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Una religion del siglo XXI

El Santuario de Gilda: fe y mito popular

Un matrimonio fundó el lugar en Ceibas, Entre Ríos, donde la estrella de la música falleció en un accidente. Han asistido miles de personas para pedirle ayuda.

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Historia. Miriam Alejandra Bianchi se bautizó como Gilda a principios de la década del 90, con la salida de su primer álbum titulado De corazón a corazón. | cedoc

El último domingo de enero transcurre húmedo y caluroso, la térmica supera los 30 grados, pero sobre la ruta pareciera que son más: la cola de automóviles en la autopista es infinita. Una estructura de hierro pintada de azul francia sostiene cinco letras blancas, mayúsculas que forman el nombre GILDA, al costado dos alambrados repletos de pequeños objetos.

Flores plásticas, rosarios descoloridos, peluches amarillentos, zapatos de bebés, botellas de agua, llaves de automóviles, cintas y pañuelos de colores, entre otro centenar de recuerdos. Al cruzar la estructura de hierro azul francia, a mano izquierda, se encuentra un monolito con la frase “Gracias GILDA”, más adelante un cartel anuncia: Santuario de Los Milagros.  

El recorrido comienza atravesando un camino que conduce a un primer altar, una casa pequeña pintada de blanco y azul, donde las y los fieles se acercan a pedir y agradecer. Adentro hay imágenes, 

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discos, velas y banderas; más adelante hay trofeos, relojes, patentes de automóviles, escrituras de inmuebles, vestidos de 15 y casamiento.

La voz dulce y potente de Gilda se reproduce desde un equipo de música, suena Un amor verdadero (Corazón valiente, 1995). Atrás de la casa se encuentra el colectivo, o mejor dicho lo que queda de él, donde viajaba Gilda al momento del accidente de tránsito, eso es lo primero que buscan quienes visitan el santuario de la “abanderada de la música tropical”. 

Miriam Alejandra Bianchi se bautizó como Gilda a principios de la década del 90, con la salida de su primer álbum titulado De corazón a corazón, producido por Magenta Discos. Nació el 11 de octubre de 1961 en Buenos Aires (Argentina), antes de dedicarse a ser cantante y compositora de música tropical, fue maestra jardinera y ama de casa. Se convirtió en un ícono de la música popular.

Cuatro años y cinco discos después, un 7 de septiembre de 1996, cuando volvía de su último show en Buenos Aires, falleció en un accidente de tránsito en Ceibas, Entre Ríos. 

Sus canciones no dejan de sonar en fiestas de 15, casamientos y boliches, los más conocidos: No me arrepiento de este amor, No es mi despedida y Paisaje.

Inicios. Carlos Maza y Rita Monzón, un matrimonio de Buenos Aires, fundaron el Santuario de Los Milagros el 6 de marzo de 1997, día en que colocaron un monolito en honor a una referente de la movida tropical argentina. Nunca imaginaron que ese espacio, el cual construyeron con ayuda de familiares, amigxs y otras personas, se convertiría en un ícono de la cultura popular, como sucede con el Gauchito Gil en Corrientes o la Difunta Correa en San Juan. 

—¿Por qué no a mí? –se preguntó Carlos mientras tomaba mate cocido y miraba televisión, un domingo de 1997 en el living de su casa, en Buenos Aires, mientras su esposa Rita planchaba la ropa. En la madrugada del lunes siguiente, el hijo menor del matrimonio iba a ser operado por quinta vez en el Hospital Garrahan, de una enfermedad llamada angioma bajo el brazo. 

Carlos cuenta que era una operación muy riesgosa porque el tumor se estaba ramificando, y eso podía perforar los tejidos de los pulmones, pese al optimismo se esperaban lo peor. “Ese domingo en la televisión aparece la historia de Gilda, hablaban de que su música podía sanar, entonces me quedé estático y pensé: ¿por qué no a mí?”, recuerda.

