viernes 07 de octubre de 2022
ELOBSERVADOR la muerte de José Eduardo dos Santos

Angola: corrupción y autoritarismo

Es el país del mundo que más tiempo ha sufrido la guerra en nuestra era. De la lucha por la desconolización de los años ‘60, hasta la guerra civil que terminó en 2002, con un largo régimen autoritario que “patrimonializó” el poder.

20-08-2022 03:00

La historia en varias latitudes africanas se repite en el siglo XX y sus ecos llegan al presente. Líderes combativos e idealistas, cercanos a las ideologías liberadoras del pasado, luego devenidos tiranos en época de paz y amasadores de inmensas fortunas, compartidas con familiares, y siempre a costa del erario público. José Eduardo Dos Santos, uno más del club, murió a los 79 años en una clínica privada de Barcelona el 8 de julio pasado. Internado en estado muy grave a finales de junio, una de sus hijas denunció la posibilidad de haberse consumado un homicidio. Como sea, el apodado “arquitecto de la paz”, con un gobierno de 38 años (1979-2017), fue una de las figuras en el poder con mayor permanencia de la historia mundial reciente y pieza clave en allanar el fin de la guerra civil en la nación de África austral, lograda en 2002. De promotor de la confrontación hasta constructor de la paz pero a un alto costo económico y social.

La contienda local comenzó en 1975, al poco tiempo de ser declarada la independencia, ya que una vez conseguida esta última, a eso siguió la disputa por el reparto del poder entre las facciones angolanas en pugna durante la guerra contra Portugal. Una de estas, el Movimento Popular de Libertação de Angola (MPLA), de carácter marxista-leninista y contando con apoyo internacional soviético y cubano, se anotó la victoria pero su gobierno fue resistido por la principal agrupación enemiga, la União Nacional para a Independência Total de Angola (Unita), que contó con el respaldo central de la Sudáfrica del apartheid y de los Estados Unidos, hasta que en 2002 la caída en combate de su líder Jonas Savimbi sentenció el final del enfrentamiento. La contienda civil, desde una marcada “guerra caliente” inscrita en la dinámica del mundo bipolar, viró hacia una aventura bélica de saqueo y aprovechamiento egoísta de recursos naturales por parte de todos los actores en juego. Desde el primer momento el MPLA fue resistido. El primer presidente, Agostinho Neto, médico, activista y poeta, falleció en 1979 y fue sucedido por su segundo, Dos Santos, un ingeniero formado en la Azerbaiyán entonces soviética y, también como militar de jerarquía, un aprendiz de Moscú.  

Aunque la explotación petrolera sirvió en parte para financiar cierta recuperación nacional, con un aumento de la producción que superó el 17% anual entre 2004 y 2008, empero el país quedó sumamente empobrecido luego de 2002, de modo que lo más básico, como el agua potable, debía ser importado, además de la pérdida de cerca de 1,5 millón de vidas. Pese al dato petrolero, a comienzos del siglo actual Angola selló su dura impronta, al convertirse en el país de mayor mortalidad infantil del mundo, con una esperanza de vida de tan solo 38 años y con el 70% de sus 14 millones de habitantes viviendo bajo la línea de pobreza en 2006, realidad que ha mejorado años más tarde pero que no dista de ser problemática (32,3% en 2020, Banco Mundial), ubicado en una no tan buena posición en el Índice de Desarrollo Humano (0,58, 148/189, ONU 2019) así como no mucho mejor en términos de corrupción (136/180, Transparencia Internacional 2021). Sin embargo, el país surafricano es rico en recursos naturales, entre los que sobresalen el petróleo (segundo productor africano) y los diamantes, en parte soportes de la continuidad de la guerra pero también depredados por la familia Dos Santos, la cual construyó un verdadero imperio económico frente a una nación sumida en índices de pobreza vergonzantes. La familia en el poder propició lo que se puede llamar un “capitalismo depredatorio”.

Frente a la protesta, la respuesta oficial siempre fue acallar y someter a la población pese a basar el discurso de las bondades de su gobierno en una retórica socialista e incluir el monopartidismo, como prueba de un consenso (si bien muy cuestionado puertas afuera), por varios años, hasta iniciada la década de 1990 como sucedió en buena parte de África. En materia de silenciamiento de la oposición, destacan sendas represiones en 2011 y 2015. En esta última el gobierno arrestó a 17 activistas de derechos humanos y se les acusó de rebelión. El hostigamiento a la prensa fue habitual. 

