jueves 18 de agosto de 2022
ELOBSERVADOR Que parezca un accidente

El crimen no resuelto del obispo Carlos Ponce de León

Cuarenta y cinco años atrás, el 11 de julio de 1977, moría en un accidente de tránsito monseñor Carlos Ponce de León, en ese entonces obispo de San Nicolás, menos de doce meses después de que muriera en otro episodio similar monseñor Enrique Angelelli. La causa judicial calificó el hecho como accidental, pero documentos recientes y una pericia de las últimas semanas siembran poderosas dudas sobre su muerte. La relación Iglesia-dictadura como contexto.

23-07-2022 03:58

Ponce de León mira insistentemente por el espejito retrovisor. “Dormita tranquilo que los muchachos nos custodian”, le dice al joven que lo acompaña. Todavía está oscuro y las luces del 4S se cortan cerca. Ponce conduce despacio, a 70 u 80 kilómetros por hora. De pronto, una camioneta cruzada a lo ancho de la ruta. Ni tiempo para frenar. Las F-100 son duras... el Renault 4S es casi una latita. 

En la madrugada del 11 de julio de 1977, mientras se dirigía a Buenos Aires, el obispo de San Nicolás, Carlos Ponce de León, falleció trágicamente al impactar con su auto contra la puerta derecha de una camioneta Ford F-100, que estaba detenida cruzada, sobre la Ruta 9 mano a Capital. 

El diario La Opinión informaba escuetamente que “el alto prelado pereció a las 20, a raíz de las heridas sufridas en el accidente”. La misa de cuerpo presente la ofició Monseñor Zaspe, vicepresidente de la Conferencia Episcopal, y participaron además, el nuncio Pío Laghi y los obispos Bolatti, Tome, Rossi y Espósito. 

Un año antes, el 4 de agosto de 1976, en Punta de los Llanos, La Rioja, el obispo Enrique Angelelli también falleció en un lamentable accidente. En ese momento, alguien podría deducir que los obispos no eran buenos choferes, o tenían mala suerte. Pasarían muchos años hasta que los amigos de Angelelli y luego la Justicia escarbaran la verdad. 

La causa judicial. El expediente judicial del accidente permaneció muchos años extraviado en el juzgado de San Nicolás, hasta que los fiscales Murray y Di Lello lo encontraron y decidieron reabrir la investigación.

El expediente original, sustanciado por el juez Oberdan Andrin, trató el hecho como un accidente más. No se hicieron pericias, no hubo ningún testigo, ni siquiera se sabe quiénes transportaron a Ponce de León y su acompañante, Víctor Martínez, al hospital de Ramallo. No hubo autopsia, ni está certificada la causa de muerte. El expediente judicial culminó con una pena leve contra el conductor de la camioneta por homicidio culposo. 

A partir de 2006, cuando se reinició la investigación, aparecieron una serie de datos sugestivos. En primer lugar, la empresa dueña de la camioneta, Agropolo SA, tenía sede en Viamonte 1866, pegada a la del Batallón 601 de Inteligencia de Ejército. Está acreditado que uno de los titulares de la firma, Alejandro Atilio Bottini, fue personal civil de inteligencia dependiente del Batallón 601, y su hermano Sergio Carlos Bottini era el tripulante de la F-100 junto a Luis Martínez. 

El investigador Enrique Ciro Bianchi apunta que en el momento del asesinato de Angelelli el responsable del Batallón de La Rioja era el coronel Osvaldo Pérez Battaglia. Este militar, de quien puede suponerse que conocía el modus operandi de simular un accidente, era nicoleño por adopción y en esos tiempos visitaba asiduamente a su familia en San Nicolás y tenía fluido diálogo con el teniente coronel Manuel Saint Amant, jefe del área 132 y del Batallón de Ingenieros de Combate 101, con sede en San Nicolás.

Recién hace un mes, en la Cámara de Apelaciones de la ciudad de Rosario, se expuso la pericia realizada por el ingeniero Jorge Geretto con el software PC-Crash, una de las más avanzadas técnicas informáticas de reproducción de accidentes. Allí se demuestra que el relato del chofer de la camioneta F-100 no tiene consistencia. Y, en base a las fotos de los vehículos, se reconstruyó un video de la colisión. El resultado es lapidario: a Ponce de León lo estaban esperando y le cruzaron la camioneta a modo de barricada.

Pero sin dudas el dato más relevante es un documento de 14 páginas hallado en 2006 en el archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. Se trata de una carta-informe del teniente coronel Manuel Saint Amant dirigida a su jefe general de división, Carlos Guillermo Suárez Mason, fechada el 16 de diciembre de 1976. En ese informe Saint Amant afirma que “es evidente que la Iglesia opera en la diócesis de San Nicolás bajo la dirección de monseñor Ponce de León como una resultante de fuerzas enroladas sustancialmente en las filas del enemigo”. O sea, lo caracteriza como jefe de una fuerza enemiga. Y, en el lenguaje y pensamiento militar de la época, al “jefe del enemigo” se lo debe anular, es decir capturar o aniquilar. 

Relación Iglesia-dictadura militar. En 1976-1977, dentro de la Asamblea Episcopal –que es el gobierno de la Iglesia– se podían distinguir tres sectores: el sector tradicionalista, muy vinculado a las fuerzas armadas, representado por los obispos Tortolo, Bonamín, Derisi, Plaza y Bolatti; el sector conservador mayoritario, cuyos exponentes más notables eran los obispos Caggiano, Aramburu, Primatesta; y el grupo de los renovadores y/o progresistas, entre ellos Zazpe, Devoto, Angelelli, De Nevares, Ponce de León, Scozzina, Hesayne. 

