ayuda del Vaticano. Vivió aquí varios años bajo el nombre de Ricardo Klement, trabajando para Mercedes-Benz, hasta su captura el 11 de mayo de 1960 por parte de agentes israelíes. 

Captura en Buenos Aires. Juicio en Jerusalén. A comienzos de 1960 el servicio secreto israelí –Mossad– determinó que Ricardo Klement era en realidad el jerarca nazi Adolf Eichmann. Se armó un equipo de siete agentes –más el jefe del propio Mossad, Isser Harel– con el fin de ir por él. Peter Malkin fue uno de ellos. En 1990 publicó (en coautoría con Harry Stein) un libro de memorias sobre el operativo, titulado Eichmann en mis manos, que sirvió de base para la película Operación final estrenada en Netflix en 2018. 

Según ha narrado, Eichmann era un hombre de costumbres. Regresaba del trabajo a su casa de la calle Garibaldi en la provincia de Buenos Aires siempre por el mismo camino. El día de la captura, Malkin se paró frente a Eichmann y le dijo, “un momentito señor”, las únicas palabras que sabía en español. Eichmann se detuvo y dio un paso atrás. Forcejearon y ambos cayeron al suelo. Con la ayuda de otro agente lo metieron en un auto. ¡Ein Laut und du bist tot! (“un sonido y estás muerto”), le advirtió uno de ellos mientras conducían hacia el refugio. El jerarca nazi fue sacado clandestinamente de la Argentina en un vuelo de ELAL, la aerolínea de bandera israelí, drogado y vestido con uniforme de tripulación. Este había sido el mismo avión que transportó a una delegación israelí al país para participar de las conmemoraciones por el 150 aniversario del 25 de mayo de 1810. La cancillería israelí tenía la esperanza de entablar una línea comercial aérea entre Buenos Aires y Tel-Aviv, pero la operación del servicio secreto hizo trizas ese proyecto. 

A lo largo del juicio en Jerusalén se leyeron más de 1.200 documentos y se dio voz a más de cien testigos. Fue hallado culpable de crímenes contra la humanidad y contra el pueblo judío. Condenado a muerte, fue ejecutado en 1962. Aquella fue la única pena capital que ha aplicado el Estado de Israel. Sus restos fueron cremados y esparcidos fuera de las aguas territoriales israelíes. Su insignificancia en su papel de acusado llevó al premio Nobel de la Paz Elie Wiesel a mostrarse sorprendido. En sus memorias de dos volúmenes –Todos los ríos van al mar y El mar nunca se llena– escribe que hubiera preferido ver al oficial de las SS como un retrato de Picasso: con cuatro orejas, dos bocas y tres ojos, y no como el tipo de apariencia normal que veía. La filósofa Hannah Arendt, autora del polémico Eichmann en Jerusalén: un informe sobre la banalidad del mal, quedó igualmente decepcionada: en unas cartas escritas desde Israel, lo caracterizó como “un fantasma en una salsa espiritualista”, y, tras verlo estornudar por un resfrío dentro de la cabina de vidrio antibala, le pareció excesivamente regular.

 

Tensiones diplomáticas. El gobierno de Arturo Frondizi mantenía buenas relaciones con el Estado de Israel al momento del incidente Eichmann, el cual significó una operación secreta dentro del territorio nacional de una nación aliada. El gobierno argentino reaccionó airadamente: exigió el inmediato retorno del nazi a la Argentina, llamó a consultas a su embajador en Tel-Aviv, declaró persona no grata al embajador israelí en Buenos Aires, y presentó una protesta ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Este órgano adoptó una resolución que condenó a Israel por violar la soberanía de la República Argentina y causar fricción internacional al secuestrar al jerarca alemán y pidió el pago de reparaciones. En los meses siguientes, Argentina votó en contra de los intereses de Israel en el foro de la ONU.

Al mismo tiempo, el gobierno argentino comprendía que no podía ir demasiado lejos con su queja pues, al fin y al cabo, había estado cobijando a uno de los más altos oficiales nazis prófugos de la Justicia internacional por el crimen de comisión de un genocidio. Al poco tiempo las aguas se aquietaron. En agosto, ambos gobiernos emitieron un comunicado conjunto, publicado en Buenos Aires y Jerusalén, en el cual Israel se disculpaba por haber violado la soberanía argentina y Buenos Aires declaraba que la crisis estaba superada. 

