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ESPECTACULOS / casos verídicos, garantia de exito
viernes 1 junio, 2018

Usar la realidad es el mejor negocio

En el mundo de las series actuales, la economía es reina. Contar hechos reales parece garantizar audiencias y sustentar el negocio. Las grandes cadenas del mundo apuestan a hacer ficciones con lo que publican los medios.

por Pablo Helman

The Good Wife. En The Good Wife y The Good Fight se habla desde el boom de Google al triunfo de Trump. Foto: cedoc

Todo lo imaginario es real y todo lo real es imaginario.” La consigna, del manifiesto surrealista, pudo funcionar en algún tiempo: pero la ficción televisiva, el tremendo negocio que son las series, parece haber establecido una grieta a lo largo del tiempo: la imaginación, lo imaginativo, desafió a lo real. Y construyó una manera muy exitosa de hacer las cosas.

Se cumplen cincuenta años del Mayo Francés. Cincuenta años de otra consigna, “La imaginación al poder”, y da la sensación de que, en materia de producción de ficción televisiva, redes mediante, hiperinformación mediante, “la única verdad es la realidad”. O, en la era de la posverdad, lo que triunfa en cuanto a audiencias, a cantidad de productos que se hacen, es la fórmula definitivamente exitosa de “basado en hechos reales”.

Sartre y otros guionistas. Si la consigna del Mayo Francés era “La imaginación al poder”, en un movimiento que incluyó a estudiantes, trabajadores, sindicalistas e intelectuales, y que duró casi dos meses hasta que la France se normalizó,  eso ha quedado en la nada. El Mayo del 68 influyó incluso en el Festival de Cannes de la época, cuando los directores Jean Luc Godard y François Truffau, Milos Forman, Roman Polanski y Louis Malle pidieron que no siguieran con el festival y la única película que se dio fue la de Carlos Saura, Peppermint frapé; decíamos “La imaginación al poder”, pero hoy la realidad se apoderó de la imaginación.

Como si los tiempos de El mago de Oz hubieran quedado en el olvido, y ya el negocio reemplazara al camino amarillo y al mago. Los cuentos sobre alfombras voladoras, la emblemática Mi marciano favorito o Mr. Ed, el caballo que hablaba, y hasta el éxito de excepción en la regla Star Wars, todo parece haber cambiado. El punto es competir en un mercado que se come a sí mismo año a año. Nunca como ahora el “arte” imita a la realidad. Y en trazo grueso.

Tendencia. Hay un boom de series “realistas” que producen desde Antena 3 –con 14 rodando–, el gigante Netflix, Amazon, Facebook, Apple(que contrató a Jay Hunt, ex director de la BBC para ser su creativo en Europa y producir series), Fox, HBO, AMC, Hulu, Waiki TV, Filmin, la australiana gratuita Kanopi. La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, puso un programa de intercambio de ciencia y entretenimiento que conecta asesores con cineastas. Son múltiples la cantidad de plataformas que se suman al fenómeno.

Ejemplos. Ryan Murphy, recientemente contratado por Netflix, es uno de los creadores más respetados del mundo de la televisión. Para Fox fue parte de un proyecto hiperexitoso: American Crime History. Sus dos temporadas son un caso emblemático. The People v. O.J. Simpson, de 2016, arrasó con todos los premios, y la más criticada, actual, The Assassination of Gianni Versace, son casi un paradigma. La mayoría de sus televidentes estadounidenses conocían perfectamente los casos que se narraban. Sin embargo, fueron un éxito, a partir del detalle, de mostrar lo que los televidentes sabían pero no tanto, de formular hipótesis que el periodismo no puede elaborar.

Entre otras, Fox Series tiene un catálogo importante de “ficciones” en ese sentido: en la última estrenada, Trust (Confianza), un extraordinario Donald Sutherland, el villano de la historia, encarna al multimillonario petrolero John Paul Getty que se resiste a pagar el rescate de su nieto John Paul Getty III.

Netflix, que tanta atención presta a lo que son las tendencias de consumo de sus clientes, hizo casi un culto de este tipo de producciones: El mecanismo es un relato casi documental. Algo similar ocurre con la historia de Luis Miguel: con muy buena recepción de parte del público y la crítica, se basa en la misma idea.