En las reuniones de la Asamblea Episcopal se planteaban debates entre los distintos sectores, que luego quedaban reflejados en el documento final. El 7 de mayo de 1977, dos meses antes de la muerte de Ponce de León, la Asamblea emitió un documento público donde denunciaba: “a) las numerosas desapariciones y secuestros, que son frecuentemente denunciados, sin que ninguna autoridad pueda responder a los reclamos que se formulan (…) ; b) la situación de numerosos habitantes que la solicitud de familiares y amigos presentan como desaparecidos o secuestrados por grupos autoidentificados como miembros de las fuerzas armadas o policiales, sin lograr en la mayoría de los casos, ni los familiares ni los obispos, que tantas veces han intercedido, información alguna sobre ellos (…); c) el hecho de que muchos presos (...) habrían sido sometidos a torturas (…)”. 

Sin duda, entre “obispos que tantas veces han intercedido” estaba Ponce de León.

Respecto del papel de la Iglesia es curioso que algunas apreciaciones realizadas por Saint Amant en su informe coincidieran con las de la organización Montoneros en esas mismas fechas. 

En el mencionado informe de Saint Amant se habla de la Iglesia Católica como “la principal fuerza enemiga”. “Cuando a esta ‘fuerza’ puedan unirse posibles representantes de partidos políticos, cierto resentimiento peronista subsistente, grupos marxistas no destruidos y los infaltables idiotas útiles, tontos y democráticos que pidan elecciones, esta fuerza, que es la única institución a la que el gobierno le permite sacar una multitud a la calle contra el gobierno, será la principal fuerza enemiga”.

El Evita Montonera Nº 19, del 10/77, titula una nota “Argentina no se rinde. Los cristianos”. Se refiere a una masiva reunión de jóvenes de la Acción Católica realizada el 20 de junio de 1977, que culminó con una misa de 40 mil personas en la cancha de San Lorenzo. Dice la nota: “Al terminar la misa la multitud se encolumnó marchando por avenida La Plata, en una verdadera manifestación de protesta contra la dictadura militar. (…) Esta Iglesia acude a un acto convocado bajo el lema ‘La familia reza por la paz en la Argentina’ y muestra cuál es la manera de lograr la paz: la resistencia, la lucha por la Justicia”. 

La verdad fue que –al inicio del acto– una columna de 10 mil jóvenes marchó llevando a la Virgen de Luján, rezando y entonando cánticos en favor de la Iglesia y de la Acción Católica. El día anterior monseñor Caggiano había condenado explícitamente a la guerrilla. Y si agregamos que el lema fue “La familia reza por la paz en la Argentina” hay que forzar mucho la imaginación para ver este evento como un acto de resistencia contra la dictadura. Pero en lo que coincidía Firmenich con Saint Amant es que la Iglesia era la única institución que podía sacar una multitud a la calle y convertirse en “principal fuerza enemiga” de la dictadura. 

Una sentencia de muerte de 14 páginas. La carta de Saint Amant es un documento único, por sus conceptos por momentos delirantes, por momentos de chusmerío de baja estofa. Y porque, aunque no lo diga taxativamente, constituye el fundamento de la sentencia de muerte del obispo Carlos Ponce de León. 

Una de las frases que compite en el campeonato del delirio es la siguiente: “El marxismo se vale indistintamente de la pornografía, del liberalismo, del capitalismo, de los medios de comunicación, del freudismo, de los partidos políticos, de la pobreza, de la explotación de las injusticias, de la Unesco, de la Declaración de los Derechos Humanos, etc.”. 

Entre las de chusmerío de baja estofa: “Otro sacerdote que actuó en Ramallo y Pergamino fue ‘el gaucho Niz’; luego de su viaje a Francia se casó y actúa hoy en Ramallo. Dirigía, según informes, una publicación socialista y es dueño de un cabaret”. Conocí personalmente a Niz, es cierto que dejó los hábitos y se casó, de allí a poner un “cabaret”…

El documento que describe minuciosamente a curas y laicos de la diócesis de San Nicolás establece cuatro categorías de sacerdotes: “los aliados posibles”, “sacerdotes marxistas”, “la línea intermedia” y “el resto”. No voy a reproducir aquí sus nombres, muchos viven y no les gustaría verse incluidos en esas categorías. Me permito mencionar al fallecido monseñor Derisi, fundador y primer rector de la UCA, de quien Saint Amant dice y encomilla “es ‘propia tropa’.”

Guillermo Cappadoro y Roberto Karaman, sindicados en la primera página del informe como “los principales dirigentes montoneros” de San Nicolás, recuerdan: “Ponce de León no era un Angelelli. Era más bien un obispo tradicionalista, había estado preso (como muchos) por protestar contra Perón en el 55. Ponce de León era básicamente un hombre bueno, que protegía a sacerdotes y laicos de su grey, sin importarle su color político. Un buen cristiano misericordioso, y seguramente un poco torpe en sus formas. Cuando los milicos detuvieron a los curas Galli y Marciano en Pergamino, Ponce e León le cruzó el auto a Saint Amant en el ingreso del batallón y lo amenazó con cerrar todas las parroquias en Semana Santa. Ponce de León era un alma buena. El delirio de algún milico llevó a su asesinato”.

*Autor de Salvados por Francisco y La Lealtad. Los montoneros que se quedaron con Perón.

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