ESPECTACULOS
NEIL GAIMAN

“Siempre confíe en mis sueños y pesadillas”

El escritor, productor y showrunner presenta finalmente la adaptación del best-seller The Sandman, el cómic que le valió premios de literatura y que alteró al medio para siempre. Su visión de la espera para lograr la versión más fiel al original en Netflix y su opinión sobre la cultura popular dominando los relatos audiovisuales de Hollywood.

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Espera. El santo grial finalmente llega a la pantalla de forma soñada. | gza. netflix

Pocos nombres han logrado en toda su carrera profesional borrar la tonta cinta de plástico, policíaca, que busca dividir a los cómics de la literatura (y viceversa). Sin dudas, The Sandman de Neil Gaiman, nacida a finales de los años 80, en 1989 puntualmente, es una obra que implicó los primeros pasos sólidos y premiados en el universo de los relatos de Gaiman, responsable de libros -adaptados a otros medios- como Coraline y American Gods. Desde la historia del Señor del sueño y su familia (con integrantes como Muerte, Deseo y Delirio), bordeando a los superhéroes pero usándolos como eco lejano, como punto de fuga antes que como escenario de lucha libre, Gaiman generó The Sandman, y así nació una pieza única, con comienzo y final (en una industria donde terminar una historia es el pecado más grande). The Sandman tenía una mirada por aquel entonces plena de diversidad en todos los sentidos: hablaba de Shakespeare a mitos varios, desde personajes queer hasta debates filosóficos convertidos en una versión de la pelea anabolizada súper. Y, claro, plena de amor y fe por las viñetas y sus posibilidades. El mismo Gaiman cuenta hoy en exclusiva a PERFIL: “Hay algo en The Sandman que ha logrado ser amado por muchas décadas, que ha superado determinado paso del tiempo. Imposible en mi entender la razón, pero no puedo explicarte la cantidad de veces que me han llevado a un costado y me han dicho que mi personaje Muerte les ha ayudado a sobrevivir la forma en que falleció un pariente, un padre, un hermano, un amigo. Solo me queda agradecer, e intentar hablar con estos personajes, ver que logramos juntos. Entender que logramos juntos. Por eso sé que hay una pequeña parcela de la humanidad que quiere este show, y que ha esperado décadas por ver esto. Que quiere una versión fiel, que no quiere ninguna de las versiones que aparecieron durante los años anteriores. Dios, hubo tantos Sandman posibles, tantos infiernos de dos horas, reuniones y demás. Mi felicidad hoy es muy plena y espero que sea también en esa pequeña parcela del mundo que sabe lo que The Sandman es. Y todavía más lo espero en aquellos que no tienen idea que es The Sandman y lo vean en Netflix”.  

—¿Hay algo que crees que The Sandman, saga y personaje, te han ocultado? 

—Ojalá. Pero creo que si hay algo que The Sandman, película y Morfeo, han tenido conmigo es muchísima paciencia. No creo que tengan ningún secreto a mis ojos, pero es una pregunta interesante. Quizás hasta esconde un secreto. Quizás lo interesante son las nuevas preguntas que pueda generar algo que ha sido planeado y planeado durante años. Ya sabes…esas preguntas que de repente te reconfiguran la montaña. Volver a Sandman desde nuestro presente, desde esta nueva forma de contar, permitió lo que siempre había sido pecado: poder adaptarla de la forma más fiel posible. Por ejemplo, la ayuda y empuje de David Goyer lograron que lo imposible se hiciera realidad: llevar este relato a un formato que lo cuida, que lo altera (siento de la mejor manera) y Allan Heinberg, el showrunner, corría a consultarme cualquier duda que surgiera en la mesa de guionistas. Fue un trabajo cuidado, orfebre en lo meticuloso, y cuya obsesión, cuyo talismán, era traer el espíritu de los que el cómic generó en su momento al mundo de las series hoy. Al mundo de la diversidad sexual de hoy también, sin dudas, era importante mirarlo a los ojos. Quizás sí me queden secretos de mi parte para con Sandman, pero seguirán siendo eso por ahora. 

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—Has convivido con Sandman y sus páginas durante décadas, lograste que no se hagan malas películas procesando de manera errónea el relato y como dijiste, hay mucha fidelidad a ejemplares puntuales del cómic. Entiendo las barreras superadas, el mal cine en el retrovisor, pero, entonces ¿cuál era el miedo frente a la serie? 

