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ELOBSERVADOR / crisis de liderazgo
domingo 1 diciembre, 2019

Civiles y militares: la indispensable legitimidad de los comandantes en jefe

Los recientes acontecimientos que sacudieron a la región con protagonismo de las Fuerzas Armadas muestran que para el control de los unifomados hace falta un sistema político de autoridad reconocida.

Juan Battaleme

Chile y Bolivia. El triunfo económico no da estabilidad. El poder político se desvanece más rápido de lo que se piensa. Foto: afp
domingo 1 diciembre, 2019

Existe siempre cierta tensión entre las diversas burocracias que conforman un Estado moderno. Las diferencias se encuentran en la forma en que se canaliza, los motivos de las fricciones y la capacidad del liderazgo para maniobrar en ellas, ya sean democracias u otro tipo de régimen. Ejemplo: previo a la invasión norteamericana de Irak, Donald Rumsfeld tuvo que remover a parte de la cúpula militar por la resistencia que oponían a realizar la operación Libertad a Irak en los términos que el Departamento de Defensa deseaba, llegando a deslizar críticas en la prensa sobre la racionalidad de la guerra.

Ganar corazones. Rosa Brooks, en su libro How Everything Became War and The Military Became Everything, nos muestra una nueva fuente de tensión civil-militar. El siglo XXI encuentra a las fuerzas armadas realizando tareas en espacios donde la línea divisoria entre guerra y paz se desdibuja, con consecuencias para la cultura institucional de dichas fuerzas. Dar asistencia humanitaria a una localidad no es lo mismo que tomar una colina, e implica habilidades técnicas y sociales diferentes. “Ganar corazones y mentes” supone demasiadas tareas para los comandantes y sus hombres.  

Como actor político dependiente, la incidencia de las FF.AA. se mide en grados. En ciertos países su influencia es más visible, mientras que en otros está diluida. Esa influencia puede usarse para adquirir un nuevo sistema de armas, definir una base, y aunque no sean sus competencias, eventualmente cuestionar o avalar un determinado liderazgo o sistema político.

Además, son parte del cálculo político de otros y forman parte de la dinámica y el entorno social que los circunda. Es por ello que hablamos del complejo político-industrial-militar como elemento de consideración política. Las relaciones entre civiles y militares son especialmente sensibles, porque en ese sector recae el poder coercitivo directo del Estado.

Control civil. El control civil de las FF.AA. es político, tiene aristas y es dinámico, y está relacionado con las circunstancias institucionales que lo rodean. Por este motivo, el temor a una pérdida en la capacidad del control civil sobre las FF.AA. nunca desaparece. La clave se encuentra en mantener fortalecida la legitimidad de quien detenta la posición del comandante en jefe de las FF.AA.

Si miramos la región, este punto se ha vuelto crucial. Primero, desde septiembre hasta la fecha, Perú, Ecuador, Chile y ahora Bolivia enfrentan o han enfrentado diversas crisis de gobernabilidad que han terminado por involucrar a todas las fuerzas vivas con peso político, incluso a sus fuerzas armadas y de seguridad. Pensar que estas fuerzas no son activas participantes en las diversas situaciones institucionales de sus países es anular una variable de análisis. Por acción u omisión, al detentar el poder de la violencia física, entran en el cálculo político de todos los involucrados. En gran medida depende de la prudencia de los actores el rol que los militares pueden desempeñar.

Tanto Perú como Chile y Bolivia han tenido éxito en estabilizar sus economías. Sin embargo, estos modelos de éxito han sucumbido a diversas presiones políticas, recordándonos que el triunfo económico no garantiza estabilidad y gobernabilidad, sea el Poder Ejecutivo de “derecha neoliberal” o “izquierda pragmática”.

Si la política consiste en entender dónde reside el poder, una vez que se cometen determinados errores, el poder político y la legitimidad que lo sostiene pueden desvanecerse más rápido de lo que se supone. La crisis política le costó a Evo la renuncia, y al presidente Piñera, una reforma constitucional y posiblemente un mandato debilitado. Los militares no actuaron en función de proteger o terminar con un modelo económico específico. En una situación de crisis miran la resultante potencial de la misma y cómo les impacta, por lo tanto por acción u omisión tienen un rol en una crisis en desarrollo. Si bien la pregunta acerca de si hubo o no golpe de Estado es relevante, expresada de esa manera pone la discusión en blanco o negro, se toma partido y crea un sentido de complacencia para una u otra posición de la biblioteca.

¿Fue un golpe? En términos prospectivos y de análisis, resulta más interesante de cara a las inestabilidades futuras que puedan emerger en la región mirarlo de la siguiente manera: sabemos que todo conductor o líder hace cálculos que involucran pasión (ideología) y razón (beneficios, que pueden ser personales o institucionales) en función del escenario que tienen enfrente junto con las consecuencias y ponderaciones de los diversos actores domésticos a la hora de actuar. En este sentido, resulta relevante entender cómo decodifican los mandos militares y de seguridad su rol constitucional frente a la situación de crisis que viven, ya sea en función de sus conveniencias institucionales y de las amenazas que perciben.

Así, permítaseme arriesgar una hipótesis. Si las FF.AA. perciben que la amenaza es interna del sistema político, que el liderazgo se encuentra desgastado y según su percepción deslegitimado, reaccionarán manteniéndose prescindentes de actuar activamente en el conflicto, es decir, reprimiendo en pos de ganar la calle para el Ejecutivo, librando a la autoridad política a su propia suerte y cintura o, en el caso más extremo, sugiriendo que se retire, guardando las formas institucionales.

Si, por el contrario, piensan que existe una amenaza externa al sistema político, esto es, agitadores de diverso tipo, grupos antisistema o que amenazan el régimen que los sostiene, su posición va a ser alinearse con el gobierno a los efectos de restaurar el orden ganando las calles para el Poder Ejecutivo y brindándole apoyo.

La primera explica por qué no hubo represión por parte de las FF.AA./FF.SS. en Bolivia junto con la sugerencia de que Evo se retirara dejando la suerte del país librada a la decisión presidencial. Distinto es el caso de Chile, Venezuela, Ecuador y Perú. Por diversas razones, interpretan que la amenaza está por fuera del sistema político. Ya sea Guaidó, Correa o los grupos antisistema, todos aparecen como opciones radicales al orden establecido por el Ejecutivo, llevando a los jefes militares a interpretar que el orden constitucional se encuentra amenazado y, dado que la calle es el espacio geográfico donde se dirime la disputa, el brazo armado compromete esfuerzo y reputación para actuar.

A ello se suma la discusión sobre el rol tutelar de las FF.AA., ya que nuevamente aparecen visiones divergentes. Algunos ven dicho rol en el Brasil de Jair Bolsonaro, aunque a priori esa interpretación parece exagerada. Hoy son actores influyentes, pero no tutelares, por lo que su rol es distinto al de otros momentos de la historia de la región.

En definitiva, la fortaleza del control civil radica, en esencia, en la legitimidad y la autoridad del sistema político, de su comandante en jefe, y sobre todo en que no se la socave intrainstitucionalmente, porque cuando ello sucede, los controles se debilitan y surgen imponderables que ponen en juego las libertades que supimos conseguir.

 

*Director de la Maestría en Defensa Nacional de la Undef.


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