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ELOBSERVADOR / Cerebro y corazón
domingo 20 octubre, 2019

Pensar o sentir a la hora de votar

¿Es posible votar con la razón cuando parece que solo la emoción domina la política? En tiempos de grieta tan profunda, la Argentina necesita gente que piense con rectitud y vote a conciencia.

por Patricia Nigro

Votar. Razón y emoción Foto: marta toledo

Desde 2016, cuando empezó la llamada “era de la posverdad” y la eclosión de noticias falsas, surge la pregunta de por qué la gente las viraliza, si realmente es por desconocimiento o si lo hace por otros motivos. Y, además, si esa desinformación puede manipular la intención de voto de los ciudadanos.

Así, se vuelve al trabajo de León Festinger de los años 70 que habla de la “disonancia cognitiva”. Muy sintéticamente, esta supone una tensión o conflicto interno que se produce cuando lo real choca con nuestras creencias. El conflicto se resuelve con la manipulación de la verdad para salvar nuestras creencias. En definitiva, no nos manipula nadie salvo nosotros mismos, es decir, nuestras propias creencias, nuestros miedos, nuestras tradiciones familiares y costumbres provocan el rechazo a la verdad que no nos gusta o a la que tememos.

Sesgos. Tras la sorpresiva victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016, la prestigiosa revista The New Yorker publicó, en febrero de 2017, un artículo en el que trató algunos “sesgos cognitivos”. La nota, escrita por Elizabeth Kolbert, enumera solo tres de esos sesgos:

◆ El “sesgo de confirmación”, que consiste en buscar lo que fortalezca nuestras creencias y, a la vez, en encontrar fallas en lo ajeno (pensar siempre que el otro es el equivocado es una forma muy común de ver esto en la vida cotidiana; otro ejemplo es no ver siquiera lo que nos produce rechazo o inquietud).

◆ La “ilusión de profundidad explicativa”, cuando creemos saber más de lo que sabemos (es muy humano –y casi diría muy argentino– creer que nos las sabemos todas).

◆ Los “sentimientos fuertes”: una noticia falsa, una declaración de un político produce una reacción emocional que genera un aumento de la dopamina en nuestros cerebros cuando una de nuestras creencias se confirma. Esto nos causa gran satisfacción, aunque no sea cierta.

Razón y emoción. Claire Wardle, fundadora de First Draft –una de las más prestigiosas organizaciones de chequeo de datos– sostiene que la gente no tiene relaciones racionales con la información, sino emocionales. Con el consumo de las noticias se juegan las creencias, los miedos, la inseguridad, la polarización y el tribalismo.

Rolf Dobelli, en un libro de 2011 titulado El arte de pensar. 52 errores de lógica que es mejor dejar que cometan otros, realiza un análisis detallado de estas fallas en la lógica de nuestro pensamiento provocadas por los sesgos cognitivos. Entre ellos menciona el “sesgo de supervivencia”, que se funda en una creencia falsamente optimista de que si alguien tuvo éxito en su emprendimiento, uno debería tenerlo también. Este sesgo oculta todos los fracasos que hay detrás del éxito aislado (no quisiera ser pájaro de mal agüero para nadie, pero pensar que “la vamos a dar vuelta” cuando el país está dado vuelta puede llevar a creer que esta aseveración se fundamenta en un optimismo un tanto desmedido).

Otro sesgo interesante es el “efecto del exceso de confianza”. Se produce cuando depositamos demasiada confianza en nuestros conocimientos. Como docente de años, he visto con pena estudiantes que creen que saben, cuando todo lo que pueden mostrar son conocimientos inconexos y confusos. Lo mismo ocurre, y es más grave aún, cuando es el político el que opina de cualquier tema creyendo que, por su posición, recibió un extraño conocimiento innato.

