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ELOBSERVADOR / necesaria, pero insuficiente
domingo 14 junio, 2015

La libertad no basta: no abriga ni educa, no sana ni alimenta

El filósofo Mario Bunge reflexiona, provocativamente, sobre la falta de comprensión que a lo largo de los siglos se ha tenido sobre la importancia que tiene para el ser humano ser libre.

por Redacción Perfil

Foto: Cedoc Perfil

El Himno Nacional Argentino empieza invitando a corear “el griito sagraado: ¡libertad, libertad, libertad!”. En la escuela no nos decían que la libertad en cuestión no era sino independencia política respecto de España. Lo mismo había ocurrido con la revolución norteamericana: se independizó del Reino Unido, pero no puso en libertad a los esclavos ni les dio derechos cívicos a las mujeres ni a los campesinos blancos carentes de tierra.
Los argentinos nos enorgullecemos de que nuestra nación aboliese la esclavitud en 1813, que seguía en vigencia en los países más adelantados de la época: Estados Unidos, Reino Unido, Países Bajos e incluso Francia.
Sólo Jorge Luis Borges se atrevió a afirmar que los esclavos que poseían sus antepasados no la pasaban mal. Tenía razón hasta cierto punto porque esos esclavos tenían techo y comida asegurados y no trabajaban de sol a sol. Pero Borges olvidaba que esos seres vivían, como los animales domésticos, vidas precarias y planeadas por otros.
Los filósofos políticos distinguen dos clases de libertad: de y para, o ausencia de trabas y posibilidad de hacer lo que se quiera respectivamente. El esclavo manumitido y el preso que ha cumplido su condena a prisión quedan libres de cadenas, pero no adquieren la libertad de hacer lo que quieran. Sólo ganan la libertad de dormir a la intemperie y de morirsede hambre.

Aunque todo eso es sabido, los liberales de hoy siguen exaltando la libertad a secas, y siguen proclamándola como el bien supremo, que superaría a todos los demás. Y cuando admiten la diferencia entre libertad de y libertad para, aclaran que sólo les interesa la primera, porque juzgan que cada cual debe arreglárselas como pueda: son tan individualistas que pretenden ignorar que hay libertades, como la de vivir en paz, que sólo se consiguen o retienen obrando junto con otros.     
La libertad de hacer lo que se quiera es un bien enorme, pero no abriga ni alimenta. Esto explica la cruenta Guerra de los Canudos, desatada cuando el gobierno brasileño abolió la esclavitud, a fines del siglo XIX. Cuando las grandes haciendas azucareras dejaron de ser rentables como antes, los hacendados dejaron de manumitir a sus esclavos, quienes tuvieron que buscar por su cuenta trabajo en el mercado “libre”, o sea, el dominado por los grandes empresarios. Pero todo lo que podían conseguir era conchabos mal pagos y estacionales: sólo durante la siembra y la zafra.

Esta miseria que ocasionaba la libertad era peor que la esclavitud, y explica el éxito inicial del fanático y alucinado Antonio Conselheiro en reclutar y armar ejércitos de libertos, que exigían el retorno de la esclavitud, la suspensión de censo nacional y la vuelta al viejo calendario. Los canudos combatieron a las tropas del gobierno y las tuvieron en jaque durante más de un año. Que se sepa, esa guerra fue la única en la historia, en la que ex esclavos pedían la restitución de la esclavitud.
El gran Mario Vargas Llosa transmutó esa tragedia en su novela La guerra del fin del mundo, publicada en 1981. Pero el gran escritor no aprendió la lección: que la libertad no basta, porque no abriga ni alimenta, no sana ni educa, no protege ni alienta. Hay que ser moralmente ciego para no verlo, y para no comprender que la puja por la supremacía de la libertad se vende bien porque apela al egoísmo en gran escala, o sea, la negativa a cumplir deberes cívicos como pagar impuestos y respetar las normas del Estado de derecho cuando son justas.

Lo mismo pasa con las otras dos componentes de la tríada hecha célebre por la Revolución Francesa de 1789, a saber, la igualdad y la solidaridad. Lo que sí funciona es el triángulo completo: libertad, igualdad y solidaridad. Desgraciadamente, la mayoría de los filósofos políticos no advirtieron que, para construir un triángulo (o una pirámide) estable hacen falta tres lados. El palo o muro suelto no perdura.
Ya nadie recuerda a los libertarios originales, o anarquistas del siglo XIX, porque se desprestigiaron al cometer actos terroristas que sólo provocaron rstricciones de las libertades cívicas. Además, su visión simplista de la sociedad futura como una “federación de pequeños mercaderes” (Noam Chomsky) no deja lugar a las grandes obras y empresas públicas, como las plantas hidroeléctricas y los laboratorios nacionales, que exigen un Estado potente.
En cuanto a los liberales, neoliberales y “libertarios” de hoy día, desde Hayek y Friedman hasta Reagan y los Bush, McCain y Palin, nada tienen en común con las visiones ingenuas pero generosas de Bakunin y Kropotkin, ya que sólo les interesa la libertad de empresa (y de portar armas) y el
Estado represor.


Y los marxistas no han dicho o hecho nada constructivo acerca de las libertades, porque se mantuvieron aferrados a la dictadura del proletariado. En lugar de ampliar la libertad “burguesa”, que se limita al voto, los marxistas quisieron limitarla aun más. Por esto fracasaron tanto como los liberales cuando ejercieron el poder; por lo mismo fracasarían los comunitarios, campeones de la solidaridad sin libertad ni gualdad, si llegaran al poder.
En resumen, la libertad es necesaria pero insuficiente, aunque sólo sea porque es imposible ser libre en compañía de desiguales o de egoístas. Lo mismo pasa con todos los demás ideales sociales: sólo se realizan como componentes de sistemas. Incluso el admirable triángulo político “libertad, igualdad, solidaridad” sólo se realiza junto con el triángulo personal: “trabajo, salud,educación”.


Apostemos, pues, al hexágono compuesto por los triángulos personal y político. Y desconfiemos de los mercaderes de la libertad tanto como de los apóstoles de la igualdad o de la solidaridad aisladas de las demás virtudes y obligaciones sociales. De lo contrario, nos convertiremos en canudos y desfilaremos por las calles reclamando, como los fieles del funesto Fernando VII: “¡Vivan las cadenas!”.
¡Oíd mortales el griito sagraado: ¡libertad, libertad, libertad! Pero escuchad también la advertencia en voz baja: no olvidéis que la libertad sin igualdad ni solidaridad es ilusoria.


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