Espías. Tambien The americans, sobre los espías rusos de la KGB en tierra de Estados Unidos en plena Guerra Fría, contó con el asesoramiento de  Joe Weisberg, ex oficial de la CIA en los años 90. Y hasta la producida, dirigida y actuada por Gael García Bernal, Aquí en la tierra, tiene grandes similitudes con el México de estos tiempos.

Documentales. Lo mismo ocurre con los documentales: un ejemplo de buena televisión –actual– en la que la realidad ocupa la ficción. No hay que olvidar que HBO comenzó esta nueva era de la televisión haciendo documentales antes que ficciones. Un camino que parece imitar Amazon, que inició la preproducción de un documental nada más ni nada menos que sobre Diego Maradona.

Excepciones y reglas. El verdadero boom de las series, que llega hasta hoy, comenzó con una que utilizó el carácter imaginativo como base: Los expedientes X, que tuvo su continuidad el año pasado, abrió un lugar para la imaginación. Los Soprano y aun The Wire fueron ficciones, en las que la realidad era una referencia para contar una historia.

Las dos grandes series que siguieron, Breaking Bad y mucho más Mad Men, quedaron del lado del relato imaginativo, pero dejaron colar a la realidad, abriendo un camino: Kennedy en la serie de los publicistas y la DEA en la del narcotraficante empezaron a ser un tema.

Tendencia que se fortaleció enormemente en The good wife (serie que seguramente abrió la serie del hiperrealismo actual). En ella, y en su continuación, The good fight, aparecieron temas de la política concreta, desde Google hasta el triunfo de Donald Trump, todo es elemento para hacer ficciones. O realidades, según se prefiera. Algo que replica La casa de papel, por ejemplo.

Más real que imaginaria. Otras plataformas siguen optando por ficciones imaginativas para sostenerse. HBO, que sufre una merma en sus audiencias en los últimos años, apostó a Game of Thrones, Westworld e incluso Here and Now eligieron quedarse del otro lado.

Otro ejemplo es The Hanmaid’s Tale. La serie de Hulu, de Elizabeth Moss, parece imaginaria. Pero su fondo, o su trasfondo, es real. Muy real, lamentablemente. Muchos ven en la distopía que se narra mucho de los efectos del gobierno de Donald Trump sobre la sociedad norteamericana. Todo lo imaginario. Todo lo real.

 

Mujeres asesinas

La ficción televisiva argentina fue pionera en narrar la realidad. En basarse en lo real para contar historias. Mujeres asesinas en 2005 ya usaba el recurso de apelar a la realidad para abrir la imaginación. Liliana Escliar y Marisa Grinstein (autora de la investigación inicial) fueron las guionistas. En diálogo con PERFIL, Escliar dijo que “la realidad es mucho más interesante que cualquier cosa que puedas inventar. Siempre, siempre. La realidad te sorprende todo el tiempo. Más ahora que estamos tan comunicados, tan conectados”.

Para ella, el rol de las redes sociales es clave en este proceso: “Nos enteramos de todo. De la realidad de aquí. Y la de China, también. En esta semana mismo, sale la noticia de unos padres que fueron a un juez y le pidieron que saque de su casa a un hijo de 30 años que no trabajaba ni estudiaba. Recurrieron a un juez, luego de varios intentos. Esa historia puede dar para una ficción, perfectamente. Y no lo podés imaginar ni inventar”.

Liliana Escliar cuenta: “Mientras hacíamos mujeres asesinas, muchas veces, sentíamos la obligación con el espectador de contarle que no estábamos inventando lo que se veía. La realidad tenía detalles lo suficientemente fuertes como para ocupar todo el relato. Incluso, a veces, teníamos que inventar cosas que no estaban en la realidad, para que no pensaran que se trataba de una ficción”.

La realidad como elemento creativo no implica necesariamente un naturalismo. Los guionistas actuales saben que trabajar con elementos que el espectador conoce es una posibilidad de encontrar empatía.

En la era de la fake news, las “historias reales” ocupan un lugar tan importante porque van allí adonde la información en el sentido clásico no llega. “A veces –dice Escliar– teníamos que ‘bajar’ la historia. No subirla. Para que parezca real lo que contábamos, teníamos que ficcionalizar la historia”.


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