Borges decía, con su ironía perfecta, que la democracia era una falacia de la estadística. “La prueba social” es un sesgo que supone que si muchas personas piensan de determinada manera, esa forma de pensar es correcta. En ciencia podríamos tomar miles de ejemplos. Ofrezco dos: la tierra es plana –aunque parece que ahora está de moda decirlo– o afirmar hoy que no se puede dividir el átomo.

Un sesgo que es muy actual es la trampa del “empeorará antes de mejorar”. Si usted es el futuro presidente y sostiene este sesgo, si las cosas empeoran tendrá razón, y si mejoran, atribuirá el éxito a su conocimiento. Le pediría a don Alberto que revise este sesgo. Tal vez las cosas sí mejoren; después de todo, el dicho popular sostiene que siempre que llovió paró.

Relato. Estamos en tiempos en que mucho se emplea la palabra storytelling (hay quienes creemos que debería usarse narrative o relato). El “sesgo del relato” tiene una fuerza enorme, porque al ser humano –no importa su edad– siempre lo atraen los relatos. Un relato ordena el mundo. ¿Pero lo ordena correctamente? ¿O dejó algo afuera que no era un mero accesorio? La memoria humana es muy falible, incluso llegamos a creernos nuestros propios relatos, y también hay personas que sufren de fabulación. Son los grandes inventores de historias.

Los argentinos ya vivimos el tiempo del relato. Seguramente la “grieta” sea, en gran parte, una contraposición de relatos, en los que, a pesar de que los actores son los mismos, los roles se invierten –los héroes de uno son los villanos del otro–; se omiten datos que no cuadran con la historia (aun cuando uno tenga a mano el video de YouTube donde el sujeto dijo lo que dijo cuando lo dijo) y otras variantes casi especulares más.

Como señalé más arriba, Dobelli enumera 52 errores o sesgos cognitivos. Recomiendo que se lea este libro con la mente abierta y una disposición de sinceridad absoluta.

Otra autora que suelo frecuentar es Guadalupe Nogués, quien en su libro Pensar con otros dedica un capítulo a las “creencias irracionales”. Es decir, aquellas que no se basan en evidencias, en hechos. Son creencias que defenderíamos incluso con evidencia en contra. Dos ejemplos: el movimiento antivacunas y los negadores del calentamiento global. Me gusta que Nogués se preocupe por los vínculos humanos. “¿Cómo peleamos por lo que creemos justo mientras tratamos de preservar el vínculo humano?”, dice. Es clara la investigadora cuando afirma que discutimos desde nuestros valores y no desde los hechos, por eso al otro no lo persuadirán nuestros dichos, ya que tiene otro sistema de valores. La flexibilidad que nos reclama tiene que ver con el ir y ver si estoy en lo cierto, si no necesito leer o investigar más, cotejar mis creencias con los hechos. En definitiva, lo que se conoce como introspección. Y esa “inspección por dentro” debe ser más exhaustiva cuanto más negativos sean nuestros sentimientos. Porque los sesgos nos afectan a todos los seres humanos. Y las emociones también. Nadie es dueño de la verdad absoluta, y nadie puede tirar la primera piedra.

Por eso, ahora que hemos visto que emociones pueden más que razones y que el pensamiento humano no es pura lógica, tenemos que pasar a la acción con lo que somos. Antes que nada, debemos preservar los vínculos humanos, con respeto, sin necesidad de mentir o de mentirnos.

Después de que haya leído esta nota, le voy a pedir al lector un favor: antes de retuitear o repostear una noticia dudosa, examine honestamente y compruebe si está pensando o sintiendo; antes de perder un amigo por una mera opinión, piense qué vale más: la amistad o que usted crea que tiene razón; antes de colocar la boleta en la urna, piense: ¿es este el candidato que mi conocimiento, previo análisis de las circunstancias, me aconseja votar, o solo estoy eligiendo con el corazón? Porque, lamentablemente, aunque dicen que el corazón tiene razones que la razón no entiende, la patria necesita gente que piense con rectitud y vote a conciencia. Para lo otro, ya tenemos demasiados políticos.

*Escuela de Posgrado de Comunicación. Universidad Austral.


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