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domingo 13 octubre, 2019

Los usos públicos de San Martín

Y un día, la campaña electoral mencionó al Padre de la Patria. Para la autora, no debería sorprendernos, dado que está en el centro del mito de los orígenes de la argentinidad. Pero claro, la Patria va más allá de las celebraciones y los cultos estatales, incluso del marketing político y del relato mítico del presente.

Beatriz Bragoni

Y un día, la campaña electoral mencionó al Padre de la Patria. Para la autora, no debería sorprendernos, dado que está en el centro del mito de los orígenes de la argentinidad. Foto: kane nessiano
domingo 13 octubre, 2019

Quien pretenda desacoplar la vida del personaje de las liturgias oficiales que lo erigieron en héroe nacional caerá en la cuenta de que se trata de una monumentalidad de largo aliento, vale decir, de una serie de operaciones políticas, intelectuales y prácticas que adoptaron diferentes soportes materiales e inmateriales puestas al servicio de la obligatoriedad del recuerdo. Esa saga pone de manifiesto también el arbitraje realizado por el general y su diminuta familia sobre su propio legado, el cual traducía el modo en que había pretendido ser recordado cuando ya había abandonado el teatro de guerra americano y había conseguido aliviar su existencia en la Francia de Luis Felipe de Orleans. Una inquietud que lo hizo realizar una selección deliberada de documentos, cartas y objetos que habrían de servir a modelar el “juicio de la posterioridad”, y que su yerno entregó a Mitre para que hiciera de ella el esqueleto erudito de la Historia de San Martín y la emancipación sudamericana.

Republicanismo federal. Aun así, el culto sanmartiniano no permaneció intacto entre la consagración heroica glorificada en el ceremonial fúnebre dispuesto por el gobierno nacional en 1880 y el arsenal conmemorativo arbitrado por el Estado peronista en el centenario de su muerte. En ese lapso, la gruesa capa de significados sedimentados en el republicanismo liberal que había justificado la famosa desobediencia de 1820, y dejado en suspenso su pasado monárquico, había cedido terreno a favor de representaciones que ensalzaron su figura como conductor político, estratega militar y en modelo de virtudes morales dignas de emular.

Etapas. Tal deslizamiento permite identificar diferentes momentos de los usos públicos de San Martín. El primero distingue las intervenciones de los románticos argentinos que jalonaron la formación de una cultura y una identidad nacional en el siglo XIX, y se proyecta en la multiplicación de “lugares de memoria” que acompañaron las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo en la completa geografía nacional y el exterior. El segundo identifica el giro introducido en la Argentina de entreguerras que priorizó el perfil castrense y católico en sintonía con el creciente papel de las fuerzas armadas en la vida política del país. El tercero erige al peronismo clásico como activo promotor del culto al Libertador mediante el repertorio infinito, reglamentado y cotidiano de evocaciones que gravitaría en la radicación fija de San Martín en el imaginario nacional, y en las lecturas e intervenciones públicas que involucrarían a actores políticos y sindicales, intelectuales, artistas e instituciones ubicados en la antinomia peronismo-antiperonismo. En 1966 la confrontación sobre la memoria del héroe de Chacabuco y Maipú se hizo patente cuando el gobierno militar liderado por el general Onganía encabezó la ceremonia fúnebre mediante la cual los restos de Tomás Guido fueron depositados junto a los del Gran Capitán y de Las Heras en el Altar de la Patria, en respuesta a la iniciativa de la Juventud Peronista que había debutado en el plano simbólico en 1963 mediante el secuestro del sable corvo exhibido en el Museo Histórico Nacional que atestiguaba el lazo entre San Martín y Rosas.

La “cuestión peronista”. Naturalmente, ningún ritual estatal podía contribuir a suturar el desencuentro en la convulsa Argentina preñada por la “cuestión peronista”, la conflictividad social, la protesta estudiantil, la radicalización política y la batalla de ideas sobre la realidad nacional. En ese contexto, el mito sanmartiniano habría de erigirse en un punto fijo. Un punto de partida ineludible e inmóvil, aunque efectivo para establecer representaciones contrarias a la tradición liberal en la cual su accionar se había inscripto, y en la que sus primeros devotos, los románticos argentinos, habían abrevado para rescatarlo del olvido y hacer de su legado un factor de cohesión política y cultural. Ese selectivo despojo que mantuvo la exclusividad de San Martín como Padre de la Patria a lo largo del siglo XX, sedimentado en el nacionalismo militar y la extendida convicción del peso del pasado en la formación de la conciencia nacional, sería un rasgo común de quienes apelaron a su figura para intervenir en el debate cultural y la lucha política. Un personaje capaz de ser interpelado por todos, y puesto al servicio de filiaciones divergentes, aunque estructuradas todas en concepciones nacionalistas y revisionistas, marxistas o hispano-católicas.

