miércoles 28 de septiembre de 2022
ELOBSERVADOR arte argentino

Carlos Nine: con boleto de ida y vuelta

Carlos Nine, fallecido en 2016, talentoso ilustrador y caricaturista, tuvo una carrera como historietista ignorada en su país, pero no en el exterior. La editorial Hotel de las Ideas busca corregir eso con la publicación local de uno de sus trabajos fundamentales: Fantagas. Su hijo Lucas, autor y dibujante como su padre, da los detalles.

27-08-2022 03:03

No es raro que Argentina produzca cosas que son más valoradas, consumidas o conocidas afuera que en el interior de sus fronteras. Ocurre con recursos naturales y productos de todo tipo, pero también con cuestiones que pertenecen a la órbita de lo cultural. Obras y artistas que exportamos aún sin saberlo y que son celebrados por públicos que, tal vez, ponen evidencia nuestras omisiones y descuidos. Carlos Nine, fallecido en 2016, es uno de ellos. Recordado por su talento como ilustrador y caricaturista –dibujó la tapa de la emblemática revista Humor por más de una década–, cuenta con una carrera autoral como historietista prácticamente ignorada en su propia tierra, pero editada con continuidad en el exterior. La editorial Hotel de las Ideas pretende corregir esta situación con la publicación local de uno de sus trabajos fundamentales: Fantagas. Lucas Nine, autor y dibujante como su padre, y Nicolas Lebedel, editor francés de ambos artistas desde hace 16 años, dieron detalles sobre el libro que, finalmente, llega al mercado nacional después de tanta espera.

—¿Cómo fue la génesis de este libro? Pudiste verla de primera mano, ¿no?

—Claro, yo tenía unos dieciocho cuando el viejo lo hizo, por 1993-94, así que andaba por ahí. Cascioli había retomado las tapas de Humor, de manera que la entrada principal de la casa se venía abajo; y Carlos empezó a pensar seriamente en el mercado exterior. Con un extra: estaba harto de la caricatura, quería realizar sus propios proyectos. Ya había publicado en Francia su Crimen y Castigo. Se trataba de material recopilado de la Fierro, que allá había sido visto como una extravagancia genial y que se había movido por un circuito especializado, pequeño. En esa época, no había internet y los franceses se preguntaban de dónde había salido este coso, al que creían español y cómo era que no lo conocían antes. Delcourt, una editorial grande, estuvo interesada en publicar algo suyo, pero se necesitaba algo más contundente como continuación. Así que el viejo estaba a la pesca de ideas. En casa había algunos objetos dando vuelta, unas cosas que dejó un amigo que se fue de viaje: un sombrero bombín, entre ellas, al que nuestra gata blanca siempre estaba merodeando. La combineta del bombín y la gata, sumada a un descorchador viejo que pasó por el lugar (elementos bastante heterogéneos que, de alguna manera, se alinearon en su mente), sugirió el tema del libro, un eje visual: esa parodia de París hecha a base de elementos de cocina, tazas viejas, basura. El descorchador como una Torre Eiffel. Ahí hay algo bien argentino, me parece. Pienso en París y, como estoy lejos, lo recreo con lo que haya en el cajón de la cómoda. La miniaturizo, como a esas ciudades de Kripton que Superman había metido en un frasco. Primero empezó trabajando la cosa con acuarelas; después se dio cuenta que no llegaba con los plazos de entrega y se pasó al pastel. De manera que el libro es también un tour de force por las técnicas que Carlos dominaba como nadie. Recuerdo haber armado los globitos del texto, pegados en un acetato aparte para no joder los originales, que eran increíbles. Todo esto antes del uso de las computadoras.

—¿Por qué es fundamental este libro dentro de la carrera de Carlos Nine? 

—Fantagas es el primer libro de Carlos Nine concebido como tal y no pensado como una recopilación de material publicado por entregas para otro medio (es decir, la revista Fierro, primera época, donde Carlos publicó casi toda su producción anterior). También es su primer libro pensado específicamente para Francia. Lo que no quiere decir que haya tratado de dibujar un libro francés: Fantagas es intrínsecamente argentino. Sus personajes se mueven en una parodia de la Francia finisecular (la de Fantomas, la de Rocambole) que está construida con detritos, con restos de basura. Es la visión argentina sobre Francia, una visión corrosiva, distorsionada. Y hay que decir en honor de los franceses que se bancaron el juego como unos caballe-ros. Vaya uno a venderle a los ingleses una visión distorsionada de Inglaterra, y encima salida de la Argentina.

—Contame un poco sobre el contenido de los originales. ¿Qué va a encontrar el lector de “Fantagas”, además de dibujos increíbles?

