ESPECTACULOS
‘el buen destierro’

Todos conocemos el nuevo orden

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Alteración. El universo que Alfredo Staffolani creó durante una estadía creativa en el Residenz Theatrer de Munich ya tuvo su versión alemana. Puede verse los viernes a las 22.30 hs en La Carpintería Teatro, Jean Jaures 858. | GZA. PABLO KOVACS

Había visto una película de Rivette basada en la novela de Diderot que se llama La religiosa. Una monja - Anna Karina - llega a un convento donde es torturada y perseguida de muchas maneras: desde los más conocidos castigos impresos por la iglesia católica, hasta la seducción de una madre superiora que la sentencia como un alma endemoniada, obligándola a fugarse y terminar saltando al vacío desde una ventana. 

Quizás esté a tiempo de dirigir una porno: ese día pensé que a la novela de Diderot, o quizás a la película, le faltaba una posibilidad en el cine XXX y que yo querría hacer esa versión. Estaba obsesionado con el vínculo que los fieles mantienen con la iconografía religiosa, tocándola, adorándola, reclinándose sobre ella, confesándole secretos. 

Durante el final de 2019 vivía en un lugar chiquito llamado Solln, en Múnich, casas de futbolistas, alta gama, bicicletas, saunas mixtos, piletas olímpicas y una casa de retiro con la puerta abierta. Me habían convocado a escribir una pieza de temática libre en el Residenz Theater para un programa llamado “Escenarios del Mundo”: Un autor llega para vivir en la ciudad, escribe, ve obras, investiga, lee y claro, le pagan por eso. Allí fue donde me encontré con Roberto, un cura polaco que me contó en un inglés un poco exótico que iba a vivir en soledad ahí mismo hasta el día de su muerte, y que cuando ese lugar quedara vacío iba a convertirse en la arquitectura de otro espacio. ¿Qué podría cambiar tu suerte?, le pregunté. El milagro de la vida eterna, dijo, un poco bíblico y otro poco lascivo, mientras guiñaba un ojo. 

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Después de un tiempo largo escribiendo otras obras sobre la herida y la potencia del vínculo entre algún hijo y su papá, esta vez me ocupé de sacudir mi pasado cristiano: rituales con curas, catequistas, culpas, cancioneros y todo eso que habíamos celebrado (una creencia determinada por un hombre muerto en una cruz, un tipo que decía haber dado todo por su palabra, muerto a los treinta años como un héroe y quien, a la vez, había sometido desde la reconstrucción de sus hazañas a una institución entera como un dictador pasivo que creó reglas de uso, costumbre, y aflicción).  

Empecé a escribir escenas sobre la hipótesis de un milagro que salvara al polaco Roberto y un motivo que a la vez lo obligara a esperar ese milagro en el cuerpo de otra persona ¿Por qué me había guiñado el ojo? ¿Era ese un buen inicio? ¿Roberto me estaba señalando que esa obra estaba en su casa de retiro? Lo visité desde entonces: conocí su baño, hablamos de fe, de los juegos olímpicos y de música ¿Qué es eso que suena en tu lista de Spotify? New Order. Todos conocemos la música de la nueva orden, dijo.

El proceso de ensayos en Buenos Aires fue dos años más tarde: el proyecto ganó una convocatoria del Complejo Teatral junto al Banco Ciudad y nos ocupamos de estrenarla. La experiencia se iba interrumpiendo muchas veces por todas las olas de la peste y sus salpicaduras: los teatros, los actores, sus compromisos, las salas de ensayo y los presupuestos. Finalmente arribamos a una primera etapa, tuvimos que fortalecernos como un equipo de casi 15 personas para que un nuevo milagro se produjera y pudiéramos estrenar. Muchas veces pensé en Roberto, en la espera de la muerte y en el misterio que desencadena una obra luego su estreno ¿cuál será el destino de las arcadas? ¿Qué va a pasar con el teatro cuando ya no haya obras? ¿Qué forma del exilio encontraremos cuando ya no podamos escribir, ni actuar, ni descubrir una idea detrás y delante de los textos que alguna vez imaginamos durante un destierro pasajero? 

*Autor y director de El buen destierro.