—El miedo…podría decir que muchas cosas, pero por suerte en está empresa no era el único. No era mi botecito. Era un barco enorme, donde muchos peleaban, generalmente, cuando las olas eran altas. O, donde muchos disfrutamos cuando el sol y el viento nos saludaban de la forma correcta. No puedo encapsular un miedo puntual de esta versión, de la creación. Por supuesto, aparecían como pulgas, como criaturas, debajo de la cama preguntas, los “¿y sí esto no sucede…?”. ¿Qué pasaba si no dábamos con el actor perfecto para Morfeo? ¿O la actriz para Muerte? ¿O si la pandemia frenaba todo? ¿O si nos atamos al museo de cera en lugar de entender el carácter mutante de algunas ideas de algunos arcos narrativos?  Sí, los “que pasaría” eran muchos. Pero ya llevo algunos años de navegar el universo de las series, y al menos aquí esa fidelidad al original, a su alma, nos daba el mapa. Llegado un punto de la industria, desde el formato serial hecho uso cotidiano de alta gama, y de lo visual, donde cualquier imagen puede ser generada (porque hay que pensar en todos los dibujantes de la saga, hasta en las portadas de Dave McKean); es decir, llegado un momento de Hollywood en el cual Sandman podía funcionar, solo quedaba que correr ese riesgo. No puedo explicarte la extraña sensación que es hablar sobre algo que ha convivido con mis sueños y pesadillas durante décadas.  

—¿En qué momento esos sueños y pesadillas se sentaron juntos a ver tal escena o tocar tal objeto y se relajaron de común acuerdo?

—Cuando ví el episodio 6 editado, el episodio que mezcla la historia de Muerte, la hermana de Morfeo, y del hombre que se cruzaba con el señor del sueño cada 100 años. No quiero sonar mal: el casco del personaje en mis manos, los cuervos, el set donde lo tienen prisionero; todo aquello que se construyó para el rodaje fue hermoso. No tengo dudas al respecto. Pero el momento en que estaba sentado, viendo ese episodio, el seis, cuando yo ya había visto varios episodios, en diferentes versiones antes de las finales; y ahí estoy, frente al episodio seis, y llegamos a la escena donde Harry, el violinista, muere y habla con Muerte…y de repente, después de haber creado esa historia, ese personaje, esas páginas, y visto las previas de esa misma escena…aún con todo eso en mi cabeza…de repente me puse a llorar, sentí lágrimas caer por mis mejillas. Y realmente no esperaba eso. Y al final del episodio, otra vez, las lágrimas. Y sentir esas emociones, imposibles de contener, sobre algo que, de alguna forma, son mis palabras, pero que ahora están pasando enfrente de mí, pensar en todo, en el equipo, en el trabajo, en la empresa en la que nos metimos y condensar todo en esa escena…y de repente me sentí muy emocionado y eso fue un instante muy grande y abrumador. Es una suerte que siempre haya confiado en mis sueños y mis pesadillas.

 

El Centinela 

Allan Heinberg trabajó codo a codo con Neil Gaiman a la hora de llevar a cabo el show. Uno de los aspectos que Heinberg se encargaba de cuidar es la famosa semejanza con el original, con la historieta que dio base a esta nueva serie de Netflix. Heinberg cuenta en exclusiva a PERFIL: “No llegué con ninguna otra intención que cuidar el original. De verdad, solo pensaba en eso y siento que esa fue mi tarea, saber traducir ese cuidado que todos queríamos llevar a cabo al nivel de la comunicación interna, de un esquema de producción y varias otras cosas. No fue fácil, aunque eso tampoco implica que haya sido complicado: fue mucho trabajo y es un trabajo del cual todos nos sentimos muy orgullosos”. Heinberg recuerda comprar el primer ejemplar de The Sandman: “Parte de la razón para comprarlo tiene que ver con la representación. En aquellos momentos, la diversidad en los cómics era prácticamente nula. Siendo yo una persona queer, siempre sentí que un cómic como Sandman me hablaba, me escuchaba, daba cuenta de algo muy cercano a mí. Por eso quería que el show hiciera eso hoy por la comunidad LGBTIQ+. Quería que la mesa de escritores, que los guionistas, fueran gays, lesbianas, bisexuales, trans. Quería generar la mayor variedad posible. Quería que a los ojos de este nuevo mundo, y de identidades que por fin puede mostrarse con la libertad que siempre se merecieron, se pudiera sentir que el show funciona, que todavía representa esa vanguardia desde un lugar muy sentido y para nada superficial.