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ELOBSERVADOR / cronica
sábado 11 enero, 2020

En Mendoza, el agua es un bien tan escaso como determinante

La autora narra la prehistoria de las protestas que hubo en la provincia. Un tema fundamental para un territorio que fue originalmente un desierto.

Carolina Vespaciano

En Mendoza el agua no cae como lo hace en la Pampa Húmeda. Viene del deshielo y depende de las nevadas. Al agua se la espera y, en su caída, cada gota es imprescindible. Foto: na
sábado 11 enero, 2020

Hace instantes, se logró la derogación de la reforma de la Ley 7722, que protege al agua del mercurio, el ácido sulfúrico y otros químicos utilizados en la minería a cielo abierto. Un triunfo histórico, nunca antes visto, donde el ambientalismo dejó de ser parte de la periferia para ser el centro de la escena.

María Teresa “Guni” Cañas ensaya, del otro lado del teléfono, una respuesta. Intenta explicar la inédita lucha popular que tiene en estos días a toda Mendoza en vilo. Nos separan más de mil kilómetros. Acá, en Buenos Aires, llueve  y se esperan lluvias torrenciales para toda la semana. Allá el pronóstico es otro desde hace al menos diez años: el agua falta y hay que inundar la calle para defenderla.

—Para la cuestión ambiental, es importante la historicidad –dice la referente de la Asamblea Popular por el Agua porque sabe que en Mendoza, una provincia argentina densamente poblada y reconocida por sus cultivos, solo es posible un cambio si hay conciencia del agua–. Desde tiempos ancestrales, acá hay una cultura del riego que viene de los pueblos originarios, con la influencia de los incas también.

Desierto. En Mendoza, el agua no cae como lo hace en la Pampa Húmeda. En Mendoza, el agua viene del deshielo y depende de las nevadas. Al agua se la espera, y en su caída cada gota es importante e imprescindible.

Lo que Guni jamás imaginó es que, por una semana entera, más de 50 mil vecinos y vecinas, de todas las edades, orígenes y colores políticos se iban a encontrar en las calles con cantos, bombos y banderas kilométricas para defender, juntos, la única ley que hace posible que esa agua siga siendo del pueblo y no de las mineras.

La 7722 no se toca. “El agua de Mendoza no se negocia”. “Mendoza libre de fracking”. “Mendoza está despierta”. “No a la megaminería”. “Agua pura”. Cientos de carteles gritan lo que gritan vecinos y vecinas. Vienen de San Carlos, de Tunuyán, de Uspallata. Vienen de Alvear, en inmensas y coordinadas caravanas, y responden a lo que, desde el primer día del gobierno provincial de Rodolfo Suárez, no era una novedad.

 

Es viernes 20 de diciembre en la capital mendocina. En una jornada exprés, la Ley Provincial 7722, que protege al agua del mercurio, el ácido sulfúrico y otros químicos utilizados en la minería a cielo abierto, se volvió permeable a todas esas sustancias. 36 votos positivos, 11 negativos y una abstención en Diputados. En el Senado, fueron 29 votos a favor y 7 en contra.

 

Los mendocinos y mendocinas entienden que el agua, en Mendoza, es escasa. El gobierno, no.

El pueblo, el viernes, se manifestó con cuentagotas. El domingo, se convirtió en río. Un río que ni las vallas ni la represión policial pudieron contener.

—La gente se ha sentido ganadora, se siente clima de mundial de fútbol.

Guni cuenta que, para la cuestión ambiental, es importante la historicidad, y se remonta a las vísperas de 2007, año en que salió la Ley del Agua, que encontraba a los asambleístas del departamento de San Carlos pergeñando los pasos a seguir para tener la normativa provincial.

—Las luchas ambientales son periféricas. Es muy difícil que la cuestión ambiental se vea en las grandes ciudades, donde la complejidad social es grande. Fue en pueblos como San Carlos, en los que la cordillera se ve plenamente y lo rural convive con lo urbano, que la gente comenzó a salir a la calle –explica.

Asamblea. Hace 12 años, las asambleas de comunidades por el agua eran apenas un puñado. Hoy alcanzan cada punto del mapa mendocino.