—Ese día mi hijo ingresó a las ocho de la mañana al quirófano y eran las ocho de la noche y seguía adentro, en la sala de espera quedamos solo mi señora y yo: no sabés lo que fue.

Carlos contó baldosa por baldosa, dio vueltas en círculo y lloró junto a Rita hasta que el cirujano salió y les dijo que, pese a la complejidad, todo resultó bien; su hijo estaba a salvo.

La plegaria y promesa de Carlos y Rita dieron inicio a otras plegarias y promesas, que juntas levantaron el Santuario de Los Milagros, más conocido como el Santuario de Gilda. Ubicado en la Ruta Nacional N° 12, a orillas del kilómetro 129 en la ciudad de Ceibas, provincia de Entre Ríos, es un terreno de dos hectáreas donde conviven la cumbia y la fe.

Un amor verdadero. El matrimonio visita religiosamente, desde hace veintitrés años, todos los fines de semana, el santuario, viajan desde la zona oeste de provincia de Buenos Aires durante todo el año. “Este lugar no se puede dejar solo, es una picardía no estar cuando vienen personas de todo el país, hay que emprolijar, el mantenimiento es algo del día a día”, explica Rita. 

A medida que Rita da breves visitas guiadas a las y los visitantes, su esposo Carlos se encuentra desmalezando con un hacha, en un pequeño bosquecito que hay a un costado. Al unísono, el matrimonio sostiene que nunca pensaron en dejar de cuidar este espacio, al contrario, les preocupa pensar en el momento en que ya no estén físicamente para hacerlo. 

Desde la mañana temprano se ve cómo las personas visitan el santuario: se van dos, entran cuatro; se van cuatro, entran ocho y así sucesivamente es un mundo de gente todo el día. “Así esté inundando, la gente viene, por ejemplo el año pasado estaba inundado ahí, hasta el portón, y bueno la gente se quedaba ahí bajo la pérgola”, cuenta Carlos bajo un sauce. 

Gilda, la mediadora. El Santuario de Los Milagros resiste a cualquier clima y crítica de alguna que otra persona que comente que “está abandonado”, sin contemplar que solo dos personas cuidan de él. “Siempre le pido a la flaca que me dé salud y trabajo para poder venir los fines de semana”, dice Carlos refiriéndose a Gilda, como si ella fuera la Virgen María, o cualquier otra santa. 

Después de ir y venir los fines de semana, Carlos a veces llega a su casa y piensa: “¿Qué estoy haciendo?”. “¿Estoy estafando a la gente?”. “Yo nunca dije que Gilda era milagrosa”. Personas de todo el país viajan a acercarle a Gilda sus preocupaciones y sus dolores, encuentran en el santuario una brisa fresca, un respiro de alivio, una luz al final del camino.

—¿Cree que Gilda es una santa?

—Es una mediadora, está en un lugar que quizás ella no eligió, pero alguien la precisaba.

En varias oportunidades, a partir de que sus seguidores le adjudicaran milagros en vida, Gilda expresó: “Si el poder de mi música te puede ayudar, bienvenida sea mi música”. 

En esa línea se aferra Carlos Masa para explicar qué es lo que lo mueve, junto a su esposa, a seguir invirtiendo todas sus energías; sus días libres en el mantenimiento del santuario. 

Hay algo más fuerte, qué sé yo, pienso en la gente, no en quienes están de paso, sino en aquellas personas que viajan de mucho más lejos, el otro día vino una señora de Ushuaia.  Yo soy el engranaje de esta historia, pero sin ustedes esto no sería lo mismo –dice Carlos encogiendo los hombros y sosteniendo la mirada, sin agregar ni una sola palabra más. 

Cae la tarde sobre el Santuario de Los Milagros, la humedad y el calor no cesan, las personas que están de paso siguen atravesando la estructura de hierro con curiosidad. 

En unas horas Carlos y Rita emprenderán el regreso a la gran ciudad, para reencontrarse con sus hijos, encomendándose a Dios y la Virgen, por medio de Gilda, la mediadora.

*Esta crónica forma parte del portal de historias

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