—La trama es un folletín clásico, una parodia del policial deductivo mechado con esos relatos de criminales fastuosos a la Fantomas. El Inspector Pernot (básicamente, un bombín con patas) es un detective alcohólico que se mueve en una ciudad fantasmal donde todos los edificios y monumentos remiten de algún modo a su pequeño vicio. Persigue a un criminal diabólico llamado Fantagas, con quien tiene más de una cosa en común, aunque, claro, en su camino se interpondrá Siboney, la gata asesina. Pero le diría al lector que sobre todo se prepare: los objetos en Fantagas tienen vida propia. Por ejemplo, el sillón Luis XV, que aguarda en el recibidor del Inspector, será el protagonista y narrador de la segunda parte, un drama de grand guignol con implicancias judiciales.

—¿Cómo fue recibido el libro en Francia?

—Como otra extravagancia genial (risas). Fue bastante más leído que Crimen y Castigo, era más accesible, pero seguía siendo el producto de un autor para minorías; gente con cultura visual, que pueda pescar las referencias. El chiste es que en Francia esa gente constituye un público, que, aunque no masivo, puede sostener un producto. Pero con Fantagas pasó algo raro: se siguió leyendo, y, de hecho, con el correr del tiempo, se empezó a leer más, invirtiendo la norma que indica que un libro de historietas allá tiene una vida útil de tres meses y a otra cosa (la producción es colosal, y el material se renueva constantemente). Yo creo que esto se explica fácil: el libro estándar de 1994 se pone viejo en unos pocos años, uno lo ve y la fecha, la estética del momento, saltan como impresas con letras de fuego. Fantagas, en cambio, vive fuera del tiempo. Por eso el libro no paró de reeditarse o los editores de una de las reediciones pidieron una continuación, Siboney, que salió en 2008, y cuya inclusión en el volumen que acaba de editar Hotel de las Ideas es lo que hace que lo llamemos “integral”. Pero yo diría que el impacto más evidente de Fantagas fue a nivel gráfico: los dibujantes franceses acusaron recibo, como había pasado antes con José Muñoz y, en menor medida, con Alberto Breccia.

—1994, 2008, son años lejanos. ¿Cómo se explica que recién salga ahora en la Argentina?

—Se explica por el desconocimiento que tenemos de nuestros propios autores. Pensá que Carlos ganó el premio más importante que los franceses pueden darle a un libro con Saubón, en el Festival de Angouleme del 2001, y el libro acá salió publicado recién en 2017. ¡Unos 16 años más tarde! Tiene que ver también con la función subordinada que solemos darle a la historieta, y en general, a cualquier tipo de propuesta ligada a lo gráfico, después de la muerte de las revistas. Una lástima, si tenemos en cuenta que acá tuvimos a autores editores como Quinterno, Divito, Landrú, Columba, etc. En general, la historieta ahora quedó reducida a una cosa que se pone para decorar las contratapas de los diarios (cuando se pone), donde es preferible que no moleste, empezando por el nombre del autor, que no debería insumir más de tres letras. O que puede perdonarse en la medida que sirva a causas más nobles y serias, que gene-ralmente vienen subvencionadas de manera que por la misma plata se saca el libro, las reseñas, y hasta alcanza para el premio de regalo. La llamada “historieta culposa”. Pero este terreno de las definiciones es resbaladizo, si no tenemos cuidado vamos a terminar diciendo que la historieta argentina es un sentimiento triste que se baila (risas).

 

Nicolas Lebedel, editor de Les Rêveurs

Un homenaje y un agradecimiento 

—En 2006, reeditó Fantagas y dos años después, la continuación, Siboney. ¿Cómo surgió la idea de hacer una segunda parte?

—El punto de partida de Siboney, la secuela de Fantagas, es nuestra nueva edición publicada en 2006. Nos había impresionado en su primera edición, publicada en francés por Delcourt en 1995. Mientras tanto, el libro estaba agotado y Carlos había recuperado los derechos del mismo. Le dijimos que queríamos proponerle una nueva edición de Fantagas, lo que aceptó inmediatamente. ¿Quizás ya tenía una idea para una secuela? A Carlos le gustó nuestro trabajo, y en 2006 nos propuso hacer un segundo volumen. No había terminado aún con los personajes de Fantagas y Siboney. Esta secuela es una delicia para los ojos, su línea ha evolucionado, y aunque este segundo volumen fue dibujado 12 años después de Fantagas, sigue habiendo una fuerte cohesión entre los dos libros.

—En 2017, reunió ambos volúmenes en Fantagas integral. ¿Qué impacto cree que tuvo el libro en Francia?

—A principios de 2016, le propusimos a Carlos que Fantagas y Siboney se reunieran en un mismo volumen y en una bonita edición de tapa dura. La idea era volver a sacar a la luz este libro, que supuso un auténtico hito en la carrera de este autor, para darla a conocer a los lectores más jóvenes, pero también a los aficionados que aún no se habían adentrado en su obra. Le gustó la idea y nos dio su consentimiento. Pero la vida decidió otra cosa, y esta publicación del Fantagas Integral en 2017 fue para nosotros nuestro homenaje a Carlos para agradecerle su gratitud y nuestra colaboración durante 16 años, y la oportunidad de haber conocido a este excepcional artista. Esta edición todavía está disponible, y sigue siendo descubierta por los lectores francófonos.

 

*Periodista, guionista y docente.

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