ESPECTACULOS
El Cirque Du soleil lo cambiO todo

Los clowns contamos epopeyas en espacio y tiempo diminutos

En esta tarea de apelmazar la dramaturgia, de tamizarla, de prensarla, el trabajo del actor se refina.

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Puro circo. Castiñeiras se luce en el Cirque du Soleil, una experiencia que lo enriquece. Estrenó obra en el Teatro Bar. | Simkin Franco

Hace quince años se presentó en mi vida la posibilidad de entender el trabajo del actor como un evento masivo. Ingresando al Cirque du Soleil estaba ingresando a la escuela que, no solo me daría muchas respuestas sobre el trabajo de la representación en torno a lo cómico, sino que me abriría la sensorialidad desbordándome y colocándome en la alucinante tarea de entender al teatro como una experiencia mucho más grande de lo que me había imaginado. Una experiencia donde lo visual, lo musical, lo arquitectónico, lo literario producían comunicación entre miles y miles de espectadores. La pista de circo teatrando, y a la vez agitando la euforia como si se tratara de una cancha de juego deportivo. Entonces, el Soleil, lo cambió todo.

Dentro del circo, los clowns somos los encargados de hacer teatro. Somos los novelistas, los que tenemos la chance de contar epopeyas en espacio y tiempo diminutos. Comprimir un Romeo y Julieta en tres minutos. Los cómicos de pista, como un grupo de seres obsesivos y absurdos, somos los narradores de las dramaturgias más acotadas del mundo. Las diseñamos dentro de algo que llamamos rutina. Contada y con suerte, la rutina se vuelve un clásico. Es ahí donde la estructura de humor perdura de generación en generación. Llega un momento donde la rutina cómica no es de nadie y es de todos, como una leyenda o un dicho popular.

En esta tarea de apelmazar la dramaturgia, de tamizarla, de prensarla, el trabajo del actor se refina. La cocina de la actuación se vuelve esencial. Uno deja de actuarlo todo y actúa solo eso que tiene que actuar, que generalmente es muy poco. Imaginemos públicos de tres mil o de siete mil personas asistiendo a la actuación de un cuerpo de 1,65 metro de altura, solo, en el picadero.

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Alternando con esa gira por el mundo, mantengo mis trabajos como dramaturgo y director en la Argentina.

Me gusta llegar antes y ver cómo los intérpretes entran en la sala de ensayo. Nos ponemos en movimiento, todo es irregular, impreciso, constante. Como en una maquinaria sin engranajes, cada parte mueve su libre albedrío. Es danza, es deporte, es una sumatoria de ejercicios físicos azarosos que nos obliga a plasmar un espacio, a seguirle el juego al tiempo. El intérprete vino a actuar y de pronto se entregó al cuerpo, ¡porque sí! Y ese disloque se vuelve equipo. Hay correlación. Hay sudor a mares y con el sudor nos liberamos de la pregunta: ¿cuál es la obra final? Porque lo que nos importa es otra cosa. Lo que importa es el entusiasmo del presente, o sea: el circo del teatro.

Y así, ensayo tras ensayo, nos ocupamos de ir dándole forma a la forma.

Cuando llega el momento de escribir, escribo a partir de esa materia que configuran los cuerpos ensamblados en la acción. Imaginar como quien imagina observando las ramas de un árbol, el juego de un gato o del funcionamiento de un juguete a cuerda. Que el teatro entre por el ojo, agite los resortes silenciosos de la memoria y abra ese baúl que es el cerebro reciclando lo acumulado para generar obra. Que todo se mueva y que todo lo observado se vuelva objeto escénico. Ir de la abstracción a la forma.

Y otra vez, para mí, la abstracción es el circo. Si el teatro tiende a lo figurativo, el circo tiende a la abstracción. El aprendizaje de quince años en los procesos creativos del Soleil me demostró que el trabajo del artista circense es la síntesis absoluta del movimiento. El acróbata realiza la compleja disección del movimiento hasta entenderlo, para lograr su objetivo como intérprete. Salto, traslado, vuelo. En cada acción busca su raíz, y esta raíz lo nutre, lo resume, lo construye. Lo libera. El circo es liberador porque la abstracción en el arte es liberadora.

Ese concepto, quizás, es el que más me interesa. La búsqueda del acróbata de entender al cuerpo como materia y aprovecharlo hasta donde llegue su alcance.

Creo en la composición de una escena donde el grupo busca sus individualidades en un gran soporte accional que es de todos. Rebatir los resortes que conforman lo escénico, mostrando el espacio, haciéndolo visible al espectador. Donde la luz es parte orgánica. Donde la falta de objetos y de elementos ponen en evidencia al cuerpo vivo del actor que aparece como objeto. El actor es acción, luz, palabra, es acróbata. Es un actor que danza. ¿Y el teatro? Que sea en equipo. Que llegue un momento donde el teatro sea como el circo, transhumante, que no sea de nadie y que sea de todos. Como una leyenda, un dicho popular…

 

*Autor y director de Voraz y melancólico, de Gurisa y de Orillera. Los sábados a las 18 en Nun Teatro.