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ESPECTACULOS / RaUl Barboza
sábado 18 enero, 2020

"En Argentina no podía tocar mi música"

El acordeonista se presenta en una serie de conciertos, antes de volver a París, donde vive la mitad de cada año. El recuerdo de su infancia en un conventillo y el repaso de una vida junto a nombres como Astor Piazzolla, Ariel Ramírez y Mercedes Sosa.

Analía Melgar

Maestro. La leyenda del chamamé de autor ha colaborado, entre otros, con nombres internacionales de la talla de Peter Gabriel. Foto: Grassi
sábado 18 enero, 2020

Desde hace 30 años, va del verano porteño al verano parisino. Pero la prodigiosa memoria de Raúl Barboza, que a cada pregunta responde con un extenso y minucioso relato, va más atrás y repasa los primeros 50 años de vida: su nacimiento en Buenos Aires, su formación autodidacta, sus dificultades económicas, hasta su proyección internacional: Japón, Brasil, Europa y, sobre todo, Francia. Allí pudo Barboza reiniciar su carrera cuando tenía 50 años y validar su interpretación del chamamé, en la que enriquece la tradición con su sensible percepción de los sonidos urbanos y de la naturaleza. Todo se funde en su expresivo modo de tocar el acordeón, entre sutilezas y arranques, entre dulzuras, resoplidos y revires.

Consagrado en el exterior, bienvenido entonces en su país: le cuadra perfecto lo de “nadie es profeta en su tierra”; coincidió, con Astor Piazzolla en espacio, tiempo y similar rechazo y reencuentro con el público. Rueda habitualmente por América Latina, como en estos meses entre 2019 y 2020. Ahora, con 81 años, concluye una de sus giras, con dos últimos conciertos en Hasta Trilce (Maza 177). Allí estará, los jueves 30 de enero y 6 de febrero a las 21, junto a su fiel guitarrista Nardo González, con quien hace temas propios y versiones personalísimas de clásicos ajenos como Merceditas.

—¿Cómo fue su pasaje de la Argentina a Europa?

—Cuando llegamos [a menudo Barboza se expresa en plural, en nombre de Olga Bustamante, su esposa y compañera de todo su periplo] a París, no fue para quedarme. Yo acá no era requerido para hacer chamamé salvo en los bailes, pero mi manera de tocar hacía que mucha gente no bailara, se parara adelante a mirar y dejara de consumir. Y eso no les gustaba a los empresarios de salones. Hasta que hacia 1958, 1960, tuve la suerte de conocer al maestro Ariel Ramírez, y me propuso ser el acordeonista para una música que él había compuesto para una película. A partir de ese momento, coincidimos en muchas cosas. [Pero] yo no tenía muchos trabajos acá, tenía que hacer otras cosas, como ser chofer de taxi. En el 87, cuando fui a hacer una gira a Japón con el cantante Octavio Osuna, yo ya sabía que de ahí no volvía a Buenos Aires: el destino era otro.

—¿Y qué pasó entonces?

—Después de Japón, fui a Brasil y después, a Francia. Alguien me reconoció y propuso tocar en Trottoirs de Buenos Aires, la casa más famosa de París donde se hacían tangos y estaban Pia-zzolla, Susana Rinaldi... Pero yo dije: “Puedo tocar tangos y ganar un dinero más fácil que esperando qué hacer con mi chamamé, pero no quiero entrar a París así”. Pero me dijeron: “Queremos que toques tu música”. Eso me dio una gran alegría: yo me había ido de aquí porque no podía tocar lo que quería. Me di cuenta de que, caramba, en Argentina no podía tocar tranquilo esa música, y ahí me la pedían. Pero nunca solicité la naturalización; mi pasaporte es argentino, no francés. Yo salgo de corbata y saco. Algunos me dicen: “Usted, con esa elegancia, es francés”. Otros: “Parece que tocara jazz”; por eso me invitó Peter Gabriel y me dijo: “Tu forma de tocar… vos sos uno de los nuestros, porque improvisás”.

—¿Cuál es su vínculo con el mundo guaraní?

—Soy nacido acá, de mamá y papá correntinos que vivían en una habitación en un conventillo en La Boca. Desde la panza de mi mamá, soy del mundo guaraní. Mi mamá y mi papá hablaban guaraní. Yo no lo hablé de niño, pero conocía los acentos, las palabras. Me puse a estudiarlo hace 7 años, en Francia con una profesora francesa que había vivido en Paraguay. Cuando mi mamá estaba grávida de mí, iban a ese patio grande del conventillo Damasio Esquivel, Isaco Abitbol y tocaban con mi papá. A pesar de que no nací en Corrientes, yo ya era correntino dentro del vientre de mi madre. Soy guaraní en primera instancia, luego, un ciudadano argentino. Puedo tomar un taxi, avión, barco o TGV y puedo caminar en el bosque, selva o montaña, como un aborigen, sin hacer ruido.

—¿Cómo se formó en tanto intérprete?

—Aprendí, sin que nadie me enseñara, a tocar el acordeón, porque mi papá me compró uno de dos hileras, que era el más barato [en esa época], la llamada verdulera. A los 9 años, mi papá me llevó a conocer al Cuarteto Santa Ana en el Teatro

Verdi de La Boca. A los 12, grabé un disco con Ramón Ayala. A los 14, toqué con Damasio Esquivel. Fui muy amigo de [Ernesto] Montiel y de Isaco. Conocía todos esos maestros: [Tránsito] Cocomarola, Atahualpa Yupanqui, Roberto Grela, Osvaldo Sosa Cordero, Los Chalchaleros, [Jorge] Cafrune, [Mario] Arnedo Gallo. A mis 22 años, conocí a Mercedes Sosa, que me regaló su primer disco.

 

Definiciones con historia

El chamamé: “No se puede definir ni chamamé, ni tango, ni chacarera, ni una baguala tocada con una caja cantada por una coyita en medio de la montaña… Solo se puede definir la rítmica”.

Su estilo propio: “Yo era veloz por naturaleza, pero nunca hice gala de esa velocidad. ‘Raulito, tenés que matizar’, me decía mi papá, ‘no es tocar derecho, sin ninguna curva, sin ninguna loma. En un lugar, bajá; en otro, subí, de acuerdo a lo que vos sientas’. Así aprendí. Siempre intenté encontrar sonidos: un tren, como hice en el tema Tren expreso; la imitación de un pájaro, de un ruido de la calle, el sonido del agua, los pasos de los animales. Y llenar los espacios con silencio. Puede haber espacios con mucho ruido, o espacios silenciosos, que quiero llenar con la imaginación del que está escuchando. Ahora que soy grande, comprendí lo que quiero decir,  adonde voy, qué estoy haciendo”.

Su instrumento: “Mi acordeón tiene ochenta botones, que no son ochenta notas diferentes, como en el bandoneón o el piano. Y en la otra mano, ochenta o noventa botones más. Mi primer acordeón se lo fabricó a mi papá [Giovanni] Anconetani, de una familia de italianos [primera en instalar fábrica de acordeones en América Latina]. A ella le compré dos. Otros me regalaron; otros regalé. Uno me lo robaron en Rusia. El que tengo actualmente es el mismo desde hace más de 30 años. Me pesa mucho el instrumento ahora [cuando lo lleva por los aeropuertos y la calle]. En la balanza, dice 13 kilos, pero a las tres cuadras me pesa 15, y a las seis, 20 kilos. Pero si me lo pongo en la espalda, lo puedo llevar”. 


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