Mendoza, y todas las provincias que bordean la Cordillera y Precordillera de los Andes, tienen minerales en sus entrañas. Un tesoro que, desde los 90 en adelante, redunda en mitos y desgracias. Para apropiarse del oro, la plata y el cobre disueltos en las rocas, empresas del norte del globo literalmente las explotan, dejando surcos de hasta un kilómetro de profundidad en los que nada crece. Un verdadero campo minado a gran escala.

La minería a cielo abierto es una técnica de extracción de minerales metalíferos dispersos en las montañas. Para sacarlos, se pueden volar con explosivos hasta 300 toneladas de roca a diario y, luego, mediante químicos, y exorbitantes cantidades de agua, los metales disueltos se separan. Después, los remanentes tóxicos van a parar a extensos lagos artificiales, los diques de cola, en los que no hay rastros de vida silvestre.

El 95% de la roca –de la montaña– se convierte en residuos que desprenden sustancias nocivas. Las cantidades de minerales que se extraen son mínimas en comparación con el impacto ambiental que dejan. Resulta un buen negocio, cuando los pasivos, las pérdidas, no ingresan en las cuentas de quienes firman el contrato, a ambos lados del mostrador.

—En los años en que hay mucha pobreza y convulsión social –explica Guni–, llega como respuesta el extractivismo. En los pueblos se rompen las economías regionales, los tejidos sociales, para que se inserte el asunto de la megaminería o el fracking.

Nada de esto es novedad para quienes viven allí. Lo saben en Jáchal, en San Juan, provincia minera por excelencia, en la que el mito del desarrollo y el trabajo no vino acompañado del derrame de riqueza, la bonanza prometida. Vinieron otros derrames, menos prometedores: millones de litros de solución cianurada cayeron, en varias oportunidades, al río Potrerillos. Lo saben en La Rioja. Lo saben en Catamarca. Lo saben en Chubut, cuya Ley 5001 también peligra.

 

El lunes 23 de diciembre, Mendoza despertó con el pueblo en las calles y la Legislatura, con vallas. Pasado el mediodía, la respuesta del gobierno de Suárez a los manifestantes fueron palos, detenciones y gases lacrimógenos. El pueblo se replegó para volver a poner el cuerpo, una vez más, al caer la noche.

 

El 24 lo encontró en manifestaciones y asambleas. La Nochebuena, brindando con agua pura, el 25 la celebración fue colectiva. El 26, cacerolazo. Una semana entera con la provincia paralizada y las fiestas departamentales canceladas. Las reinas también se expidieron: sin agua, no hay vendimia.

Los pueblos resisten no solo a la verdad detrás del mito del desarrollo, a los eslóganes que hambrean y contaminan, los pueblos resisten al silencio y así aprenden, también, a crear y compartir saberes, a construir memoria que, como el cauce de un río, le da forma al camino, conecta.  Avanza.

El viernes 27, en una conferencia de prensa, el gobernador Suárez anunció que se iba a tratar la derogación de la reforma el 30 de diciembre. El pueblo de Mendoza cantó su victoria tras días de lucha, de unión, de organización a gran escala. Días de lágrimas, de música y abrazos al son de los tambores. Días de descubrimiento para lo que parece ser una nueva página en la lucha por el ambiente sano en Argentina.

Guni lo sabe: “Esto ha sido un golpe a la clase política y un golpe a los grandes medios de comunicación. La gente se ha descubierto feliz en la calle, la gente está feliz marchando”.

Llegó el lunes 30 y en Buenos Aires, donde escribo estas líneas, sigue lloviendo. En la capital mendocina, el pronóstico dice que se esperan tormentas. Hace instantes, la gesta popular logró que se derogara la reforma de la 7722.

Los mendocinos y mendocinas hicieron historia. Ese mar de personas que hace días inunda la ciudad capital y todos sus rincones lo sabe, fluye y grita: “El agua de Mendoza no se negocia”.

*Comunicadora social y periodista científica. Este texto se publicó en Escritura Crónica.

www.escrituracronica.com.


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