El régimen Dos Santos muestra lo que los autores y africanistas Chabal y Daloz evidencian acerca de varios gobiernos africanos, la neopatrimonialización del poder. En otras palabras, el presidente angolano actuó de una forma tradicional en la lógica de los Estados postcoloniales africanos, no disruptiva en el sentido de lo que se pudiera entender en Occidente, al convertir la “caja” del Estado en una suerte de prebenda familiar. Según el FMI, entre 2007 y 2010 se esfumaron al menos unos u$s 32.000 millones de los ingresos petrolíferos, por lejos la principal fuente de riquezas para la muy castigada economía nacional que reporta el 90% de sus exportaciones con origen en el petróleo.

Por caso, Isabel Dos Santos, su hija mayor, ha adquirido fama al ser rankeada como la mujer más rica de África, producto de un enriquecimiento del cual alega que fue por su esfuerzo personal y dedicación a los negocios. La nacida en Baku, capital azerí, logró construir un patrimonio personal que trasciende las fronteras de Angola. Además de haber sido asignada por su padre a la dirección de Sonangol, la petrolera nacional, obtuvo acciones en otras empresas locales y de la exmetrópoli (sin contar decenas de compañías con propiedades en varios otros países, compartidas con su marido congoleño). En 2014 el patrimonio de la denominada “princesa” y también “DDT” (“dueña de todo eso”) ascendía a u$s 3.700 millones, según Forbes. En resumen, esta mujer labró su fortuna por medio del sistema cleptocrático diseñado por su progenitor. A la salida de su padre del poder, la empresaria comenzó a ser investigada al igual que el resto de la familia por la forma sospechosa de enriquecimiento en los años en el poder del clan Dos Santos. Si se compara su riqueza personal con el monto citado arriba, la “princesa de África” ha sufrido pérdidas, luego de darse a conocer su corruptela, como fuera publicado en los Luanda Leaks (2020), entre otras denuncias y procesos locales e internacionales que resultaron en el congelamiento de activos.       

Legado y ¿cambio de dirección?

A comienzos de 2017 José Eduardo anunció que no sería candidato presidencial ese año luego de más de 35 años de gobierno ininterrumpido. Sin embargo, frente a la ausencia de reelección, el MPLA continúa monopolizando la política angolana tras 47 años. Su sucesor designado a dedo, João Lourenço, triunfó en los comicios con amplia diferencia (61,08%, frente al 26,68% de la Unita) aunque a la baja si se compara a los resultados anteriores, y la acostumbrada crítica externa bajo la acusación de manipulación electoral. 

Ni bien asumió, Lourenço, presentándose como un campeón de la cruzada anticorrupción, prometió un cambio de rumbo para distanciarse de los pasos del mandatario saliente. A ese propósito, su política más importante fue el avance contra el patrimonialismo de la familia Dos Santos. Por caso, depuso de la dirección de Sonangol a la hija de su antecesor y su medio hermano, José Filomeno, fue investigado y detenido por robo de dinero del fondo de riqueza nacional, por lo que desde 2019 se encuentra cumpliendo sentencia penal. Fundamental, Lourenço cargó contra su predecesor y la familia alegando hechos de corrupción por más de u$s 24.000 millones del tesoro público, fondos desviados a las arcas familiares y que esperan su restitución total.

No obstante, Dos Santos no se retiró completamente de escena y continuó con peso en el MPLA. La pregunta prevalece: ¿es posible superar el legado de miseria y autoritarismo de la prolongada era anterior? Al respecto, están previstas elecciones generales en Angola a finales de agosto. El partido gobernante denota una caída progresiva de votos, del 71,8% de 2012 a unos 10 puntos de pérdida de sufragios en un lustro. Los escándalos de corruptela revelados tras la gestión Dos Santos no son gratuitos. Pese al recambio de imagen presidencial desde 2017, el MPLA vive azotado por sus fantasmas del pasado reciente y esas penurias inciden en las previsiones electorales para agosto: según algunas encuestas, la Unita estaría acortando considerablemente la diferencia del 35% a favor del oficialismo de 2017. 

El Afrobarómetro indica que en Luanda sería aplastante una victoria de la oposición y que a nivel nacional el MPLA, al achicarse la distancia entre ambas fuerzas, podría perder su actual mayoría parlamentaria. En todo caso, un eventual triunfo de la Unita, que presentará al candidato Adalberto Costa Júnior en un frente opositor unificado, sería un recambio político trascendental en casi medio siglo de historia independiente bajo predominio del partido de Dos Santos, con Lourenço buscando la reelección.

En la denuncia del presunto asesinato del exmandatario, durante su permanencia hospitalaria española, se sospecha de la implicación del actual presidente. En suma, las investigaciones y medidas que recaen en integrantes de la familia denunciada, desde el lado acusado se conciben como ejemplos de persecución política. Todo muy turbio en una Angola que busca mejoría, pese a algunos progresos, pero tras más de cinco años en recesión, con una sequía galopante, y una población bastante cansada.

*Historiador africanista y consejero consultivo de CADAL (www.cadal.org).

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