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viernes 15 marzo, 2019

Cuando la resistencia cambia de país, pero sigue muy activa

Un testimonio en primera persona de una joven periodista que debió dejar su tierra por la represión y desde Colombia sigue militando contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Estefanía Florez

Tachira. Allí estallaron las primeras protestas estudiantiles, en 2014. Fueron duramente reprimidas por el régimen chavista. Foto: cedoc

Nací en un pueblo llamado Rubio, en el estado Táchira, en Venezuela. Toda mi vida transcurrió completamente normal, como la de cualquier niño y adolescente, o al menos eso pensaba. Toda la “cátedra”” bolivariana y chavista, la formación premilitar, era para mí algo cotidiano. Sin embargo, cuando entré a la universidad pesó toda la situación política que atravesaba el país y entendí lo grave del momento histórico. Fue entonces que sentí la necesidad de hacer algo por mi país y tomé la decisión de postularme al Consejo Estudiantil de la universidad, en el cual duré poco tiempo debido a grandes diferencias con los demás consejeros, muchos de ellos simpatizantes del chavismo.

En 2014 comenzó una serie de protestas estudiantiles en el estado Táchira y sentí que era mi deber como estudiante y como venezolana tratar de cambiar el rumbo de mi país. Fueron largos y duros meses en los que, junto con muchos compañeros, salimos a la calle a luchar por la libertad de Venezuela, con una capucha, socorriendo a los heridos, ayudando en lo que se pudiera. Vi morir a muchos jóvenes, vi encarcelar a inocentes que lo único que reclamaban era justicia, pero eso no me desalentó; por el contrario, incrementó mis ganas de luchar e incentivó mi espíritu.

En una de las tantas protestas de ese mismo año, grupos violentos quemaron la universidad en la que yo estudiaba (de las Fuerzas Armadas), pero lo más triste y lamentable es que lo hicieron con gente dentro. Después de este hecho, y ante un futuro incierto, decido viajar a Colombia, dejando a mi familia y amigos atrás, buscando un porvenir diferente, lejos de quienes hablan de pueblo y patria pero solo piensan en ellos mismos.

Colombia. Llegué a Bogotá el 10 de enero de 2016, retomé mis estudios e intenté reconstruir mi vida en otro país. Los hechos ocurridos en mi universidad en Venezuela habían hecho que cesara mi activismo político, porque sentía que no valía la pena seguir intentándolo. Sin embargo, muchas veces puede más el sentimiento que la razón, y fue imposible quedarme quieta ante la magnitud del caos en el país donde nací: a los dos meses de estar en Bogotá ingresé al Partido Conservador colombiano. Mi lucha ya no podía ser en las calles de Venezuela, pero sí podía al menos hacer sentir mi voz en representación de muchos venezolanos y denunciar lo que pasaba en escenarios hasta el momento desconocidos para mí. Empecé a reunirme con personalidades de la política colombiana, a quienes informaba y denunciaba los casos que había presenciado y de los que tenía conocimiento. Hice varios eventos en los que recaudaba fondos, compraba medicinas y enviaba a Venezuela, y hasta llegué a hacer manifestaciones frente a la casa del embajador venezolano, con el apoyo de muchos colombianos.

Muchos se preguntan por qué me involucré en un partido colombiano, y no en uno venezolano. Al fin y al cabo, los partidos venezolanos siguen su lucha y militancia desde acá. La razón es simple: no comparto la ideología de ninguno de los partidos de mi país. Pero no puedo negar que dirigentes de esos partidos también han seguido la lucha desde acá, y aunque no comparto sus ideas –porque pienso que Venezuela debe librarse de una vez por toda de la izquierda política que es la que durante muchos años (incluso antes de Chávez) le ha hecho tanto daño al país–, esos dirigentes han hecho una tarea en derechos humanos extraordinaria. Y considero que en este momento todos debemos unirnos con un mismo fin, y es el de sacar al tirano y dictador de Venezuela, de librarla del comunismo, de liberar a la gente de la escasez de medicinas, de la escasez de alimentos, de devolverles a esas madres y esos padres a sus hijos, que se han tenido que ir del país en busca de un futuro mejor, de regresarle la tranquilidad a todo un pueblo que aclama libertad.

He recorrido muchos lugares en Colombia, he hablado con muchas personas, me he encontrado con compatriotas, y junto a ellos y otros más he trabajado por dar ayuda a mis hermanos venezolanos. He caminado por muchos pasillos denunciando crímenes, he llorado al ver las injusticias diarias, algunas veces no he recibido más que una sonrisa lastimera o una palmada en el hombro. Sin embargo, tengo la completa certeza de lograr la solidaridad de bastantes personas. Porque no se necesita ser venezolano para sentir lo que pasa allá: basta ser humano.

Culpables. Es muy difícil caminar por las calles bogotanas y ver en cada esquina a un venezolano mendigando, rebuscando, sobreviviendo; pero más complejo es saber que los culpables de esto siguen en el poder imponiéndose por las armas y la corrupción a pesar de la situación extrema.

Mi lucha ya no es en las calles de Venezuela, seguiré luchando hasta el último momento desde todos los escenarios posibles, la academia, la política, lo social. Hasta que toda Venezuela pueda ser libre y soberana, y yo pueda volver a las calles de mi país, pero esta vez a unas calles tranquilas, donde se respire libertad.

*Periodista venezolana exiliada en Colombia.


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