El Bicentenario de la Revolución de Mayo constituyó un nuevo capítulo de la saga conmemorativa que, si bien no difería del prototipo heroico ya institucionalizado sobre las cualidades políticas, militares y morales del Libertador, quedaría subordinado a la figura de Evita y de Belgrano en vistas de abonar un nuevo relato nacional y popular. Aun así, el discurso oficial recogería diferentes registros de los usos sanmartinianos consagrados antes y después del peronismo clásico: por un lado, el vínculo entre líder y pueblo como requisito crucial para encarar la independencia inconclusa en la esfera nacional y latinoamericana; por otro, el nexo entre Perón y el ejército convertido en brazo armado de la nación desde 1943; finalmente, la apelación a fechas y objetos del héroe con el propósito de exaltar la militancia política y del Estado como expresión del pueblo y la nación. Así, mientras el día de su nacimiento, el 25 de febrero, fue asociado con el del ex presidente Néstor Kirchner durante las celebraciones mayas de 2015, Cristina Fernández de Kirchner encabezó el acto que devolvió al Museo Histórico Nacional el sable corvo de San Martín que estaba en custodia del Regimiento de Granaderos desde 1967. Fue ella quien colocó la venerada reliquia en la vitrina central de la sala especialmente engalanada y enmarcada con los sables de Belgrano, Dorrego, Brown, Las Heras y Rosas. Concluido el ritual, y ante un nutrido público que incluía grupos de escolares vestidos con uniforme militar y munidos de réplicas del sable, el discurso presidencial evocó a los argentinos que dieron su vida y construyeron la patria, lamentó que el recuerdo de los héroes estuviera vinculado con el aniversario de sus muertes, exaltó la militancia de los jóvenes y apeló al vocabulario del romanticismo decimonónico para ratificar sus convicciones sobre los “verdaderos objetivos de hacer política”, que no eran otros que recuperar el Estado y la Nación “como entidad de todos los argentinos y el pueblo como protagonista inamovible de esa Nación y de la democracia”.

Relato e historia. Con ello se ponía en evidencia, una vez más, el peso de la interpelación del pasado nacional en el combate político y cultural y la reiteración casi inacabable de la pretensión de refundar la “verdadera historia” en rechazo de sus falsificaciones. Un concepto de historia muy antiguo, que se esfuerza por conectar pasado, presente y futuro desde un punto de vista práctico-político que sobrevivió hasta el siglo XVIII. Alexis de Tocqueville, el influyente escritor francés que fue muy leído por los publicistas latinoamericanos como Rocafuerte, Alberdi, Sarmiento, Bilbao, Vicuña Mackenna, Mitre, Vicente F. López, explicaría esa mutación de manera magistral: “Desde que el pasado ha dejado de echar luz sobre el futuro, el espíritu humano anda errante en las tinieblas”.

“Usted sabe las ilusiones que presta la fortuna”

Poco tiempo después de haberlo conocido en Guayaquil, y de haber brindado por el único jefe militar que podía llegar a emular sus hazañas guerreras contra el poder colonial en América, Simón Bolívar dijo de él: “El general San Martín era respetado del Ejército, acostumbrado a obedecerle: el pueblo del Perú le veía como a su Libertador; él por otra parte había sido afortunado, y usted sabe que las ilusiones que presta la fortuna valen a veces más que el mismo mérito”.

No se trataba de una opinión menor. Bolívar estaba en el cenit de su gloria, y a un paso de contemplar el imperio republicano que imaginaba a sus pies. José de San Martín, en cambio, había optado por abandonar la escena pública sudamericana después de renunciar al mando político y militar que lo había erigido en Protector del Perú introduciendo perplejidades de perdurable impacto. Desde luego, la apreciación de Bolívar aparecía impregnada por el lugar que el Libertador del Norte se reservaba en la epopeya libertadora continental. Quien se aprestaba a intervenir en el escenario peruano parcialmente ganado a la causa de la América libre, atribuía la independencia de medio continente más a la combinación fortuita de las circunstancias que a las dotes o destrezas del que había sido uno de sus más decididos promotores. Por supuesto, las veleidades de aquella coyuntura no le permitían todavía imaginar que el giro de la fortuna eclipsaría su propia estrella no solo porque, como San Martín, tendría que abandonar el Perú, sino también porque su aspiración de construir una patria americana en la geografía antes imperial quedaría despedazada ante la emergencia de una multiplicidad de patrias coaguladas sobre la base de las antiguas jurisdicciones coloniales o en unidades políticas más pequeñas.

Esa tensión entre virtud y fortuna enraizó en la mayoría de las versiones que ofrecieron los contemporáneos sobre el sinuoso derrotero de los Libertadores en el breve y violento momento de las revoluciones de independencia. Se trataba ni más ni menos que de una forma de entender la vida de hombres excepcionales o de los héroes que, si bien recuperaba la tradición de los clásicos, hacía de ese binomio un recurso eficaz para ubicar el haz de victorias, derrotas e incertidumbres en los trayectos vitales transformados por la Revolución.

Fragmento del libro San Martín, una biografía política del Libertador.

 

*Historiadora del Conicet y la Universidad Nacional de Cuyo.


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