El rebrote antisemita. Ese mismo año, la comunidad judía marcaba el centenario de su nacimiento en la Argentina, efemérides que se vio empañada por el affair Eichmann. Los elementos ultranacionalistas sacaron provecho de la ocasión para atacar a los judíos, aun cuando estos se habían enterado del operativo por los medios de prensa. “Los dos años entre el secuestro de Eichmann en mayo de 1960 y su ejecución en junio de 1962 fueron los más duros que los judíos de Argentina tuvieron desde el pogromo de la Semana Trágica en enero de 1919”, escribió Raanan Rein, profesor de la Universidad de Tel-Aviv especializado en historia argentina. La veloz resolución diplomática entre los gobiernos no tuvo un correlato en el plano doméstico. En su libro Argentina, Israel y los judíos: desde la partición de Palestina hasta el affair Eichmann, Rein señala a tres actores centrales de la ofensiva antisemita de la época: el Movimiento Nacionalista Tacuara –liderado por Alberto Ezcurra Uriburu, un oligarca católico descendiente del general golpista José Félix Uriburu–; Hussein Triki –el representante tunecino de la Liga Árabe en Buenos Aires, a la vez colaborador del muftí palestino Haj Amín al-Husseini durante la Segunda Guerra Mundial en su gesta filonazi– y la Guardia Restauradora Nacionalista. En una conferencia de prensa ilustrativa del ánimo de la época, Ezcurra se manifestó contrario al “imperialismo marxista-judío-liberal-masónico-capitalista”, afirmó que él y su gente eran “enemigos de la judería” y aseguró que “en esta lucha tenemos mucho en común con Nasser”, el presidente egipcio. Por su parte, Triki pretendía “esclarecer la ilegitimidad, violencia y carácter colonial e imperialista del movimiento sionista”, según detalla Juan Luis Besoky en su tesis doctoral para la Universidad Nacional de La Plata, La derecha peronista: prácticas políticas y representaciones (1943-1976).

Publicaciones nacionalistas como Cabildo, Pampero y Azul y Blanco (sus editores se fastidiarían bastante al enterarse de que hoy un partido político israelí lleva ese nombre) acusaron a los judíos argentinos de doble lealtad. “En Israel”, anunció una de ellas, “hay menos judíos que en nuestro país” (el tamaño de la judería argentina equivalía al 2% de la población nacional de la época). Instituciones judías sufrieron actos vandálicos, estudiantes judíos fueron atacados a tiros en una escuela secundaria, dirigentes judíos recibieron amenazas telefónicas y –en una agresión particularmente impactante– una joven judía fue secuestrada, torturada y abandonada con una esvástica grabada en el pecho. La policía federal y el gobierno nacional (ahora liderado por José María Guido) se vieron forzados a actuar bajo las protestas de la comunidad judía, la indignación de la sociedad en general y la presión extranjera.    

   

La luz al final del túnel. Durante la década de 1950, Argentina rechazó pedidos de extradición de varios países europeos concernientes a prófugos nazis que habían hallado refugio aquí. Josef Mengele desapareció luego de que la República Federal Alemana solicitara su extradición a Buenos Aires. A la luz de estos precedentes en mente, el gobierno israelí autorizó la operación de captura de Eichmann, cuyo secuestro ocurrió apenas dos días después de que ambas naciones habían firmado un tratado de extradición (todavía no ratificado por el Congreso y no aplicable al caso de Eichmann por varias razones). Al llevar a cabo una operación clandestina en su territorio, Israel había lesionado los lazos con la Argentina y había herido su orgullo patrio en el mes de su 150 aniversario. A la vez, Argentina había permitido residir en su suelo a criminales de guerra nazis responsables del genocidio de seis millones de judíos ocurrido apenas una década y media atrás. Ambos países, no obstante, querían preservar sus relaciones diplomáticas y así el vínculo sobrevivió al controvertido episodio.

*Profesor titular de Política Mundial en la carrera de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo.

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